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"Volveré a labrar las tierras"

Rafael Nasarre, de 72 años, es uno de los antiguos vecinos de Jánovas que acaba de recuperar las propiedades familiares. Hace unos días recibió una notificación de Endesa informándole de que podía tomar posesión de ellas. Ahora el río Ara baja con mucho caudal y no puede cruzar a sus tierras, pero en cuanto le sea posible cogerá el tractor para labrar "lo que me devuelven". Visita con frecuencia las fincas que ahora ya son suyas y que sus tres hijos le han animado a recuperar.

La noticia ha paliado recuerdos tan amargos como la sanción gubernativa impuesta en 1982 a él y a otros vecinos por cultivar las tierras que les habían sido expropiadas, con una acusación de allanamiento de morada.

Rafael salió de Jánovas en 1957 con 18 años para hacer el servicio militar en la base de Zaragoza. Cuando acabó ya se había iniciado la expropiación. No se fue lejos, se asentó en Boltaña, donde lleva 50 años, aunque antes trabajó en varios pueblos de colonización (en el monte de Callén, en el canal de Tardienta a Lanaja...), paradójicamente allí donde debía ir el agua del pantano que le obligó a abandonar su casa pero que nunca se construyó.

La casa, el hierbero y el pajar

"Nunca he olvidado el pueblo donde nací", afirma. En su memoria están grabadas todas las fechas, empezando por 1962, cuando sus padres se marcharon de Jánovas. "Nos expropiaron la casa, los departamentos que había para pastos y animales, como el hierbero y el pajar, y 23 fincas, cuatro de bosque y las demás de cultivo, unas de regadío, otras de secano, alguna de 3 hectáreas, otras de 1.000 metros, 200...".

Se fue con pena "porque la casa donde nací la hicieron mis padres en 1934 y estaba nueva: planta baja, dos pisos y la falsa, cocina económica...", aunque dice resignado que "se presentaron los tiempos así, todo el mundo creía que era necesario hacer un pantano, la mayor parte no rechistaron porque no había nada que hacer, la empresa expropiadora venía con unos derechos autorizados por la política de entonces". Él era más joven y tenía toda la vida por delante, pero su padre, que acabó en Barbastro, "no asumió nunca haberse marchado del pueblo".

Luchó por lo que consideraba de alguna manera suyo, aunque en las escrituras figurara Iberduero. "En el contrato de expropiación, en letra menuda, ponía que si a los 20 años no hacían las obras, los antiguos vecinos podían pedir la reversión". Basándose en este derecho, él y otros vecinos volvieron a trabajar las tierras en 1982. El primer año Iberduero hizo la vista gorda, pero al siguiente les prohibió cosechar lo que habían sembrado. Contrataron abogados y llegaron al juzgado. Al final, el gobernador les impuso una multa de 300.000 pesetas por allanamiento de morada. "Pagamos eso y a los abogados".

El acuerdo con Endesa

En 2008, cuando se inició el actual proceso, Rafael habló con sus hijos y decidió negociar "por nuestra cuenta". "Si cabía el diálogo y lo daban a un precio asequible, estábamos dispuestos a aceptarlo, si no, que se lo guardaran". Los llamaron a la CHE y Endesa fijó un precio que luego rebajó "bastante".

El acuerdo incluye la casa (totalmente en ruinas) y cinco hectáreas y media. Por las viviendas Endesa paga entre 400 y 600 euros, y por hectárea de cultivo, "quizá no llegue a 6.000 euros". No les devolverán todo lo que dejaron atrás, solo las propiedades situadas por debajo de la zona inundable.

Rafael ve difícil reconstruir la casa tal y como era hace 50 años y recuerda que no hay aceras, ni alcantarillado, ni acequias, ni caminos. "Si las autoridades ayudan, a lo mejor se puede hacer casa y se puede hacer pueblo. Sería bueno para los vecinos y para el valle".

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