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Huesca

Cinco montañeros permanecen en la lista de desaparecidos de los últimos 15 años

Los casos más recientes son los de Esther Dingley y Andrés Funes, ocurridos en apenas un mes.

Los dos últimos desaparecidos, Esther Dingley en Benasque y Andrés Funes en el valle francés de Aspe.
Los dos últimos desaparecidos, Esther Dingley en Benasque y Andrés Funes en el valle francés de Aspe.
Heraldo

Esther Dingley es el último nombre incorporado a la lista de montañeros desaparecidos en el Pirineo y la sierra de Guara. La pista de esta británica de 37 años se desvaneció el pasado 22 de noviembre en Benasque y pasado menos de un mes (el 19 de diciembre), al otro lado de la cordillera ocurría lo mismo con el abogado aragonés Andrés Funes, de 61 y residente en Huesca. Desde entonces no se ha tenido noticias de ninguno de ellos, y las operaciones de búsqueda se tuvieron que interrumpir por la llegada del invierno y las grandes nevadas.

Los casos de Esther y Andrés no son excepcionales. En total, cinco excursionistas permanecen extraviados en la provincia de Huesca (Funes desapareció en el valle francés de Aspe y es la Gendarmería la que lleva el caso), alguno desde 2006. Los archivos policiales guardan las fichas de alemán Reinhard Kulosa; la belga François Dasnois; el danés Michel Nielsen; y el español Ferrán Camps, de los que nunca más se ha tenido noticias; a los que ahora se suma Dingley. El perfil es el de un montañero extranjero que iba solo, de ahí la dificultad del rastreo.

Sus nombres figuran en las bases de datos policiales europeas, de donde no saldrán hasta que se les encuentre, "aunque pasen muchos años", indican desde la Guardia Civil. A los desaparecidos recientemente se los volverá a buscar en primavera, tras el deshielo, allí donde se perdió su pista, pero en los otros casos no se continúa si no surgen nuevos datos. "Nunca se descarta ninguna hipótesis pero si alguien ha ido solo a la montaña y ha desaparecido, mientras no haya otra información se piensa en un accidente", añaden.

La búsqueda de Dingley cesó con las nevadas de principios de diciembre y la de Funes también está suspendida, según comentó este sábado su familia, por las mismas razones.

El expediente más antiguo, de 2006, es el del alemán Kulosa, un alpinista de 44 años. La última pista de él lo sitúa en el lago Marboré (Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido), desde donde hizo una llamada de teléfono informando de una fuerte tormenta. Muy mediática fue la desaparición de Françoise Dasnois, de 48 años, en el 2009, a la que se buscó durante semanas en un amplio despliegue. Hacía senderismo con su marido y su hijo, se dio la vuelta para regresar sola al pueblo de Colungo, donde se alojaban, porque estaba cansada, pero no llegó. 

Otro extranjero, el danés Michel Nielsen, de 65 años, estaba alojado en 2010 en un hotel de Benasque, se fue a hacer una excursión y allí se quedaron sus pertenencias y el billete de avión. El único español es Ferrán Camps, de 23 años, que acampó en el ibón de Plan y cuya familia denunció la desaparición, también en 2010.

Pueden pasar meses, años e incluso décadas, pero la experiencia dice que finalmente las entrañas de la montaña siempre acaban devolviendo los cuerpos. El cadáver de Catherine Verón, una universitaria francesa, se encontró 18 años después de caer a una grieta en el glaciar del Aneto. Otro glaciar, el Tempestades, guardó 47 años, entre 1954 y 2001, al alpinista de 29 años Joaquín López Valls, que intentaba abrir una vía en el pico Margalida cuando un bloque entero de roca cedió y lo arrastró hasta una rimaya (hueco entre la roca y el hielo). Es la desaparición más larga que se conoce, que acabó al encontrar unos excursionistas unos restos (huesos, un guante y una bolsa).

Las mismas circunstancias hicieron posible después de tres años dar con José Joaquín Ayete, zaragozano de 14 años con problemas de psicomotricidad y comunicación, a partir de unas ropas y unos huesos. Estaba a 8 kilómetros de donde se perdió.

Con el deshielo apareció muerto José María García Fernández, senderista de Zaragoza de 36 años, extraviado en el valle de Bujaruelo en 2016 y encontrado por un pastor cinco meses y 11 días después en una zona fuera del perímetro principal de rastreo, apartado de la senda.

Algunas desapariciones tienen también final feliz, como la de la francesa Teresa Bordais, contra pronóstico incluso, pues sobrevivió después de 11 días perdida bebiendo agua de un barranco y comiendo hojas y hierbas. La diferencia la marca el tiempo. Era junio, el invierno no imponía sus reglas.

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