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Ribagorzanos que aún sueñan con las palmeras de África

?Un numeroso grupo de habitantes emigraron en el siglo XX a Guinea en uno de los capítulos más desconocidos de la historia de Aragón, del que hablan el libro y la película ‘Palmeras en la nieve’.

Desde el siglo XIX se utiliza la expresión ‘el mal de África’ para definir un estado que afecta a los viajeros o a los europeos que han residido allí y que tiene como síntoma la añoranza por lo vivido. Lo sufren algunos ribagorzanos que en el siglo XX formaron parte del contingente de españoles que ‘colonizaron’ la Guinea Ecuatorial Española. Durante décadas, decenas de residentes en estas tierras pirenaicas abandonaron sus montañas para labrarse un porvenir en la colonia en un éxodo de ida y vuelta que finalizó con la independencia del país.

No fue una experiencia fácil: un viaje de más de cinco mil kilómetros que muchas veces se prolongaba durante un mes de mareos a bordo de inestables paquebotes, difíciles relaciones con los nativos, alimentos extraños al paladar, enfermedades tropicales de las que casi ninguno escapó y el trabajo agotador de sol a sol marcaron una estancia que el tiempo tiñó de añoranza.

El rotundo éxito de la película ‘Palmeras en la nieve’, basada en el libro homónimo de la escritora altoaragonesa Luz Gabás, ha devuelto al recuerdo esa singular emigración desde los valles pirenaicos a las selvas ecuatoriales. Pero ya unos años antes José Manuel Brunet, José Luis Cosculluela y José María Mur habían publicado su trabajo etnológico ‘Guinea en patués’, un estudio que profundiza en las causas de esta historia colonizadora, aún poco conocida en nuestro país.

José María Mur recuerda que fue un proceso que se vivió "con mucha intensidad" en Ribagorza desde que en los albores del siglo XX un personaje de la montaña, Mariano Mora, de Casa Castán de Chía, salió de un valle que sufría por entonces un intenso proceso de emigración hacia Francia y llegó a África ayudado por los claretianos. "Su ejemplo generó un caldo de cultivo muy importante porque se estaba pasando mucha hambre. Pronto se hizo con unas cuantas hectáreas de cacao, germen de la finca Sampaca –escenario de la novela–, y ya instalado en Guinea, el efecto llamada funcionó. Tardaron poco en bajar los hermanos Mayo, otros familiares de Chía y de otros pueblos del valle y así montar una especie de puente aéreo hasta la independencia", explica Mur.

El autor entiende que este proceso conllevó "una vía de escape y una corriente de aire fresco" para la comarca. "Tenemos que pensar –apunta– que solamente del valle de Benasque documentamos unos 130 emigrantes". También supuso la entrada de unos ingresos muy importantes para las economías familiares ya que cabe recordar que, aparte de los empresarios de Chía que fueron los pioneros, tras la Guerra Civil empresarios de la construcción, como el grausino Escuder, y algunos otros se llevaron trabajadores de allí y de La Fueva. "Bajaban a construir pueblos enteros de nueva planta. La gente lo tenía fácil para ir a Guinea, porque ya lo hacían con contrato, y para tener unos ingresos que en aquella época no estaban nada mal".

Los trabajadores se contrataban por campañas de dos años de permanencia en Guinea a las que seguían seis meses de permiso pagado, que muchos colonos aprovechaban para regresar a la península, pero que otros empleaban en seguir trabajando porque cobraban gratificaciones.

José Arturo Nerín, sobrino nieto de Mariano Mora y heredero de la emblemática Casa Castán, –el remozado edificio familiar cuya última actuación en 1956 hace de él el más señero ejemplo de arquitectura indiano-guineana de Ribagorza–, entiende que el gran beneficiado de ese movimiento migratorio fue el valle. "Por las noticias que nos han llegado, mi tío abuelo era una persona muy apreciada y consiguió que muchas otras le acompañaran en su aventura en Guinea, entre ellos sus sobrinos Juan y José María Nerín Mora que siguieron su legado, y que, al volver, reactivarían la economía local".

Por edad y por su ocupación laboral, él no vivió esta emigración, sino que sus contactos con Guinea se produjeron unos años después de la independencia, cuando Teodoro Obiang, ya en el poder, hizo en 1979 un llamamiento para que regresaran los españoles. Pidiendo vacaciones en su trabajo y días sin sueldo, bajó hasta en cinco ocasiones ese año y del siguiente para presentar un proyecto a las autoridades guineanas que permitiera devolver el esplendor a la finca Sampaca "que había sido la mejor del mundo tanto por la producción como por la calidad del cacao" pero, ante el estado del país, acabó por desistir. "De esta experiencia me impresionó el cariño de la gente a los españoles y a nuestra familia y las peticiones que nos hacían para que volviéramos", comenta lamentando la actuación del gobierno español de ese momento en la independencia "que fue de abandono total a las personas que se tuvieron que repatriar".

