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El último afilador

Tomás López lleva 15 años recorriendo España con su bicicleta y su piedra de amolar

“¡El afilador!”, el grito de Tomás López, unido al sonido de su característico silbato o ‘chiflo’, es toda una invitación para realizar un viaje en el tiempo. Lleva dos días en Huesca, a dónde ha llegado desde su tierra natal, Orense, “tierra de afiladores, ‘la terra da chispa’, la llaman”, recuerda, orgulloso, después de haber recorrido con su bicicleta y una pesada mochila, Asturias, Cantabria y el País Vasco. Es así, a fuerza de pedalear, como consigue que dé vueltas la “piedra de amolar” y salten las chispas de cuchillos, tijeras y otros instrumentos de corte que le llevan los vecinos que escuchan su llamada.

Tomás viene de una familia de afiladores y lleva 15 años recorriendo España. Su tío, asegura, todavía ejerce el oficio en el Mercado de Abastos de Santiago de Compostela. En sus desplazamientos por Aragón ha podido comprobar que su oficio se encuentra ya, como el mismo dice, “perdido completamente”.

Esta es la primera vez que ha decidido probar suerte en Huesca y no ha tenido tanta suerte como le hubiese gustado. “Una y no más”, comenta, resignado, “Quise probar estas tierras, pero aquí no se estila tanto esto de afilar, no es como en el norte, de donde yo vengo, allí valoran más este trabajo”, afirma Tomás. Cobra, asegura “la voluntad, lo que me den” y una vez haya pasado por Huesca, continuará, asegura, “‘despaciño’, hacia arriba”.

“Morriña” por las tierras gallegas

A su llamada ha acudido, con un buen número de cuchillos, Luis Sánchez, gallego también de nacimiento, pero que lleva ya 41 años viviendo en Huesca. “En cuanto le he visto, lo primero que he hecho ha sido acercarme para preguntarle si era de Orense, porque los afiladores de antes eran todos de ahí”, comenta Luis. La presencia de Tomás, asegura, ha hecho despertar en él la “morriña” por su tierra y recordar también este oficio ya casi olvidado. “Antes venían con piedras enormes de afilar con las que recorrían toda España a pie, pueblo por pueblo, después comenzaron a utilizar bicicletas para hacer mover la piedra y he podido ver hasta motocicletas”, explica.

Mientras espera que Tomás le devuelva sus cuchillos, Luis asegura que uno bien afilado, debe durar “al menos cinco años”. Tomás mientras, asiente con la cabeza y recomienda: “Además, no hay que lavarlos en el lavavajillas, ni utilizar jabón, porque el agua caliente los castiga mucho”, afirma.

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