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EDITORIAL

El futuro de Ranillas

La crisis económica e inmobiliaria, imprevista cuando se concibió la Exposición Internacional de 2008, ha dado al traste con los planes para integrar el recinto de Ranillas en la ciudad reconvirtiéndolo en un parque empresarial. Ante la falta de clientes privados, el sector público toma la iniciativa.

UNA de las prioridades en la organización de la Expo era evitar que el recinto de Ranillas se convirtiera después de la muestra, como ocurrió con la isla de la Cartuja en Sevilla, en un gran vacío urbano. Para asegurar que ese espacio, estratégicamente situado, se integraría en la ciudad como tejido vivo y dinámico se planeó la conversión de las instalaciones en un parque empresarial. La idea parecía fácil dadas las condiciones del mercado inmobiliario en aquel momento. Sin embargo, la crisis, cuyo estallido más agudo coincidió prácticamente con la clausura de la Expo, ha reducido drásticamente la demanda de oficinas haciendo que resulte casi imposible vender los edificios de Ranillas. Así las cosas, la solución por la que han optado la empresa gestora y el Gobierno de Aragón parece la menos mala. La ubicación en el meandro de las sedes de las empresas públicas de la DGA, de varias consejerías y de la llamada Ciudad de la Justicia (esta última discutida y discutible por otras razones) garantizará la ocupación útil de una parte sustancial de las edificaciones. Se evitará de ese modo que queden peligrosamente vacías y se incrementará el atractivo comercial del resto de las instalaciones. La operación tendrá, no obstante, un coste importante para las arcas públicas, aunque también producirá algunos ahorros. Pero garantiza al menos un futuro viable y digno para el antiguo recinto de la Expo.

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