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Las fallas de San Juan llenan de magia el solsticio en el Pirineo

Sahún, Laspaúles, San Juan de Plan, Montanuy, Suils y Villarrué vivirán su fiesta en la noche del 23, mientras que Bonansa las celebrará la del 22, Castanesa la del 28 y Aneto y Noales el sábado 6 de julio.

Taller de fallas en Montanuy.
Taller de fallas en Montanuy.
Ángel Gayúbar

La conmemoración del solsticio de verano tiene una especial simbología y trascendencia en las sesenta localidades pirenaicas pertenecientes a las comunidades de Aragón y Cataluña y a los vecinos países de Andorra y Francia que conservan la ancestral tradición de las fallas; las fiestas del fuego de San Juan que históricamente fueron muy comunes en las localidades de montaña y generalizadas en el espacio al amparo de los Pirineos.

Sahún, Laspaúles, San Juan de Plan, Montanuy, Suils y Villarrué –localidades estas dos últimas donde los festejos se celebran en la intimidad y sin trascendencia pública- son las poblaciones altoaragonesas que vivirán su fiesta solsticial en la noche previa a San Juan, la del 23, mientras que Bonansa celebrará las fallas la noche del 22, Castanesa la del 28 y Aneto y Noales el sábado 6 de julio.

Unas fiestas ancestrales, más que milenarias, que ya fueron condenadas por paganas en el Concilio de Constantinopla, en el año 680, pero que han sabido sortear obstáculos y prohibiciones para llegar más vitales que nunca a un momento actual en el que se encuentran bajo el amparo de la Unesco, entidad que les concedió en 2015 la declaración de Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. Una concesión y reconocimiento que les ha servido de caja de resonancia para hacer llegar su singularidad el gran público que estos últimos años se acerca desde los lugares más insospechados para compartir con los habitantes del entorno pirenaico estas celebraciones sosticiales.

Así lo reconoce la ex alcaldesa de Sahún, Lourdes Ascaso, que es una de las más firmes divulgadoras de la importancia de la tradición fallera pirenaica. Sahún es uno de los diez pueblos ribagorzanos y sobrarbenses que mantienen viva esta tradición del fuego purificador para dar la bienvenida al verano. "Antes eran unas fallas muy entrañables, pero cada vez se van haciendo más multitudinarias", comenta entre la nostalgia por el ambiente "recogido" de antes y la alegría por la resonancia y el apoyo actual "que garantiza su pervivencia futura".

Unos diez días antes de la noche de San Juan, un grupo de vecinos de Sahún van al bosque a recoger la corteza del abedul, la dejan secar y después la colocan de forma plegada, en el extremo de un palo de avellano, y la atan con un alambre para que no se suelte. El último casado enciende un foro pequeño –la hoguera madre en la que se prenderán las teas- en el pórtico de la iglesia y desde los más jóvenes a los más mayores, hombres y mujeres, descienden corriendo, con su falla quemando, hasta llegar a la Fontaneta. Una vez ahí voltean la falla por encima de la cabeza formando un anillo de fuego hasta que ésta se apaga. Y cuando en esta noche mágica se han quemado las fallas, se guardan los palos para colocarlos al día siguiente en el huerto, al lado de las judietas, para espantar el pulgón. 

El nombre de “falla” alude a las antorchas y al juego que se realiza con ellas iluminando fantasmagóricamente la noche más corta del año. La tradición fallaire está relacionada con los cuatro elementos primordiales -fuego, agua, aire y tierra- que son claves de la alquimia y la base del conocimiento esotérico antiguo. Su control y su dominio han sido símbolo de poder y de magia desde tiempos prehistóricos y a su arrimo se ha creado una mitología cuya pervivencia y rastro sigue siendo bien evidente en la actualidad.

En este contexto se enmarca el mantenimiento de la tradición de las fallas en la noche mágica por excelencia, la de esa festividad de San Juan que es una cristianización de la conmemoración ancestral del solsticio de verano y en la que la oscuridad parece vencida definitivamente sólo para ir creciendo paulatinamente en días sucesivos hasta la llegada del solsticio de invierno seis meses después.

Todas las localidades pirenaicas tienen un aliento común y sigue vigente una especial comunión entre las gentes, los montes y el fuego, pero cada una guarda su singularidad y especificidad. No obstante, todas se ajustan en líneas generales a un mismo guión que se inicia con la instalación de los faros –troncos de árboles cortados y enhiestos como base de una hoguera en la que acumulan materiales diversos- cuyas ramas sirven para confeccionar las fallas, falletas o antorchas con las que los vecinos, una vez encendidas con los faros, descienden hacia los pueblos creando una suerte de camino de fuego purificador hasta llegar a las plazas donde se prende una gran hoguera en torno a la cual se suele bailar y compartir una cena de hermandad.

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