Julio Nerín es uno de los históricos de la emigración ribagorzana. Nacido en Chía y a punto de cumplir 90 años, a este empresario se le ilumina la cara cuando recuerda una Guinea a la que llegó con 19 años, en 1945. Ingeniero agrónomo de formación, se implicó desde su llegada en el negocio del cacao del que se convirtió en uno de los principales productores. "Estuve hasta poco después de la independencia pero aún volví periódicamente hasta 1973", recuerda. Su primera campaña fue de 30 meses, "porque hice allí el servicio militar", y al ir ascendiendo en la empresa sus campañas ya fueron de un año en África y otro en la península. "Los españoles trabajamos allí mucho; yo me levantaba a las cinco de la mañana y no paraba en todo el día porque teníamos una empresa con más de 400 trabajadores y había muchos asuntos que arreglar", comenta.

Nerín lamenta lo que considera "una oportunidad perdida" con la película ‘Palmeras en la nieve’ de dar a conocer lo que fue la emigración española. "Entiendo que debe ser un film comercial y que hay que dar importancia a una serie de tramas, pero hay inexactitudes como la brutalidad a los nativos y, por otro lado, me hubiera gustado que se hubiera destacado la labor que desarrollamos allí. Era un territorio sin infraestructuras y había que hacerlo todo a base de fuerza bruta, pero nos las arreglamos para sacar adelante la construcción de una red de carreteras, de traída de aguas, de infraestructuras y de servicios sanitarios que eran la envidia de toda África", señala este veterano enamorado de Guinea que, abierta la espita de sus recuerdos, enlaza una historia con otra sobre una época en la que, confiesa, "pasé muy buenos ratos" y sobre una tierra que reconoce haber echado siempre de menos.

Esa nostalgia de Guinea también acompañó durante toda su vida al grausino Santiago Rami y a su esposa Trini Lanau, recientemente fallecidos. Sus hijas Blanca y Anabel pasaron allí sus primeros años y se muestran concluyentes al señalar que sus padres fueron "muy felices" en tierras africanas donde estuvieron desde 1951 a 1962. "Nuestro padre se podía pegar horas hablando de Guinea y disfrutó muchísimo con el libro de Luz porque, además, había coincidido allí con Paco Gabás, su padre", explican lamentando que falleciera unos meses antes del estreno de la película "que le hubiera encantado". Santiago, mecánico de profesión, llegó a la entonces colonia contratado para llevar el mantenimiento de una flota de camiones. Acababa de casarse y, animado por su mujer –que le siguió al cabo de unos meses–, no dudó en emprender una aventura africana que les marcó. "Nunca se arrepintieron de haberse ido a Guinea, al revés, lo vivieron con una profunda alegría porque pasaron allí los mejores años de sus vidas", recuerda Anabel cuyo carné de identidad refleja su nacimiento en el país africano.

Las fiestas que se organizaban cuando llegaban los barcos de la Trasmediterránea y los aviones de Iberia, "nuestro cordón umbilical con la península", el buen ambiente entre la comunidad española, "que hacía que el problema de uno fuera el de todos", y los intensos años vividos en Guinea, "un país precioso", son algunos de los recuerdos que atesora Paca Torregrosa, que se siente especialmente enraizada con el país porque sus hijos nacieron allí "y siguen teniendo muy buena relación con muchos de sus habitantes".

La cara amarga de la experiencia guineana es la que vivió la familia de Elías Duce, cuyo padre falleció a consecuencia de los golpes recibidos en uno de los tumultos que acompañaron el proceso de independencia. Malherido, pudo embarcar en un avión que le llevó a Madrid para, después de un primer ingreso hospitalario, regresar a Graus. "Yo tenía entonces nueve años y recuerdo que le dieron el alta y volvió a casa pero recayó enseguida y, a pesar de una nueva hospitalización, murió como consecuencia de la paliza", explica su hijo añadiendo que por esas fechas se creó una Asociación de Afectados por la descolonización pero que todo quedó en agua de borrajas. "Pasaron muchos años y recibimos una carta notificándonos que se iba a reactivar la asociación pero mi madre ya estaba mayor y decidimos dejar correr la historia", apunta este grausino para cuya familia el sueño de Guinea se convirtió en una pesadilla.

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