Despliega el menú
Huesca

SD HUESCA, 3 - aLCORCÓN, 1

El Alcoraz grita por fin ¡victoria!

El Huesca gana su primer partido en casa con tres goles en siete minutos. Camacho hizo doblete y Gilvan Gomes sentenció. Un penalti y una expulsión condenaron al Alcorcón de Anquela.

El delantero del Huesca Roberto García intenta rematar a portería en una de las primeras acciones del partido de ayer ante el Alcorcón.
El Alcoraz grita por fin ¡victoria!
JAVIER BLASCO

¡Victoria! Lo gritó Camacho en sus dos goles. Los celebró, más contenido, Fernando Losfablos en el palco. Onésimo lo llevaba por dentro y El Alcoraz lo exhaló a pleno pulmón. El Huesca ya sabe lo que es ganar en casa. Lo había merecido antes, pero el factor diferencial ayer fue la pegada, un acierto brutal. Los azulgrana mataron al Alcorcón en siete minutos. El resto fue casi un pasatiempo. El triunfo no les saca de pobres, pero presenta un innegable y contundente valor simbólico. Despeja las cabezas y descarga de ansiedad al grupo, que se siente capaz de dominar a un contrario, hacerle tantos y recibir el aplauso de la grada. Como siempre había sido. Así se labrará la permanencia.El partido comenzó, y habría que decir que terminó, con un penalti. Desde fuera, puede ofrecer dudas que Bermúdez estirase el brazo para interceptar un centro de Gilvan por la derecha. Desde luego, si el línea lo vio claro y señaló la acción a Ceballos Silva, bien pitado está. El zaguero protestó la jugada y vio dos amarillas, la de la falta y la de la queja. A la calle entre lamentos. Camacho, al que obligaron a repetir la pena máxima, lanzó las dos veces con idéntica maestría. Un 1-0 y once contra diez a los 18 minutos facilitaban el "esta tarde, sí".

Entre que el Alcorcón no había comenzado la tarde demasiado católico y que con muy poco, con el abecé del fútbol, el Huesca había arrinconado a los madrileños, verse en desventaja y en una situación que juzgaban injusta les llevó derechos al matadero. El Huesca hizo dos goles más entre mordisco y mordisco al bocadillo. Lo nunca visto en El Alcoraz, al menos este año. Aturdidos los unos y galvanizados los otros, con la confianza en el escudo, otra vez Camacho y Gilvan abrieron una brecha insalvable.

Los amarillos no sabían por dónde les soplaba el gélido aire de la tarde y Roberto, que ayer se echó a la banda con asiduidad, controló una pelota en la izquierdo que sirvió al área. El portero y la defensa tenían las de ganar. Cosas de la zozobra, fue Camacho el que la empujó dentro entre el asombro de Manu Herrera y la falta de pericia del central, que tocó la pelota y más le valdría haber dejado salir a su guardameta.

Al poco, Gilvan, que había encontrado un carril bus en la derecha tras la exclusión, hizo lo que quiso con su par, aquí y allá, y pateó un lanzamiento raso que el meta del Alcorcón se comió en el palo corto. Tres tantos en 25 minutos, los mismos que había hecho el Huesca en los siete primeros compromisos en El Alcoraz. Definitivamente, Onésimo tenía la razón de su parte al proclamar que algo estaba cambiando. Superada la carencia de siempre, los azulgrana se daban su primer festín del curso.

Anquela trató de enmendar la plana introduciendo a un zaguero en el lugar de Fernando Sales, su futbolista con más minutos en la elite. Jamás llegaron a la capital oscense, pero los amarillos no claudicaron y sacaron fruto del primer error de la zaga local. Rubén Sanz mató ante Andrés un balón cedido por Borja. Mientras, Quini, el pichichi de Segunda, perdió con claridad su duelo con un Corona que volvió a lucir una de las artes que mejor maneja: sacar de quicio a su par.

Precisamente, el de Lora del Río dejó su puesto a Ochoa tras el descanso. Ya portaba una amarilla. El partido renació con un Huesca contemplativo y un Alcorcón que se dejó los complejos atrás para tratar de rascar con la espátula. Una derrota suponía una invitación al club de los necesitados. Por contra, Torreta amenazó con un cabezazo que sacó Manu Herrera a córner, y poco después trazó un pase mortal al que no pudo llegar Gilvan. La batalla psicológica también caía del lado altoaragonés.

El Huesca de Onésimo no promete exquisitez. Ni siquiera un plan general reconocible. Pero tiene llegada y, ayer, acierto. Suficiente para sobrevivir en Segunda. Cuanto más confiado puede sentirse el contrincante, aun en inferioridad, Gilvan o Camacho le pueden hacer un traje sin factura. Y el Alcorcón no pudo apagar el estado de alerta en toda la segunda parte. Por aquí se conoce muy bien la habilidad de Anquela para reavivar equipos muertos, pero el desafío era chico. El rombo amarillo en el centro del campo no ofrecía demasiada resistencia a Sastre, Sorribas y Bauzá, a sus anchas, y mucho menos a un Camacho muy activo.

Los azulgrana requerían de un choque perfecto y ayer, al menos, su superioridad se fundó en la tranquilidad y la posesión de la pelota. Hacía cinco mil años, aproximadamente, que no se vivía un encuentro tan plácido en casa. Ochoa entró por un Roberto que había pasado una mala semana en términos médicos y Gilvan se turnó con Camacho en las veces de ariete. Gallardo se reivindicó y el Alcorcón lo intentó con un tesón de 'chapeau'. Pero el duelo tenía dueño desde la primera media hora. Sí, el Huesca ganó en casa. No será la última vez.

Etiquetas