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Huesca

“Nunca se me olvidarán los ojos de quien me disparó”

Las dos víctimas del rapto en Zaragoza y del posterior atraco a una armería de Huesca han reconocido a los dos hermanos Benito y Pedro Ortiz Perea como los autores de los hechos

Rubén Cáncer, víctima del atraco a la armería, junto a sus abogados poco antes de declarar ante la Audiencia Provincial
Rubén Cáncer, víctima del atraco a la armería, junto a sus abogados poco antes de declarar ante la Audiencia Provincial
Rafael Gobantes

“Nunca en la vida, se me olvidarán los ojos de quien me disparó. Es él”. Rotundo. Rubén Cáncer, el propietario de la armería Guara de Huesca, ha identificado sin ningún género de dudas a Benito Ortiz Perea como el hombre que le disparó a sangre fría en la calle cuando intentaba huir después de ser atracado en su propio establecimiento. Ha relatado que el acusado le pegó un tiro con un subfusil y que la bala le entró a la altura de la zona izquierda de la cadera y le salió por el lado derecho. Como consecuencia de esta lesión, está tramitando una incapacidad laboral y está estudiando traspasar también la armería.

El tribunal de la Audiencia Provincial de Huesca ha escuchado este miércoles su testimonio y también el de la mujer que presuntamente también fue secuestrada en Zaragoza por los dos acusados, los hermanos Benito y Pedro Ortiz Perea, y la dejaron maniatada en un descampado cercano a un polígono industrial para dirigirse en su vehículo hasta Huesca para cometer el asalto a la armería. La mujer, que ha testificado oculta tras un biombo y que todavía hoy sigue en tratamiento psiquiátrico, también les ha reconocido como autores del rapto.

La tercera sesión del juicio contra los dos hermanos del clan Ortiz Perea, que se enfrentan a penas que suman más de 70 años de cárcel por estos hechos aunque el primer día negaron su participación, ha comenzado con la declaración de la víctima del secuestro. La mujer ha relatado que en la tarde del 23 de mayo de 2016, se dirigía a un gimnasio y aparcó su coche en una explanada cercana a la estación de cercanías de Miraflores, en Zaragoza. Estaba rellenando un botellín de agua dentro del coche y cuando se disponía a salir del mismo, “un hombre se me abalanzó apuntándome con una pistola”, ha señalado, y la obligó a pasarse al asiento del copiloto y a quedarse agachada en la parte delantera mientras otro compinche se introducía también en el coche y le anudaba un pañuelo en la cabeza para vendarle los ojos aunque no totalmente.

Ha asegurado que el asaltante que la apartó en un primer momento se estaba poniendo un pasamontañas y que solo le pudo ver de nariz hacia abajo. Al copiloto, por su parte, lo vio “a cara descubierta” aunque luego se intentó tapar la cara con un pañuelo que llevaba en la mano. Los dos delincuentes arrancaron el vehículo y se dirigieron en dirección al Príncipe Felipe hacia las afueras de Zaragoza y finalmente se metieron por un camino y pararon a los pocos minutos. Entonces, la maniataron de manos y pies y la sacaron del coche dejándola tumbada sobre el suelo, con un pañuelo dentro de la boca que le dificultaba enormemente la respiración y atada a un árbol de los pies con los cordones de sus propias zapatillas.

La víctima, que ha tenido que interrumpir su relato en varias ocasiones visiblemente afectada al recordar los hechos, ha afirmado que los dos asaltantes le dijeron que alguien le vendría a buscar para llevarla de nuevo a Zaragoza. Antes de marcharse, le amenazaron si telefoneaba a la Policía advirtiéndole de que tenían sus datos porque le robaron el DNI y las tarjetas de crédito y la obligaron a decirles el PIN. “Y me dijeron que querían el coche para cometer un atentado”, ha manifestado. Durante el rapto, los dos delincuentes simularon también hablar euskera para confundir a la mujer.

Cinco minutos después de que se fueran, la víctima empezó a tratar de quitarse las ligaduras, algo que logró –solo en el caso de los pies- después de más de una hora de esfuerzo. Y es que en ese tiempo nadie atendió sus gritos de auxilio. Una vez de pie, echó a correr hacia unas naves cercanas, donde unos trabajadores la auxiliaron y llamaron a la Policía. Uno de ellos ha reconocido en su declaración que oyó gritos de socorro, pero que no le dio importancia.

En uno de los reconocimientos practicados ante la Policía, la mujer identificó a una persona diferente a los dos acusados, aunque tenía relación con ellos. Algo que ha atribuido a que había pasado un mes desde el secuestro y a que los autores habían cambiado de aspecto. “Aunque luego viendo fotografías ya los pude reconocer”, ha recalcado.

Otro de los testimonio más esperados era el del propietario de la armería. Rubén Cáncer estaba aquella tarde en la tienda haciendo gestiones en el ordenador cuando vio entrar a dos personas “a cara descubierta”. Uno de ellos se dirigió al mostrador poniéndose un pasamontañas y enseñándole un cuchillo, mientras que compañero también salió de detrás de un pilar del establecimiento con la cara tapada también con un pasamontañas y empuñando un subfusil. A requerimiento de la Fiscalía, ha reconocido sin ninguna duda a Pedro como la persona que llevaba el cuchillo y a Benito como el que llevaba la pistola. El primero se ha encarado con él acusándole de “mentir”, tras lo que el presidente del tribunal le ha advertido de que cejara en su actitud si no quería obligarle a abandonar la sala.

La víctima ha relatado que le dijeron que le iban a “matar” y aunque al principio no se lo creyó al ver el subfusil, que pensaba que podía ser simulado, uno de los delincuente insistió en decirle: “Que te mato”. Y entonces ya se lo tomó “en serio” y levantó las manos. Le obligaron a que se tirara al suelo y allí uno de ellos le golpeó “varias veces” y le intentó maniatar, mientras que compañero se dirigía hacia un cuarto donde estaba la cámara acorazada –abierta- donde guardaba la munición y las armas. “Me asusté, pero pensé que me iban a matar pero no como un cordero así que empujé al que me estaba atando, estiré de la cuerda y se rompió, y salí corriendo de la tienda”, ha recordado.

Ya en la calle pidió ayuda pero uno de los asaltantes le persiguió y cuando estaba a apenas tres metros de él, le disparó “y noté que algo me había impactado”. Escuchó un solo disparo –aunque luego se encontraron en la zona cuatro casquillos y dos balas- y cayó al suelo. El delincuente huyó en un coche con su compañero y la víctima logró llegar hasta una tienda cercana donde le prestaron auxilio. Además de las secuelas físicas, también sigue en tratamiento psicológico. Por último, a preguntas de la defensa, ha negado la teoría de un ajuste de cuentas haciendo hincapié en que en este año y medio que ha pasado desde los hechos nadie más le ha dado  un “susto” como este.

Uno de los testigos de los hechos ha declarado que iba en coche por la avenida de Monegros cuando tuvo que frenar en seco para evitar atropellar a Rubén Cáncer cuando huía del atraco y que instantes después vio a un hombre con la cara tapada disparándole “a sangre fría” dos tiros a una distancia de apenas 5 metros.

La Audiencia de Huesca celebrará este jueves la cuarta sesión del juicio, centrada esta vez en los testimonios de los peritos forenses y de los expertos policiales de los laboratorios de Biología y Criminalística. El viernes será la quinta y última jornada con la presentación de las conclusiones finales.

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