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Un Huesca sin rasmia y con poca pegada

El equipo azulgrana no puso el entusiasmo de otras ocasiones. Dos goles de Javi Guerra sentenciaron a un conjunto oscense que volvió a carecer de mordiente en los metros decisivos.

Andrés trata de rechazar un disparo de un jugador del Valladolid.
Un Huesca sin rasmia y con poca pegada
CARLOS PASCUAL

Ya se sabe que si el Huesca no juega al 120 por 100 tiene pocas posibilidades de ganar. Y como además le falta pegada, a poco que la tenga su rival está perdido. Ayer se juntaron las claves negativas que hacen de los de Onésimo un equipo blando. El Valladolid, cuya principal virtud fue alinear a un buen delantero, no tuvo que hilar fino para llevarse tres puntos con una comodidad que echaba de menos.

Se debe relativizar la derrota porque tampoco se puede esperar que el Huesca salga enchufadísimo todos los minutos de todos los partidos. Pero es importante tener clara la lectura de que los equipos más modestos están obligados a un sobre esfuerzo cada fin de semana para oler premio.

Jokin propuso el primer subidón cuando se llevó de cabeza un envío de Sastre y se plantó solo ante Villar. Le faltó controlar bien el cuero para haber encarado con posibilidades.

La llegada del extremo navarro no fue fruto del azar, ya que el equipo de Onésimo regentaba la posesión con aplomo, sereno, confiado en el saber hacer de un bloque que ha crecido.

El míster pucelano dejó a Gilvan en el banquillo. El brasileño ha estado casi tres semanas fuera por una cuestión burocrática. Con solo dos entrenamientos tras su regreso, Onésimo calibró la dinámica de grupo y pensó que era más justo reservarlo de inicio.

Al Valladolid se le veía acelerado. Cuando la necesidad de puntos apremia tanto, la cabeza no gobierna bien y el fútbol, guiado por el corazón, se hace más vertical y predecible.

El rol de espera vigilante tampoco molestaba al Huesca, que no era un convidado de piedra sino amenazante, preparado para alternar momentos de control con otros en los que se encomendaba al contragolpe. La mejor señal para medir el grado de profundidad del Valladolid es que Andrés no se veía apurado.

El paso de los minutos, además, fomentaba la impaciencia de Pucela. A la afición castellano leonesa le cuesta verse en Segunda y más en zona de nadie. Es un público curtido en experiencias de más brillo y se le hace raro que su equipo pueda ser dominado por un conjunto humilde.

El encuentro entró en una fase de insufrible monotonía. El obligado a hacer cosas no estaba fino y al Huesca no le encorría nadie, así que podía permitirse habitar en su tensa calma.

Aunque basta un suspiro para quebrar la paz. Un centro desde la banda izquierda que no anunciaba mucho peligro acabó en un formidable testarazo de Javi Guerra, que ganó la acción a Sebastián Corona y envió el esférico junto a la base del poste.

Mucho fuego con poca leña conseguían los de Abel Resino, si bien es cierto que el Huesca había entrado en un periodo de cierta apatía, de extraño aletargamiento, que le daba un papel secundario en los balones divididos y, sobre todo, le hacía perder contacto con el área contraria.

El equipo azulgrana, que había cuajado media hora más que digna, llegaba al descanso con un cariz pusilánime. Y sí es verdad que volvió al campo con mayor entusiasmo, pero toda su elaboración moría lánguida en el borde del área pucelana, sin llegar a generar verdadero peligro.

Ante esta tesitura, Onésimo decidió meter en el campo a Gilvan. Lo hizo por Echaide, que llevaba una tarjeta amarilla, y colocó a Helguera de central. El cambio, que tenía una vocación ofensiva, se completó poco después con la incorporación de Galán en lugar de Jokin. Pero medio minuto más tarde, antes de que esta sustitución pudiera tener algún efecto, llegó el segundo tanto local, de nuevo a cargo de Javi Guerra.

El ariete blanquivioleta recibió con una comodidad inusual ante la pasividad de la retaguardia azulgrana. Bajó el balón con señorío y definió con virtud.

El partido se ponía aún más cuesta arriba, pero sobre todo por la sensación o más bien la certeza de que los oscenses eran incapaces de inquietar de verdad a Justo Villar.

Y mientras el Huesca ni cocinaba ni limpiaba, el Valladolid amenazaba con apuntillar en alguna contra. No es que los de Onésimo bajasen los brazos, pero simulaban tener la mitad de energía que en el inicio de partido, cuando mostraron una actitud muy prometedora.

El duelo se consumía sin reacción visitante, quitando algún balón colgado que ponía algo de incertidumbre pero que, casi siempre, se quedaba sin remate. Y es que esa fue la principal diferencia entre un equipo y otro: el remate, la pegada, la presencia en el área, la definición... asignaturas pendientes que el club tendría que intentar remediar en el mercado de invierno para rebajar el nivel de sufrimiento de aquí al final del campeonato. Roberto corroboró el déficit enviando a las nubes una pelota franca. La riña con el gol es grave y no se puede cifrar la suerte en puntuales genialidades de Camacho o Gilvan. Hay que agregar argumentos.

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