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DE ARGENTINA Y CHILE... A ARAGÓN

Estudiar en la tierra de los abuelos

Cinco nietos de aragoneses que emigraron a Argentina y Chile estudian en Zaragoza, becados por el Gobierno autonómico, y recuerdan las andanzas y vivencias de sus particulares "aventureros", que relatan con orgullo y emoción

Cecilia Arraztoa, una argentina de Buenos Aires de 28 años, inmersa en un proyecto de investigación en reproducción asistida en la Facultad de Veterinaria, no pudo reprimir las lágrimas el domingo pasado cuando bailó la jota con el grupo Raíces Taustanas en Torres de Berrellén. Aprendió a tocar las castañuelas hace cinco años en la Casa de Aragón en Buenos Aires. Ahora "Cecé" (como le gusta que la llamen), sigue los pasos de su abuela paterna Alejandra Bordetas, que marchó del pueblo de Lorbés (Salvatierra de Esca) en 1908, con solo tres años, a hacer las Américas.

Es una de los cinco jóvenes becados este año por el Gobierno autonómico para estudios relacionados con los programas de doctorado y trabajos de investigación. Persigue potenciar las relaciones con los aragoneses y sus descendientes que residen fuera. Cada uno relata la historia de sus particulares "aventureros" con admiración, y todos han ido a conocer la casa que tuvieron que abandonar sus antepasados en busca de algo mejor.

La abuela de Cecé nunca regresó a España, su abuelo navarro de Elizondo lo hizo en dos ocasiones. Esa especie de halo de misterio que rodeaba su origen suscitó su curiosidad infantil. "De niña era la nieta más preguntona, falleció cuando tenía 12 años y siempre le preguntaba por su pueblo, aunque ella no contaba mucho", explica.

Una "mezcla total de emociones" cuenta que sintió al contemplar por primera vez la cúpula del Pilar bajo lluvia. "Se hizo realidad lo que me habían contado, lo que sabía por la letra de las jotas, y eso que lo conocí con andamios, no paré de hacer fotografías a la Basílica y al Ebro". Hace 9 años visitó Navarra, y tenía una deuda pendiente con Lorbés. "Cuando estuve en el pueblo, que está en ruinas a excepción de algunas casas en rehabilitación, me llevé una gran sorpresa, me empecé a preguntar un montón de cosas sobre lo duro que sería vivir en ese lugar. Para mí fue como llenar una inquietud, un vacío".

Cecilia guarda como recuerdo una pequeña piedra de aquella vivienda. Al igual que Paula Gimeno, una chilena de 27 años de Santiago, estudiante de doctorado en microbiología, salud pública y sociedad. Su abuelo paterno Francisco Gimeno dejó Aldehuela (Teruel) en 1926 con 15 años. Montó la fábrica de lanas "La aragonesa" y en su pueblo natal, al que empezó a volver en la década de los cuarenta, siempre se le ha llamado "el chileno".

Cuando Paula pisó por primera vez Aldehuela sintió que ya había estado allí. "Reconocí perfectamente la plaza, en mi casa siempre hemos tenido un cuadro pintado por un amigo del abuelo, me lo imaginaba más chiquito, fue muy emotivo".

Aunque Carolina Sancho (29 años), de Rosario (Argentina), solo tenía un año cuando falleció su abuelo José Sancho de Fuentespalda (Teruel), se sabe al dedillo sus peripecias desde que cruzó el charco en 1920 con 14 años y terminó montando una empresa de obras civiles. "Hace tres años mis padres fueron al pueblo y contactaron con una familia que lo conocía. Ahora cuando he acudido yo una de las personas mayores supo en cuanto me vio que era su nieta", comenta Carolina, que está matriculada en un posgrado de información económica.

"El mesón español" es el restaurante que regentan en Mendoza (Argentina) los padres de Miguel Antonio Politino (30 años), que cursa un máster en comunicación de empresa y publicidad. Lo pusieron en marcha su abuelo Antonio Longás de Jaca, que a sus 83 años sigue echando mano del refranero para amenizar a los comensales, y su ya desaparecida abuela Purificación Giménez de Erla (Zaragoza).

Miguel recorrió en el 2000 el norte de España con su abuelo, al que la postguerra empujó en 1944 a "buscarse la vida". De él, que cada dos años acude a la llamada de las fiestas del Pilar, ha heredado una conversación amena y el gusto por los dichos. "Sí que pienso en volver, la cabra tira al monte, pero quedarte un tiempo en otro país y otro continente también te abre mucho la cabeza y te ayuda a madurar, me gustaría permanecer aquí todavía un tiempo". Le queda mucho por recorrer, y antes de saber que le habían concedido la beca vivía en Málaga y estaba contratado como camarero. En la Expo estará empleado en información dinámica. "Una especie de 'pibe', que hace un poco de todo", bromea.

Dos fotografías tamaño carné de sus abuelos lleva en la cartera Pablo Dahbar (27 años), de Córdoba (Argentina). Hace un posgrado de ingeniería de los recursos hídricos y trabaja en una empresa de ingeniería.

La casualidad quiso que su abuelo José Aventín de Graus (su mujer era de Cornellá) muriera con 94 años el pasado octubre, cuando él se encontraba en Barcelona conociendo a sus allegados. "Fue muy duro ser yo el que se lo comunicara a los suyos, pero me reconfortó mucho lo que recibí de la gente".

El destino impidió que retornaran a España. "En 1970 hicieron todo lo posible por volver, mi madre tenía 26 años y la enviaron de avanzadilla, pero como no consiguieron vender la casa allí tuvieron que dejarlo". Ahora, a él le gusta entrar en el bar grausino que su abuelo atravesaba en bicicleta de chaval, y disfrutar de las fiestas de la localidad ribagorzana. "En Córdoba no miro la cara de la gente, y en Graus se nos llama por el nombre familiar".

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