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Huesca

Tercer Milenio

SD HUESCA

Enganchados a la vida

Helguera y Camacho firman los goles de una épica remontada que acerca el equipo a la salvación

Enganchados  a la vida
Enganchados a la vida

Mal día para los sufridores de pericardio y grandioso para las almas entregadas y sensibles. El Huesca obró la continuación del milagro de Villarreal para remontar ante el Cádiz en inferioridad numérica y engancharse a la salvación, que no está hecha pero sí más cerca. En Vigo espera el broche a la segunda aventura en la elite de plata.

Otro partidazo de Doblas y dos golazos de Helguera y Camacho armaron un triunfo necesario que se puso muy caro con el tanto inicial de Enrique. Más aún cuando Helguera, en un lance absurdo, se ganó la expulsión y multiplicó el esfuerzo de sus compañeros.

El Huesca estaba medio muerto antes de esta jornada y ayer se levantó con gallardía, jaleado por un público inconmensurable, que no merece el descenso. Falta la puntilla en casa de un Celta que no se juega nada, lo que no se sabe si será bueno o malo.

El Cádiz se va de la capital oscense con el miedo en el cuerpo. Espárrago demostró que es un poco amarrategui. Su excesiva prudencia pudo penalizar al cuadro amarillo, que ahora siente de cerca el vértigo del abismo.

La principal amenaza, Diego Tristán, se movía menos que el perro de un ciego, que aparte de pasar hambre permanece quieto junto al amo. Pero tiene clase hasta cuando tose. Un movimiento suyo valió un gol a los cinco minutos. Desmarque inteligente al límite del fuera de juego para después tocar a la primera hacia el otro lado. La improvisación de un genio se anticipa al resto de las mentes. Las piernas ya ni cuentan.

El propio ariete andaluz pudo firmar media sentencia cinco minutos después. Arrancó en mitad del campo con su zancada desganada pero efectiva, que le llevó hasta el área pequeña. Recortó en dos palmos para romper dos riñones, aunque en el mano a mano se topó con Doblas, un artista sin parangón en el encuentro mortal.

El Huesca hacía aguas en favor de un Cádiz más entero, menos condicionado por la presión. Enrique le cogía la espalda una y otra vez a un desafortunado De la Vega, que sigue pareciendo un pez fuera del agua cuando juega por la izquierda. Vuelta la mula al trigo. Tampoco es culpa suya, sino de quien le encomienda tareas que le superan en virtud de no sé sabe qué empecinamiento.

El navarro Erice, sin ánimo de revancha por su pasado azulgrana pero con un coraje excelente, se vino arriba en la parcela ancha para abortar la creación local. Todo caía a sus pies. Cuestión de oficio y colocación.

El Huesca, ansioso por la situación tan angustiosa de verse por debajo en el marcador en el día de la verdad, funcionaba a arreones nacidos de la desesperación; pero como siempre, con la mordiente de un osito de peluche en cuanto alcanzaba el borde del área.

Rodrigo -sorpresón en el once- hacía lo posible por combinar con sus compañeros. Tocaba en corto y se movía, tratando de ayudar a construir ataques más finos. Pero cuando los nervios mandan la imprecisión gobierna y de las borrajas no queda ni el caldo.

En días imposibles hay que acudir a cosas imposibles para que la realidad tenga sentido. Una pelota que bajaba de Astún la empaló Helguera generando una parábola de ensueño con el premio de la escuadra. Delirio de tanto, por su belleza y su significado.

Ya antes del gol el Huesca había equilibrado el partido, gracias al formidable compromiso de un equipo casado con la fe y que da lo que tiene y lo que no tiene.

El Cádiz de los primeros veinte minutos había entrado en proceso de disolución, por un exceso de confianza en su suerte que no debía permitirse con el rival que tenía enfrente, empujado por la locura de cinco mil fieles y experto en defenderse con valentía en las situaciones de riesgo.

A Tristán solo le duraron cincuenta minutos las ganas de correr. Empezó a dormir en fuera de juego y Espárrago se cansó de su actitud y lo mandó a la ducha para introducir a Toedtli.

En el Huesca, Calderón retiró a Rodrigo -voluntad y poco más- para sacar a Moisés. El Alcoraz lo recibió como al Mesías, una ovación a la promesa de entrega sin fin, a la casta, al contagio de entusiasmo, al tipo que tira del carro hasta la extenuación. Hay que jugársela con estos y dejar los experimentos para otras fechas.

Vegar y Gilvan pudieron adelantar la alegría en una doble ocasión. Al disparo del primero reaccionó Dani con una mano prodigiosa y el cabezazo del brasileño lo despejó un defensa en la raya.

Helguera cometió una torpeza imperdonable. Le dolerá menos porque al final ganó el equipo, pero es de esas cosas que pesan con fuerza en la conciencia. Una estúpida patadita a destiempo propició que Lizondo le enseñara la cartulina roja. Sin querer, dejaba vendidos a sus compañeros en el momento más inoportuno.

La banda de De la Vega seguía siendo el coladero nupcial. Por allí llegó otra penetración venenosa a la que Doblas respondió con el nivel sobresaliente que ha mantenido desde que llegó. Pensar que sin él el equipo ya estaría descendido no es ninguna tontería, sin pretender restar peso a la aportación de los demás.

Empezaba a fraguarse la gesta. El guión la anunciaba con sus elementos recurrentes: diez guerreros necesitados, defendiendo con agonía en inferioridad y obligados a mirar hacia delante porque el empate servía de muy poco según decían los transistores.

La gente percibía ese olor a épica y animaba como nunca. Hasta que entró en éxtasis con el gol de Camacho, el octavo de la temporada, ahí es nada. Una volea asesina tras dejada de Moisés que puede valer la salvación. La fiesta alcanzó su apogeo con el pitido final. Veinte minutos estuvo el público sin moverse de los asientos, aplaudiendo de corazón.

Javier Gil

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