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MONTAÑA

Zapadores de la nieve

Cuando el último esquiador se marcha, los centros inician de noche una compleja labor para tener todo a punto al día siguiente. Cerler muestra todos sus secretos.

En la Colladeta de Cerler, a 2.300 metros de altitud, se asegura la máquina con un cabestrante para pisar la pista de Ampriu. El viento sopla a 90 kilómetros por hora.
Zapadores de la nieve
JAVIER BLASCO

La leyenda dice que cada copo caído en una estación de esquí es un euro ganado. La realidad dicta que cada vez que un centro invernal cierra un día en temporada miles de euros se van por el sumidero. Quienes viven alrededor del esquí son los nuevos ganaderos de la montaña; los nuevos agricultores del campo. Pendientes de por dónde vienen las borrascas, de la velocidad del viento, de la humedad del aire, del sol, del frío, del calor... Todo influye para que una estación funcione como un reloj suizo. Se trabaja desde que cae el primer copo y para que dure toda la temporada.

Cuando los pisteros garantizan que no hay ningún esquiador en pistas, la vida sigue fluyendo en las estaciones. Entran en acción los pisapistas y los cañoneros. Desde las 17.00 y hasta poco antes de abrir una nueva jornada, a las 9.00, los centros invernales no paran. Se aguanta todo. Con el mercurio varios grados por debajo del cero y con vientos por encima de los 90 kilómetros por hora. Nada para a los monstruos pisapistas, en noches de cielo azul y en las que el aullido del viento es feroz.

Y cuando clarea vuelven los pisteros. A recorrer toda la estación, a comprobar que todo esté en su sitio y a reponer lo que el viento pudiera haberse llevado. El pasado martes, el Grupo Aramón -el holding aragonés de la nieve conformado por Ibercaja y Gobierno de Aragón- mostró en una jornada de puertas abiertas cuál es el trabajo nocturno en la estación de Cerler. El más alpino de los centros aragonesas fue el escenario elegido para esta segunda edición de las Jornadas de Seguridad en Pistas organizadas por Aramón y que desde el jueves ha tenido una parte destinada a resolver dudas sobre la seguridad a los clientes de la estación.

El trabajo de la nieve es extremadamente cuidadoso y complicado. Pirineos no es Alpes, ni tampoco las Montañas Rocosas. Aquí la tierra es distinta. La calidad de la nieve difiere mucho según las cotas. Y por eso los pisapistas tienen que conocer la estación como la palma de su mano. Saber qué tipo de pisada hay que realizar en cada momento y según las condiciones del terreno, porque no es lo mismo Gallinero (2.728 metros de altitud) que la base de la pista Les Pllanes (1.500 metros de altitud). No sopla con la misma intensidad el viento en Cogulla (2.387 metros de altitud) que en la base del Ampriu (1.900 metros de altitud).

Amancio Arcas es el responsable de pistas de Cerler. Más de 30 años avalan el currículum de quien tiene a su cargo a otros 12 conductores. «Es un trabajo complejo. Cuando se pisa la nieve natural y hay un buen espesor todo es más fácil, pero cuando se trabaja con nieve artificial todo es diferente», explica. ¿Cómo se consigue una pista perfecta? La respuesta es la esperada: «Con mucho trabajo. Hay que mover mucho la nieve hasta que se encuentra la combinación perfecta para dejarla totalmente compactada».

Los esquiadores, al deslizarse, envían involuntariamente la nieve hacia abajo y se amontona en los laterales. Pero los pisapistas, con la potencia que dan los 500 caballos del motor de sus máquinas, la remontan todas las noches para luego bajarla alisada por cada pista con independencia de su color: desde las más fáciles a las más difíciles. Y es que hoy en día algunas 'negras' también son trabajadas. Conducir estas máquinas no es difícil. Diez minutos bastan. El problema se acrecienta cuando hay que mover la nieve de un sitio para otro en un entorno donde no hay dos noches iguales. La recompensa llega con la satisfacción de los primeros clientes que descienden cuando abre la estación. La sensación de deslizarse sobre nieve nueva es insuperable.

Uno de los trabajos más dificultosos reside en la prevención de aludes. Las hemerotecas no registran accidentes por avalanchas en las estaciones de esquí. Sí en sus zonas de influencia, pero no en pistas. En las Jornadas de Seguridad organizadas por Aramón en Cerler hubo una demostración práctica del sistema Gazex, instalado en Basibé. Quince centímetros de nieve acumulada bastan para activar un sistema sencillo y que evita muchos riesgos. «La prevención es básica. Sabemos que por mucho que advirtamos del peligro hay quienes deciden ir fuera de pistas. Allí no tenemos responsabilidad de lo que les ocurra, pero si es necesario cerramos los accesos para evitar cualquier riesgo», recalca Gabi Mur, director de Cerler.

Existen diversos sistemas para provocar avalanchas controladas. Gazex, Avalancheur, explosivos -el más efectivo y peligroso- y Daysibell -el menos económico ya que se utiliza con un helicóptero cuyo minuto tiene un coste de 24 euros- son los sistemas más utilizados por las estaciones. Cerler emplea, sobre todo, los dos primeros. Se colocan en las zonas estratégicas y se activan siempre que es necesario, porque la seguridad es lo primero.

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