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Huesca

Ángel Pérez, el obispo valiente que se enfrentó a Lérida

Aragón ha visto el regreso de los primeros bienes gracias al arrojo del prelado de Barbastro-Monzón, que sentó en el banquillo a su homólogo de Lérida para desbloquear un conflicto que dura 25 años. 

El obispo de Barbastro-Monzón, Ángel Pérez, tras conocer el fallo del Tribunal de Conflictos.
El obispo de Barbastro-Monzón, Ángel Pérez.
Rafael Gobantes

Ángel Javier Pérez Pueyo, principal artífice del regreso de los bienes artísticos de las parroquias al frente de la diócesis Barbastro-Monzón, cuyo primer capítulo se escribió esta semana, no es un obispo convencional. En sus seis años de ministerio se ha ganado, visitando pueblo a pueblo y ascendiendo picos, a todos los parroquianos de esta "diócesis periférica" como le gusta decir parafraseando las palabras del Papa Francisco, “y ha conseguido que aquellos que tenían desencuentros con la Iglesia se acerquen a ella por su carisma. Es un obispo imán”, explica el periodista José María Albalá, responsable de la Oficina de Información de la Iglesia Aragón.

El obispo Pérez sigue perfectamente el camino marcado por Francisco, de profunda renovación a la Iglesia y un firme compromiso social. Carisma y cercanía con el rebaño son dos calificativos que se pueden aplicar tanto a uno como al otro. “Es un obispo al estilo Francisco, con olor a oveja y cerca de su rebaño. Su máxima es que nadie se pierda y poner en el centro a la persona. Su éxito radica en su fe profunda, en su autenticidad a la hora de manifestar sus convicciones personales y en la coherencia”, como lo define Albalá.

Ángel Pérez nació en Ejea de los Caballeros el 18 de agosto de 1956 y a los 10 años ingresó en el Seminario Metropolitano de Zaragoza donde ya mostró una vocación sacerdotal, que se consumó en la festividad de San José de 1980. Pertenece a la Hermandad de los Operarios y ha empleado buena parte de su tarea sacerdotal a la formación de los jóvenes curas. Cuando fue designado obispo de Barbastro-Monzón (27 de diciembre de 2014) era el responsable del Pontificio Colegio Español de San José en Roma, órgano encargado de la formación del clero.

Quizás por ese trato tan estrecho con los jóvenes sacerdotes le haya permitido conectar tan fácilmente con la juventud de esta diócesis, hablando en su mismo lenguaje y usando sus mismos canales: las redes sociales, que maneja como pocos, utilizándolas para evangelizar. “Su whatsapp echa humo y nunca se acuesta sin contestar los cientos de mensajes que recibe a diario. Trabaja hasta altas horas de la noche y hay veces que le pregunto que cuándo duerme”, explica Albalá. 

“Es un obispo mediático”, afirman muchos parroquianos y sacerdotes, “un influencer”, matiza Ana Belén Andreu, secretaria general de Cáritas y cofrade, quien recalca su “arrolladora personalidad, su enorme capacidad de trabajo y el entusiasmo que sabe transmitir en todo lo que hace o emprende a quienes le rodean”. 

Un hombre ingenioso capaz de saltar a los medios con golpes de efecto como las campañas para comprar tarjetas de telefonía para que los presos puedan llamar a sus familiares en Navidad, de regalar pendientes o pins con la clave de Sol, el eslogan elegido para su ministerio, o pulseras para que todos seamos cofrades todo el año y no solo en Semana Santa, o invitar a los periodistas a un desayuno para celebrar el patrón de la profesión, San Francisco de Sales.

El 22 de febrero de 2015 tomó posesión como obispo en la catedral de Barbastro. Sucedía a Alfonso Milián, quien falleció hace solo unos meses, y recogía la ardua y delicada tarea de hacer cumplir las sentencias vaticanas en un litigio iniciado hace más de 25 años por Ambrosio Echevarría y que continúo el actual cardenal y presidente de la conferencia episcopal, Juan José Omella. 

