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Aragón
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ANÁLISIS

Eva y la manzana

EL camino es laberíntico y sinuoso y describe el delicado juego de equilibrios de las familias socialistas aragonesas. Diseñado por el propio Marcelino Iglesias, el proceso de su relevo exige de prudencia y tiempo, mucho tiempo para convencer a los incrédulos o para cerrar las voluntades de los menos permeables. Tanto lo público como lo privado deben quedar trabados, perfectamente atrancados para que todos mantengan su cuota y su comodidad intactas.

Los meses de trabajo invertidos por Iglesias y su equipo en este proceso han comenzado a dar sus frutos y quienes se encontraban más distantes, alterados por el miedo a quedar descolocados o relegados, ya suman. Protestan por lo bajini, como una forma de resistencia casi infantil, pero se saben diluidos. Algunos nunca entraron en batalla, como es el caso del alcalde de Zaragoza, Juan Alberto Belloch. Otros se convencieron por sí mismos y los últimos tan solo reclamaban su atención. Este es el caso del presidente de la Diputación de Zaragoza, Javier Lambán, que de la negación pública de la alternativa Almunia ha mudado, en primera instancia, hacia el convencimiento privado, aunque seguro que su evolución no se detendrá ahí.

Pero el peligro, la única aventura de este calculado relevo sucesorio, es la propia Almunia. Sostenida sobre la voluntad de la búsqueda de su particular impronta, algo natural en todo candidato, corre el riesgo de que sus ansias alteren anticipadamente a las familias socialistas. Su tentación, fruto de su personalidad, no es otra que la explicación del obligado relevo generacional que necesita el socialismo aragonés. Acostumbrados a los sosegados tiempos de Iglesias, medidos hasta el extremo y ponderados con paciencia, Almunia se guía por su instinto, por una intuición política que quizá sea menos robusta de lo que ella misma cree. Pocos dudan de que el socialismo aragonés demanda un impulso, una voluntad renovadora que cambie nombres y caras y que ofrezca alternativas mucho más frescas, pero Almunia habrá de calibrar con delicadeza el dónde, el cuándo y, especialmente, el cómo. La elaboración de las listas electorales serán claro reflejo de esta idea. Así, se verán extrañas mezcolanzas que no harán sino responder a los juegos de equilibrios que Almunia no podrá romper. Cosa bien distinta será, en el supuesto de que gane las elecciones, su Gobierno, que tendrá que transmitir su visión y su exigencia.

Almunia, hoy alejada de los riesgos que supondría una actividad política de primera línea en Aragón, cuenta con la ventaja de saberse protegida por su partido en Madrid y por el presidente Iglesias, algo que pocos están en condición de cuestionar.

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