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Toda una vida en la misma portería: “El oficio de portero es oír, ver y callar, eso es sagrado”

El portero Abel Garcés lleva 32 años trabajando en la misma comunidad de vecinos de Zaragoza, donde se siente muy valorado: “Esto es como un pueblo y el trato conmigo es casi de familia”.

El portero Abel Garcés, en la conserjería de la finca en la que trabaja desde hace 32 años.
El portero Abel Garcés, en la conserjería de la finca en la que trabaja desde hace 32 años.
M.O.

Abel Garcés lleva de portero de una finca de Zaragoza la friolera de 32 años. El suyo es un oficio que del que cada vez quedan menos exponentes pero que él reivindica como fundamental para las comunidades más grandes. “Las fincas de este tamaño no pueden vivir sin portero. El trabajo que conlleva es enorme y sino estuviésemos toda la gestión recaería en los vecinos. Donde esté un portero, que se quite lo demás”, dice, orgulloso.

Nuestra conversación comienza en uno de los 6 portales que tiene esta gran comunidad de vecinos situada en la avenida de Navarra, en Zaragoza, donde me espera puntual. “Soy muy organizado en todo, en los horarios, el material, el trabajo… si no el volumen de cosas que hacer se me comería”, asegura Garcés.

El portero Abel Garcés lleva 32 años trabajando en la misma comunidad de vecinos de Zaragoza, donde se siente muy valorado: “Esto es como un pueblo y el trato conmigo es casi de familia”.
El portero Abel Garcés lleva 32 años trabajando en la misma comunidad de vecinos de Zaragoza, donde se siente muy valorado: “Esto es como un pueblo y el trato conmigo es casi de familia”.

En su mano, el artilugio que abre todas las puertas de servicio que tiene esta finca de 178 pisos y 272 plazas de garaje. Un llavero del que cuelgan casi una veintena de llaves y que lleva siempre encima. “Es una comunidad enorme y aquí todo es a lo grande, las calderas, el depósito de gasóil, el cuarto de bombas…”, explica. “Cuando algún presidente de la comunidad me lo pide, le hago el tour por las entrañas de la finca. Se quedan alucinados”, asegura. “Para que te hagas una idea, en la comunidad tenemos 120 ventanas y me cuesta limpiarlas dos meses y medio. Lo hago dos veces al año. Soy muy metódico con eso y con todo”, asevera el portero.

Este zaragozano, -“de las Delicias de toda la vida”- de 56 años comenzó en el oficio a los 25. “Yo trabajaba en la madera desde los 14 años, pero la empresa me quería mandar a obras por toda España. En ese momento yo estaba a punto de casarme y me negué, así que tuve que buscarme otro trabajo que me permitiera quedarme en Zaragoza, junto a la que hoy es mi mujer”, explica.

El portero Abel Garcés, delante de uno de los 6 portales de la finca en la que trabaja desde hace 32 años.
El portero Abel Garcés, delante de uno de los 6 portales de la finca en la que trabaja desde hace 32 años.
M.O.

“En esas fechas -principios de los años 90- coincidió que el portero de esta finca, que se construyó en 1982, se jubilaba y buscaban otra persona para ocupar su puesto. Me entrevistaron los 6 presidentes de los 6 portales que componen la comunidad y debí de gustarles porque conseguí el trabajo”, recuerda Garcés. Desde entonces reside en uno de los pisos de la finca junto a su mujer y su hijo y solo tiene parabienes para todos sus vecinos. 

“No puedo decir nada malo porque aquí siempre me han tratado como si fuese un vecino más y desde el primer día me he sentido muy querido. En algunos casos me tratan como si fuera uno más de la familia y mi obligación es responder a esa confianza”, confiesa. “El hijo de uno de los vecinos, que ya no vive en la casa porque se independizó, me dijo un día: ‘Tú no eres el portero, eres el Abel’. Eso sí que me emocionó”, asegura. Hace poco tuvo una operación de menisco y estuvo unas semanas de baja. “Los vecinos me visitaban en casa constantemente y me renegaban porque yo no podía evitar estar pendiente de los asuntos de la comunidad”, continúa el portero.

"Los vecinos me visitaban en casa constantemente y me renegaban porque yo no podía evitar estar pendiente".

Más allá de la limpieza

Y es que tantos años en esta portería le han hecho conocer a todos los ocupantes de los casi 200 pisos que conforman esta mole de comunidad. “Casi todos los vecinos son propietarios y el 95% siguen siendo los que adquirieron la vivienda nada más construirse. He visto crecer a sus hijos y ahora veo cómo les visitan sus nietos”, apunta. Al frente de una portería de estas características, Garcés ha tenido que ver de todo. Sin embargo, es discreto a la hora de hablar de las cosas de las que de las que ha sido testigo. “El oficio de portero es oír, ver y callar. Eso es sagrado. Se cuenta solo lo que se puede contar”, dice.

Su trabajo es el de limpiar, mantener y hacer pequeños arreglos en la comunidad, así como estar pendiente de atender a los técnicos de diferentes servicios o gremios que tienen que llevar a cabo algún tipo de trabajo en la finca. “Estoy pendiente de todo para que este gran engranaje funcione bien”. Sin embargo, en su caso, su dedicación va mucho más allá y se ha convertido en una figura de total confianza para sus vecinos. A algunos, incluso, les ha ayudado en situaciones de gravedad. 

“No todo es trabajar y a veces los vecinos requieren una atención más personal, sobre todo los más mayores".

“No todo es trabajar y a veces los vecinos requieren una atención más personal, sobre todo  los más mayores. En una ocasión, una vecina que vive sola se cayó en casa, se hizo una brecha en la cabeza y nos avisó a nosotros. Mi mujer la ayudó a vestirse y la llevamos al hospital en nuestro coche”, recuerda. En otra ocasión, “hacía días que no veía a un vecino y llamé a su puerta para ver si estaba bien. Al abrir lo vi en muy mal estado y me lo llevé al hospital. Estuve con él hasta que lo ingresaron y acudí a verlo en varias ocasiones hasta que, lamentablemente, falleció”, añade Garcés.

"Estuve con él hasta que lo ingresaron y acudí a verlo en varias ocasiones hasta que, lamentablemente, falleció”.

Una forma de vida

Esta atención, que va más allá de sus labores como portero, no le cuestan esfuerzo. “Mi trabajo es mi forma de vida y, aunque mi horario laboral es de 8 horas, yo estoy disponible para los vecinos las 24 horas del día, los 365 días del año”, asegura. “La mayoría se han hecho mayores en esta finca y los hijos viven fuera. Si les pasa algo o se ponen malos de repente, ¿a quién van a llamar? Llaman al portero, porque estoy al lado y les atiendo muy a gusto”, responde Garcés. 

"Si les pasa algo o se ponen malos de repente, ¿a quién van a llamar? Llaman al portero, porque estoy al lado". 

“Para mí el trabajo y la familia son lo primero y este trabajo lo significa todo. Es muy satisfactorio y me siento muy valorado”, añade. Esa relación de familiaridad se refleja igualmente en sus descansos. “Tomo café muchos días con algunos de los vecinos en la cafetería de al lado y nos contamos nuestras cosas. Esta finca es como un pueblo”, constata.

En su mente sobrevuela la reciente imagen del incendio de Valencia y el papel fundamental que tuvo el portero para poner a salvo a muchos vecinos. “Yo hubiera hecho lo mismo y empatizo mucho con él, pero es algo que ya no se hace como portero, sino como persona. Fue algo ejemplar”, concluye.

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