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VILLARREAL B 1-SD HUESCA 1

De poder golear a pedir la hora

Un Huesca muy brillante en la primera mitad desaprovechó numerosas ocasiones para haber encarrilado el partido. En los últimos veinte minutos, Andrés salvó al cuadro oscense.

El gol de Dorian Dervite en propia puerta, que sorprendió al meta del Villarreal B, permitió reaccionar al Huesca y obtener el empate final.
De poder golear a pedir la hora
CARLOS PASCUAL

Mientras el Huesca permaneció compacto fue mejor que el Villarreal. Supo nublarle las ideas y atacarle con tino. Debió golearle en la primera mitad, pero este año falta acierto casi todos los días. La última media hora fue otra historia, con el cuadro azulgrana cansado y una borrachera de fútbol local. Menos mal que Andrés estaba sobrio y sujetó un empate, que visto lo visto se antoja lo más salomónico.

Punto bueno, en un campo difícil, en un escenario imponente como es la Ciudad Deportiva del Villarreal, factoría de talentos detrás del mecenazgo de Roig y la inteligencia de un nutrido grupo de profesionales.

Punto que da continuidad a una racha muy dulce, que constata una sola derrota en diez partidos y que augura un futuro bastante alentador, siempre y cuando se corrija tanta ingenuidad ante la portería contraria.

El partido cien del Huesca en Segunda tuvo muchos de los elementos que componen un buen espectáculo: garra, acciones de clase y ataques en las dos áreas.

Onésimo dispuso una tela de araña para ahogar el virtuosismo amarillo, cegar el talento y recuperar la pelota pronto para irse hacia arriba como alma que lleva el diablo. Dentro de esa apuesta hay que interpretar que Sastre se quedara en el banco y Sorribas se mantuviera en el once.

Imperaba en el Huesca un sentido muy solidario de los movimientos, sobre todo a balón perdido. Determinados espacios exigían la multiplicación de hombres en las ayudas y de esa forma se anulaba el afán combinativo de los locales. Y es que da gusto la propuesta del conjunto castellonense. Recuerda a la del Barça.

Excepto los primeros diez minutos, en los que la presión azulgrana fue casi en el borde del área visitante, el equipo oscense entendió más inteligente ceder algunos metros, colocar muros, muretes y diques, y enchufar los cohetes nada más robar.

Así se gestaron la mayoría de sus ocasiones, en rápidas transiciones, elaboradas con picardía y criterio, pero reñidas con la precisión que exige el momento culminante. Roberto tuvo la primera y la cruzó en exceso. Después fue Camacho el que desaprovechó dos remates francos (el segundo un poco forzado). El propio mediapunta aragonés trazó una vaselina de vértigo, marca de la casa, que Mariño desvió a córner con el final de la uña y después de estirarse más que nunca. Hasta Molinero rozó el gol en un trabucazo lejano, poco antes de que Ochoa enviase al palo con todo a su favor un sensacional pase de Helguera, colofón de una preciosa acción colectiva.

Con este bagaje de juego y ocasiones, que el Huesca se fuera de vacío al descanso tiene delito. Y el problema es que esto pasa demasiado a menudo. No precisamente en las dos jornadas anteriores, pero sí ha ocurrido en otras. Y perdonar está muy bien, pero no en este deporte.

El Villarreal merodeó el área pero sin encontrar la tubería correcta. Salvo en la primera colada del partido, en la que Hernán, después de rebasar a Robert, centró con ambigüedad.

De vuelta al campo tras el descanso, Helguera y Sorribas se cargaron rápidamente con una amarilla. Mucho peligro en jugadores de este corte. Así que Onésimo sentó al de Abella e introdujo a Sastre. A los efectos del dibujo, ninguna alteración. Sí se alteró el marcador, pero a favor de los de casa. Nicki remató de cabeza desde fuera del área. Andrés, que no esperaba que la amenaza llegase de tan lejos, se encontraba adelantado y se la comió con patatas.

Antes de que el Huesca le diera al tarro con la irritante cantinela de el que perdona la paga, llegó el empate en una acción afortunada: Gilvan metió un balón al área y Dorian, en el intento de interceptarlo, lo introdujo en su portería. La justicia llega cuando menos se espera y, a veces, de la forma más insulsa.

El partido recobró la vivacidad de la primera parte, aunque esta vez atacaban los dos, lo que hacía más completo el espectáculo. Roberto y Gilvan asustaron a Mariño, pero el Villarreal también puso a prueba el perfil más felino del meta Andrés.

El Huesca perdió consistencia con la salida del campo de Bauzá y su oponente sacó lo mejor de sí mismo. Volvió su fútbol reconocible, de combinación artística y feroz movilidad. Monólogo del submarino ante un conjunto oscense agazapado, quizá debilitado de tanto presionar a chicos con tantas soluciones en las piernas, excesivamente conforme y resignado a las intervenciones de su portero. Cuando no a la milagrosa obra de Ochoa sobre la misma línea de gol, para evitar una derrota que habría escocido.

Tiene guasa que después de la primera parte tan armoniosa que hizo el equipo de Onésimo hubiera que acabar pidiendo la hora y dando el empate por buenísimo. Y más que lo será si el próximo sábado se gana al Granada en El Alcoraz y se pone el broche al año con una sonrisa.

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