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La explotación sexual no encuentra freno en Aragón y se refugia ahora en los pisos

Con la pandemia se ha duplicado el número de mujeres atendidas por algunas entidades sociales. Pese a la reapertura de varios clubes de alterne, la actividad se traslada a viviendas.

La Guardia Civil investiga los clubes de alterne de la provincia de Zaragoza
Inspección de la Guardia Civil en un club de alterne de Zaragoza. 
HERALDO

La explotación sexual sigue siendo una realidad latente en Aragón. La pandemia no solo no ha logrado frenar esta lacra sino que, más bien al contrario, parece haber agudizado sus efectos perversos. Algunas entidades sociales han duplicado el número de mujeres atendidas desde que comenzó la crisis sanitaria. Estas organizaciones aseguran que la explotación y hasta la trata de estas mujeres no encuentran freno, y que ahora se refugia -además de en algunos clubes de alterne- en pisos privados y en la calle, adonde muchas mujeres bajan a encontrar clientes.

En 2020 -último año con datos disponibles-, las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado realizaron 59 inspecciones en locales de Aragón, para tratar de evitar de forma preventiva la trata y explotación de seres humanos. Así se desprende de la respuesta que dio el gobierno Central a la pregunta que le formuló el grupo de Compromís en el Senado, donde se especifica que hubo hubo 46 inspecciones en Zaragoza, 13 en Huesca y ninguna en Teruel. El Gobierno, no obstante, evitó informar del resultado que tuvieron estas labores preventivas.

Las entidades sociales que trabajan con prostitutas detectan que, a pesar de que algunos prostíbulos que cerraron con la pandemia han vuelto a abrir, “hay menos mujeres en los clubes”. Así lo asegura Marta Jiménez, de Fogaral (Cáritas), quien señala que ahora se encuentran más chicas “en pisos o en la calle”. Según observa, el fenómeno “se está diversificando” y tiende a no centralizarse. “Los explotadores las van colocando en diferentes sitios”, señala. Esto hace que su control sea más complicado: “Las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado en los pisos no pueden entrar, a no ser que tengan una orden judicial por una evidencia clara de un delito, o de que hay tráfico de drogas. Son espacios privados, por lo que tienen las manos muy atadas”, señala.

Pilar Paul, trabajadora social de la Fundación Cruz Blanca, coincide en que la prostitución antes se centralizaba en los clubes, lo que suponía “un contexto público, en forma de empresa, con puertas abiertas y accesible para la Guardia Civil o los inspectores de Trabajo”. Ahora, gran parte de la actividad pasa “a pisos privados” en los que “se limita muchísimo más la capacidad de detección” por parte de la autoridad.

Erika Chueca, de Médicos del Mundo, señala que los equipos encargados de detectar estos delitos “están cada vez mejor formados”, pero observa varios problemas añadidos: “Por un lado, una mujer víctima de explotación es difícil que confíe en una persona de uniforme, sobre todo si está en situación irregular; además, en ocasiones parece que lo que se busca es desarticular una red y llevarlo ante los tribunales, en vez de proteger a la víctima”. Chueca, además, destaca que la clave también es “acabar con la demanda”, porque así “se evitará también que haya oferta”.

La realidad que les llega a estas tres entidades especializadas es que cada vez más mujeres requieren atención. Entre Fogaral, Fundación Cruz Blanca y Médicos del Mundo atienden a más de 1.000 al año, solo en Aragón. Y eso que ahora detectan que la movilidad de las chicas es cada vez mayor, ya que cuanto más se mueven de un destino a otro en función de la oferta, más dinero consiguen los explotadores. En Fogaral la pandemia duplicó el número de mujeres atendidas, y el ritmo no se ha detenido. “Antes había mujeres que más o menos se defendían con la prostitución. Pero el confinamiento paró todo, empezaron a necesitar apoyo y desde entonces lo van arrastrando”, señala Marta Jiménez.

A sus puertas siguen llamando mujeres recién llegadas, lo que indica que “la explotación y la trata de mujeres no se detiene”. “El mercado sexual es un flujo constante de mujeres, y la demanda ahora está muy activa”, añade Pilar Paul, de Cruz Blanca. “Siguen llegando mujeres nuevas. La mayoría de las que vemos a diario son víctimas de explotación y trata. Y eso que en ocasiones no es sencillo dar con ellas”, ratifica Erika Chueca, de Médicos del Mundo.

"El confinamiento a algunas les supuso un ‘click’, un darse cuenta de que hay alternativas para ellas, de que la prostitución no es una salida"

El parón que la pandemia supuso en esta actividad ocasionó que estas mujeres perdieran todos sus ingresos, pero también tuvo alguna consecuencia positiva: “Esos meses sin ejercer les sirvió de reflexión y de parada física. Se dieron cuenta que el ritmo de vida que llevaban no era adecuado para ellas, y algunas no han querido volver”, apunta Marta Jiménez. "El confinamiento les supuso un ‘click’, un darse cuenta de que hay otras alternativas para ellas, de que la prostitución no es una salida, por lo que hemos podido hacer intervenciones de forma más integral”, completa Chueca.

Mientras tanto, el perfil que llega sigue siendo el de mujeres extranjeras, principalmente de Latinoamérica (sobre todo de Colombia, Venezuela y República Dominicana) y de África (Nigeria y Guinea). También han llegado de Asia y de Europa del Este, y ahora se teme que puedan empezar a llegar ucranianas que, al tratar de huir de la guerra, hayan caído en las mafias de explotación sexual.

Desde estas entidades tratan de darles todo el apoyo que necesitan, desde el acceso a ayudas económicas a reconocimientos médicos, pasando por formación para tratar de buscar otra salida profesional. Tras el comienzo de la pandemia, han aumentado las atenciones por problemas de salud mental o de apoyo emocional. 

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