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Aragón

HISTORIA

El centenario callado de un diplomático

Ángel Sanz Briz (Zaragoza, 1910-Roma, 1980) murió sin ver reconocida públicamente su heroicidad humanitaria en la embajada española en Budapest (Hungría), donde salvó a 5.200 judíos en la Segunda Guerra Mundial. Como su vida, el centenario de su nacimiento es callado.

Conoció a Le Lay, 'rey' de Canfranc.
El centenario callado de un diplomático

En agosto, Peraltilla (Huesca) colocó una placa en homenaje del diplomático aragonés Ángel Sanz Briz en la casa de sus ancestros (Casa de Zamora) porque sus dos abuelos procedían de allí. Dos hijas suyas, Pilar y Adela, conocieron el pueblo, a sus parientes y se emocionaron. El alcalde José Pedro Sierra dijo que "el pequeño acto" era una forma de rendirle homenaje en el centenario de su nacimiento. Pero todo lo que rodea al 'Shlinder' zaragozano, un hombre callado y solitario que salvó a 5.200 judíos en la Embajada de Budapest en la II Guerra Mundial, es como su centenario (se cumplió el 28 de septiembre), sin hacer el más mínimo ruido. Así vivió y se marchó.

Nació en Zaragoza en 1910 porque sus abuelos se trasladaron del Somontano a la ciudad para prosperar en el comercio. "Su primera tienda fue un pequeño establecimiento frente a la Basílica, donde se vendían imágenes de la Virgen del Pilar. Posteriormente, abrieron el Bazar X, un referente en la actividad comercial de Zaragoza", cuenta Pilar Sanz Briz, hija del diplomático zaragozano.

Ángel Sanz Briz estudió en los Escolapios, era un lector empedernido y muy estudioso. Se licenció en Derecho por la Universidad Central de Madrid, (luego Complutense) y con 23 años entró en la carrera diplomática para satisfacer sus deseos de conocer mundo. "Le entusiasmaba viajar pero en esa época no era fácil y menos desde España por las circunstancias políticas", recuerdan sus hijas. Su hermano Mariano también fue diplomático. Sería la influencia del padre, Félix Sanz Beneded, que era un hombre "muy liberal y abierto" porque procuró dar la más amplia educación a sus hijos, los mandó a estudiar idiomas al extranjero y todos hablaban francés, inglés y alemán, muy poco común en esa época.

Poco después de aprobar su carrera, trabajó en el Ministerio de Asuntos Exteriores desde mayo de 1934. Allí le cogió la Guerra Civil. "Cuando comenzó la guerra nos contó que estuvo conduciendo camiones en Burgos y en San Sebastián", agrega Pilar. "Mi padre creía que los diplomáticos debían servir a la Patria, independiente del color del Gobierno en el poder. Sirvió a los tres regímenes, republicano, franquista o monárquico. Era un servidor del Estado y como tal se comportaba, por lo que es difícil encasillarlo en alguna tendencia política", sostiene su familia.

El primer destino en el extranjero fue el Consulado general entre El Cairo y Alejandría en 1939, hasta que lo trasladaron a la Legación de Budapest el 24 de marzo de 1942, en plena Segunda Guerra Mundial, y dos años antes de la ocupación por los alemanes. El Gobierno húngaro, aliado de los nazis, ya había deportado 21.000 judíos cuando llegó allí el diplomático aragonés.

Pasó tres años en Hungría, los más duros, arriesgados y, al final, los más satisfactorios de su vida. "El Ministerio de Asuntos Exteriores se limitaba a recibir los informes de mi padre. Nunca le mandaron instrucciones a mi padre", detalla Pilar Sanz Briz.

En la primera entrevista concedida, de regreso a España en 1949, contó su historia en exclusiva a HERALDO: "El calvario judío en Hungría comenzó inmediatamente, agravado por el avance ruso hacia la Europa central... y el partido extremista amenazado exacerbaba su agresividad contra sus enemigos en la retaguardia. Los judíos útiles fueron concentrados en 'guettos' y sacados como grandes rebaños a través de carreteras nevadas con destinos desconocidos: campos de trabajo... Imagine como vendrían a la embajada de España a pedir amparo de nuestra bandera. Yo sé hasta qué punto puede calificarse de sobrehumano el esfuerzo que se hizo. Un gran bloque de edificios fue íntegramente tomado por la legación española y convertido en asilo seguro". Su familia explica que él mismo pagaba los alquileres, la comida y las medicinas.

Al año de estar en Budapest, nació Adela, la primera de sus cinco hijos. La situación empeoró con la llegada de los nazis y Sanz Briz envió a su mujer, Adela Quijano, a España porque en octubre de 1944 dio a luz a Paloma.

Para salvar a los judíos, el diplomático aragonés aplicó una estrategia de multiplicar los 200 salvoconductos que recibió para los sefardíes de origen español y llegó hasta los 5.200 con esos documentos y los mismos números. Los alemanes no lo descubrieron.

El Gobierno español envió a Ángel Sanz Briz a Suiza en diciembre de 1944 para protegerlo de la llegada de las tropas rusas porque estaban a las puertas de Budapest. "Ni pidió salir ni quería hacerlo, quería seguir ocupándose de las casas alquiladas para los judíos y tenía miedo que los nazis las invadieran", explica Pilar Sanz Briz. "El Gobierno español era sumamente beligerante contra el comunismo", dice.

El manuscrito de Don Juan

En Suiza realizó una visita de cortesía a Don Juan, el padre del actual rey Juan Carlos, y a la reina Victoria Eugenia. Recibió de sus manos un manuscrito que era crítico con el régimen de Franco y se lo entregó a Joaquín Satrústegui, un abogado vasco que pretendía restaurar la monarquía desde 1940.

En la posguerra conoció a Albert Le Lay, el jefe de la aduana francesa en Canfranc (donde le llamaban 'el rey'), que salvó a cientos de judíos y aliados. Le Lay y Sanz Briz eran vidas paralelas.

La carrera diplomática le llevó al Consulado general de San Francisco y, como embajador, a Perú y Holanda. Abrió en China la primera sede diplomática en 1973. Acabó en la Santa Sede, donde vivió una etapa inigualable. Presentó sus credenciales al papa Pablo VI en 1977 y murió tres años después de cáncer tras conocer a Juan Pablo I y Juan Pablo II.

La familia del diplomático recuerda que cuando llegaban a los distintos países se presentaban judíos para agradecer su heroicidad. En Israel fue reconocido como 'Justo de la Humanidad' en 1966, pero nunca lo contó a su familia. Mandó una carta a Asuntos Exteriores y no recibió permiso para recibir ese homenaje. "Mi padre no recibió en vida ninguna condecoración por su labor en Budapest", lamenta Pilar Sanz Briz.

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