Al igual que todos ellos, buscó el acuerdo con Cataluña pero a diferencia de ellos, y ante la imposibilidad de que los vecinos reconocieran la propiedad aragonesa de las obras de arte, ha sido el primer obispo en sentar en un banquillo a un homólogo cuando llevó ante el Juzgado de Barbastro a Salvador Jiménez en la primavera de 2019 por no devolver los 111 bienes depositados en el Museo de Lérida. Un gesto valiente e inédito en la historia episcopal española y que no gustó en el ámbito eclesiástico español. 

“Se ha jugado la mitra con este procedimiento”, afirma Jorge Español, letrado buen conocedor de este litigio. Pero como reconocen sus colaboradores más inmediatos, “no tenía más remedio”. Fue una decisión “muy rezada como cada paso que da”, explica otro colaborador cercano, y que llegaba tras agotar todos los cartuchos. 

Con Ana Pastor y con los Reyes

Pérez habló con su homólogo Jiménez, se reunió con el Consorcio para plantear la creación de la Ruta del Románico entre ambas provincias -siempre reconociendo la propiedad de Aragón de los bienes, algo que no fue posible-. Habló con la entonces presidenta de las Cortes y mujer fuerte del PP entonces en el poder, Ana Pastor. Llegó incluso a elevar este tema ante los Reyes de España planteándoles la misma tesis que ya llevó a Lérida, “hacer una oportunidad del litigio y crear una ruta en torno al patrimonio que generare riqueza en nuestro Pirineo despoblado”. 

Buenas palabras pero pocos hechos. Lo mismo que en Roma. Así las cosas, si Barbastro quería recuperar esos bienes no le quedaba otra que acudir a la vía civil para hacer ejecutar las sentencias canónicas. Y lo ha hecho desde “la humildad de una pequeña diócesis, desde la dignidad de un pueblo con el único deseo de hacer justicia”, citando sus palabras. Y siempre con un mensaje de mano tendida y de fraternidad hacia Cataluña como el que pronunció el lunes 15 cuando regresaron las 23 primeras piezas al Museo de Barbastro.

“Hay sectores de la iglesia que no ven bien que se haya acudido a los tribunales civiles, pero las sentencias vaticanas, aunque son muy bonitas, no se han cumplido. Era la única forma de solicitar este litigo y creo que ha hecho muy bien”, explica el abogado Jorge Español. “Los obispos a quien no le ha gustado esto, tienen que ponerse en el papel de don Ángel que ha hecho todas las gestiones amistosas y han sido infructuosas”.

Con la llegada de las 23 primeras piezas se cierra un nuevo capítulo de un libro cuyo desenlace está por escribir. Pérez estará deseando verlo terminado pronto para poder dedicarse plenamente a su labor pastoral, acudiendo hasta el último pueblo del Pirineo como cuando lo hizo para oficiar misa en Arén a los pocos días del paso de Filomena, visitando a los reclusos desde la pastoral penitenciaria que ha impulsado, clamando por la colaboración con Cáritas ante la crisis económica y participando con los jóvenes en esas Noches Claras, que una vez al mes celebra en el convento de las monjas clarisas en Monzón. Otra de sus geniales ocurrencias.

El equipo de trabajadores del Obispado y su grupo de colaboradores lo definen como un “buen gestor, muy pegado a la realidad, trabajador incansable que apenas duerme, que genera una frenética actividad, es el primero que se remanga en todas las faenas, se moja, tira del carro, firme, exigente, con habilidad de crear equipos, de gran generosidad, un líder”. “Es una persona que a nadie deja indiferente, como todos los grandes hombres”, recalca Andreu.

A esos atributos hay que unir su gran inteligencia e ingenio y sus “altas miras” para que esta “diócesis sándwich”, apetecida a lo largo de la historia por unos y otros, sobreviva otro milenio con prosperidad y fraternidad, tal vez gracias al efecto revitalizador en el plano económico que pueda suponer la llegada del resto de bienes y la creación de su añorada Ruta del Románico.

Hasta que ese momento llegue, el libro de la historia de la diócesis y de litigio ya guarda un destacado capítulo para Ángel Pérez. “Es un obispo que pasará a la historia”, concluye Español.

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