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entrevista

Pablo Sierra: "En un pueblo todo el mundo guarda secretos inconfesables"

El escritor zaragozano acaba de publicar su cuarta novela, ‘La Galvana más oscura’, un 'thriller' que se ambienta en un pueblo imaginario de las Cuencas Mineras.

Pablo Sierra, fotografiado hace unos días en Zaragoza.
Pablo Sierra, fotografiado hace unos días en Zaragoza.
Oliver Duch

Sitúa usted su novela en un pueblo imaginario pero de las Cuencas Mineras...

Sí. Galvana es un pueblo inventado que ya salía en mi anterior libro. Está inspirado en las Cuencas Mineras, más concretamente en Huesa del Común, de donde era mi abuela materna y pasé algunos veranos de la infancia.

¿Qué sintió al ver el otro día la voladura de las torres de la térmica de Andorra?

Simbolizó, sin duda, el fin de una etapa en la zona. Mucha gente se dedicó 100% a la minería y un día les dice que se acabó y ya está. Ahora, la transición, es un momento clave: veremos si se aprovecha para dar un paso a algo mejor o caer aún más en el olvido.

Porque de eso va en parte su novela, de la despoblación.

Hay algo de crítica social porque plasma el abandono de infraestructuras o la falta de servicios que lleva a que muchos habitantes que quieren quedarse en el pueblo no puedan hacerlo. No obstante, en realidad, la novela es un ‘country noir’ de la España vaciada.

¿Perdón?

Como un ‘thriller’ rural. Las de los ‘country noir’ americanas son las típicas tramas de granjeros psicópatas o de la serie ‘True Detective’, y eso se traslada a la España rural, que da bastante juego.

No será usted el nuevo Ágatha Christie.

He leído mucha novela negra, pero no es una historia de descubrir a un asesino. Se trata más de generar dudas y de que el misterio tenga un trasfondo global. En un pueblo todo el mundo esconde secretos inconfesables y se ocupa también de guardar las apariencias.

Entonces hablamos de Puerto Hurraco.

No hace falta que nadie pierda la cabeza ni coja una escopeta, pero sí hay rencillas, problemas y familias mal avenidas por lo que pudo pasar años atrás. En Galvana conviven doce personas en invierno y todas hacen cola para comprar pan. Esos encuentros cotidianos son los que me interesan.

Pero la vida en los pueblos ha evolucionado muchísimo.

Y tanto. Aunque es probable que evolucione más la gente que los pueblos en sí. Ya no hablamos de una España en blanco y negro sino de localidades felices de recibir turistas, familias inmigrantes y cualquiera que venga a aportar. También se mantienen muchas tradiciones pero sin clichés de antaño. En Huesa del Común, cuando tocan las campanas, los vecinos salen en tropel a misa pero porque es el evento social: se ven, se reúnen, luego echan el vermú... Eso demuestra que es un pueblo vivo.

Es fácil idealizar ese escenario...

El protagonista también contrasta el romanticismo de los pueblos de John Denver –que disfruta de su origen rural y habla de libertad y amores puros– y del suyo propio, en que el hay miradas maliciosas, robos en las granjas y faltan de ambulatorios para saber si un dolor en el brazo es una tendinitis o un amago de un infarto.

Acaba de ser padre. ¿Eso ha modificado sus rutinas de escritor?

La corrección de la novela la h a hecho en horario de cinco o ocho de la mañana...

¿Y la experiencia de la paternidad aparecerá en próximas obras?

Me he dado cuenta de que mis libros anteriores ya hablaban de familia, de traumas, de vacíos existenciales… También Galvana es una sociedad endogámica y sus habitantes son casi una familia.

¿Desde cuándo le interesa la literatura?

De pequeño leía cosas avanzadas a mi edad: con ocho años ya había acabado ‘El hobbit’. A los doce comencé a escribir reflexiones personales, que fueron después el germen de algunos relatos. Tengo una soledad fácil: cuando estoy solo nunca me aburro, llevo siempre un libro para leer y dos cuadernos para escribir.

Ahora lo que le faltará será tiempo, porque tiene presentaciones en Barcelona, Valencia, Teruel...

Lo mejor es que no las hemos buscado ni el editor ni yo, sino lectores que se acercaron a las librerías y me llamaron para ver si podía acudir. Eso sí que es un premio.

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