Huesca
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PONFERRADINA, 0 - S. D. HUESCA, 0

Reparto de puntos y de méritos

Pino Zamorano anuló un tanto a Roberto por empujar a un rival.

Luis Helguera en una jugada del partido de ayer.
Reparto de puntos y de méritos
C. PASCUAL/EL OBSERVADOR

Tercer año en Segunda y tercer encuentro inaugural sin perder. El empate ante la Ponferradina tiene su mérito, a pesar de que el Huesca regaló la primera parte con un exceso de pasividad en defensa y un talante reservón en ataque que le pudo pasar factura si el cuadro leonés hubiera estado más lúcido en los últimos metros. Un puntito para empezar. El primer episodio de una guerra eterna se salda con una sonrisa. Pudo ser peor, pero también mejor. Así que el salomónico resultado deja las cosas probablemente donde debían quedarse en espera de una mejoría que seguro llegará.El Huesca vistió de naranja holandés, su tercera equipación. Tono muy veraniego para una tarde de calor insufrible, aplatanador, que retrasa la activación de las piernas, reseca la garganta e invita a la hidratación constante.

Quizá por eso o quizá porque la Ponferradina tiene la animosidad de un recién ascendido -dos años después los roles mutan-, el equipo local salió con más brío, partiéndose el alma en cada balón dividido, mientras que al Huesca le faltaba un punto de electricidad.

Y eso que Roberto pudo marcar a los cuatro minutos. De hecho lo hizo, pero Pino Zamorano consideró que había empujado levemente a un defensor leonés para provocar su errónea cesión. Con honestidad lo reconoció 'Torreta' al final del partido. Las imágenes le hubieran delatado igualmente.

A partir de ese susto, a la Ponferradina se le olvidaron los complejos que pudiera tener y empezó a meter candela. Por una banda y por la otra, con orden y sentido de la profundidad.

Rico y Molinero sufrieron para gobernar su banda. Fueron superados -ellos y el resto del entramado defensivo- en varias ocasiones, aunque muchas de esas jugadas concluyeron sin verdadero peligro por el desatino o la precipitación de los del Bierzo.

Mayor, referencia del ataque blanquiazul, se movió con mucha intuición. Un gran remate de cabeza con su firma tuvo que desviarlo Cabrero en un paradón espectacular. No fue la única ocasión del ariete local ante un Huesca algo indolente, que no conseguía ni manejar la posesión a su gusto ni alejar a la Ponferradina de su área con la presión.

Onésimo colocó una especie de trivote en el medio con Helguera, Bauzá y Sastre, este último algo escorado a la derecha. Gilvan se alojó en la cal izquierda y Camacho se movía con libertad por detrás de Roberto, pero sin encontrarse nunca con él, lo que convertía el ataque oscense en algo predecible y yermo. Un tímido lanzamiento de Sastre y un desafortunado remate de Roberto completaron el bagaje ofensivo del Huesca en una primera mitad de escasísimo fuste.

La Ponferradina se ganó el derecho al gol con su pujanza y su ardor, aunque en el fútbol hacen falta más argumentos para traspasar la complicada línea entre el dominio y la definición.

Tras el descanso, Onésimo varió ligeramente algunas posiciones del dibujo y consiguió dar mayor equilibrio al equipo. Centró la situación de Sastre por delante del doble pivote, cambió a Gilvan de banda y retrasó a Camacho, que no hallaba química con Roberto, hasta la posición del brasileño en el flanco izquierdo.

De esta forma se apagó la Ponferradina, ante un Huesca más compacto, más dominador de los espacios, que controlaba el tiempo del partido y que además se acercaba al área leonesa con intenciones deshonestas.

Roberto, Camacho y Jokin, que entró por un desdibujado Gilvan, se asomaron al gol en diversas ocasiones, en un contexto del partido que anunciaba una diana visitante en cualquier momento.

El Huesca de la segunda parte sí era reconocible, mandón y orgulloso, dueño de la pelota partida, inconformista de espíritu y preciso en las formas.

Con Víctor Pérez en lugar de Bauza, Sastre recuperó su espacio natural y allí fue el generador eficaz que conocemos. Pérez incomodó en la media punta, buscando alianzas en Camacho y Jokin. El navarro, un volcán siempre presto a estallar, apareció con peligro en dos o tres lances.

De la Ponferradina no quedaba ni rastro. En el último cuarto de hora estaban más desinflados que Rocinante, sin fuerzas ni para derrumbar de un soplido un castillo de naipes. Cabrero vivió más cómodo en este periodo, después de haber tenido intervenciones decisivas en el primero.

Y como a los puntos hubo un tiempo para cada uno y del gol no hubo noticia, las tablas finales dejan a los dos equipos medianamente satisfechos, en la confianza de que no les fue mal a pesar de estar lejos de su mejor versión. Queda toda una vida.

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