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Huesca

Campamento en altura para investigar el glaciar de Monte Perdido

Tres equipos científicos del IPE y la Politécnica de Huesca pasan dos días entre el glaciar y el lago de Marboré para medir las afecciones del cambio climático

Los investigadores tomaban este jueves mediciones del glaciar con ayuda de aparatos topográficos
Los investigadores tomaban este jueves mediciones del glaciar con ayuda de aparatos topográficos
Alfredo Serreta

Los glaciares del Pirineo, los más meridionales del continente europeo, se han convertido en un formidable termómetro para medir el cambio climático. En ellos, las variaciones de las temperaturas se perciben con más intensidad que en las grandes masas de hielo polares. No es extraño, pues, que este jueves hayan confluido en el de Monte Perdido tres equipos de investigación, vinculados al Instituto Pirenaico de Ecología (IPE) y a la Escuela Politécnica Superior de Huesca.

Uno de los grupos se ha situado en el cercano lago de Marboré para muestrear sus fondos. El polen depositado durante miles de año a 2.600 metros de altitud permite realizar una secuencia de reconstrucción del clima. Curiosamente, entre las muestras aparece polen de olivo, que llega a esas altitudes desde otras partes de la península. Otro de los equipos ha extraído hielo para datar su antigüedad, además de recoger los datos de la estación meteorológica allí situada. Muy cerca, un tercer grupo de investigadores manejaba un escáner para topografiar toda la masa helada y saber la variación de la superficie y el volumen, lo que permitirá comparar los datos con campañas anteriores (la primera data de 2010).

La fecha elegida no es al azar. Las investigaciones sobre el terreno se realizan siempre en el mes de septiembre o a principios de octubre, cuando el glaciar está en sus mínimos. Son proyectos distintos que han confluido el mismo día para aprovechar el transporte en helicóptero, ya que portan material pesado, incluyendo una barca con motor para adentrarse en el ibón. En total, el helicóptero ha trasladado en dos viajes a seis personas, que han instalado su campamento base a 2.700 metros, entre el glaciar y el lago, y que permanecerán allí hasta el viernes.

Aunque el grueso lo forman miembros del IPE y de la Politécnica, están colaborando en las investigaciones otras universidades e instituciones científicas del país, como el Instituto Geológico y Minero de España. Los investigadores principales son Blas Valero, en el caso del ibón, y José Ignacio López Moreno, en el de la medición con escaner terrestre en el glaciar, mientras que Ana Moreno dirige la toma de muestras de hielo de glaciar. Todos ellos pertenecen al Instituto Pirenaico de Ecología.

2017, un año "catastrófico"

Según explica Alfredo Serreta, profesor de la Escuela Politécnica de Huesca y miembro del equipo que mide el espesor del glaciar, tras el “catastrófico” balance de 2017, este año permanece la nieve en la parte superior, lo que evita la exposición del hielo vivo. “La nieve protege y recarga el hielo, aunque mínimamente”, señala. Los datos concretos se conocerán en unos días, pero la impresión es que “quizá este año no haya sufrido tanto” y el deshielo no sea tan fuerte, o “en el mejor de los casos, se haya ganado algo en la parte superior”. Una situación coyuntural “por una innivación extraordinaria” durante los meses de invierno.

Campamento de altura para investigar el glaciar de Monte Perdido

Uno de los investigadores, con los aparatos topográficos, frente al glaciar. Foto: Alfredo Serreta.

En los 8 años de investigaciones, afirma Serreta, a simple vista se constata el retroceso. En 2017 sufrió su mayor declive al reducir su espesor en 2,3 m, un dato relevante teniendo en cuenta que pocas partes superan los 30 m. Con 37,8 hectáreas (41 en 2008), las pérdidas son más graves en volumen que en extensión.

La importancia del estudio en el Pirineo aragonés viene marcada porque son los glaciares situados más al sur de Europa y, por lo tanto, más expuestos al cambio climático. “Los glaciares meridionales son los que más rápido responden a los cambios climáticos. Uno más grande, en Groenlandia, tiene inercias de decenas de años. Aquí, sin embargo, los cambios son muy rápidos”, señala Serreta.

Tercero en superficie

El de Monte Perdido es el tercero en superficie del Pirineo y se extiende por una pendiente entre los 2.700 y los 3.250 metros de altitud. Su retroceso es una característica común al resto de masas de hielo del Pirineo. El del Aneto, el más grande, está a punto de partirse en dos y el de Maladeta, el segundo del ranquin, tiene fecha de caducidad: dentro de 20 o 30 años habrá desaparecido, de acuerdo con un modelo de evolución realizado que tiene en cuenta diferentes escenarios de cambio climático hasta el año 2100.

El borrador de un plan de protección de los glaciares del Pirineo promovido por el Gobierno de Aragón reconoce que pese a las medidas planteadas para evitar el deterioro y la pérdida de superficie, las posibilidades de actuar para su conservación son «muy limitadas», ya que el retroceso está mayoritariamente influido por las alteraciones climáticas, no tanto por los usos humanos.

La superficie total, calculada en unas 2.000 hectáreas a mediados del siglo XIX, se redujo hace 10 años hasta las 310. Según la última medición, de 2016, quedan 242. Pierden extensión y también volumen, y el progresivo deterioro amenaza con romperlos, como en el caso del Aneto, lo que aceleraría todavía más el proceso. El glaciar de Coronas ha pasado a ser un helero, el del Balaitús (con 23 hectáreas hace 38 años) ha desaparecido y el de la Maladeta se ha partido en dos.

En el Pirineo aragonés se encuentran los ocho macizos montañosos que actualmente albergan las últimas masas de hielo funcionales de la cordillera: Balaitús o Moros, Infierno, Vignemale o Comachibosa, Monte Perdido o Tres Serols, La Munia, Posets o Llardana, Perdiguero-Cabrioules y Maladeta-Aneto. En concreto, en el año 2012 sobrevivían 8 heleros y 10 glaciares. En el 1990, por ley, fueron protegidos como Monumento Natural.

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