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Las clases de castellano que alivian "el miedo en la mirada" de los ucranianos en Zaragoza

La Fundación Federico Ozanam ha llenado sus clases de español para los refugiados que llegan, donde se juntan historias de miedo y angustia tras huir de la guerra.

En el corazón de Zaragoza, en la sede de la Fundación Federico Ozanam de la calle Boggiero, un grupo de unos 30 ucranianos se reparte entre dos aulas. En una se juntan mayoritariamente mujeres de entre 20 y 70 años. En otra, chavales a partir de los 12. Detrás de cada una de estas personas se esconde una historia del horror, el relato de una huida obligada y precipitada de su propia casa con el único objetivo de salvar la vida. Sin embargo, el ambiente es cordial, simpático y hasta relajado. Recién pasada la Semana Santa, la procesión va por dentro.

Aquí tratan de aprender lo más básico del castellano para poder empezar a desenvolverse en España. La mayoría ha llegado a la fundación casi por probar si hay suerte, después de comprobar que otros cursos gratuitos similares estaban saturados. Este arrancó hace solo unos días  y, sin haberse promocionado, también está lleno. “Hay más demanda que oferta”, lamenta Rosa Jiménez, jefa de estudios de Ozanam.

Lilia Zchukovska llegó a Zaragoza hace un mes con su hija, que también está dando clase en el aula de al lado. En Ucrania tuvo que dejar a su marido, a su hijo, a sus suegros… Aún se emociona cuando recuerda el momento de la huida. Tuvo que ir desesperadamente a buscar a su hija a un pueblo cerca de Bucha, la ciudad tristemente famosa por la masacre de cientos de civiles que acometió el ejército ruso. “Hubo muchas bombas, muertes, niñas violadas, cadáveres desenterrados… Estaba muy preocupada por mi hija, así que fui a buscarla para salir del país y acabamos aquí”, cuenta.

Se alojan en un hotel gracias al trabajo de la asociación Accem y dedican las tardes a hacer turismo, a ir a la iglesia, a tomar algo con otros refugiados ucranianos con los que han hecho amistad… y a repasar las lecciones de castellano que aprenden por la mañana. “Es importante saber el idioma rápido para entender a la gente y poder comunicarnos”, señala.

Las clases reúnen todas las mañanas a varias docenas de ucranianos de todas las edades.
Katia Kyslenko (izquierda) ayuda con su primeras clases de castellano a Lilia Zchukovska (en el centro).
Oliver Duch 

Traduce sus palabras Katia Kyslenko, una joven de 21 años que saluda a todo el mundo con un “holi” y que habla un castellano rico, directo y fluido. De la calle. Ella no necesita clases, pero acude a la fundación para facilitar el contacto entre profesores y alumnos. Sus hermanos empezaron a venir a Zaragoza los veranos como niños en acogida, y cuando volvían comenzó “a chapurrear algo de español con ellos”. A los seis años empezó a venir ella y se enamoró de lo que se encontró aquí. “A mi madre -así llama a la zaragozana que le acoge- le encantan las excursiones, y pasábamos el verano en un pueblo de Soria con la bici, jugando a tenis, haciendo deporte...”, recuerda.

El estallido de la invasión rusa le pilló en Fastik, una ciudad a dos horas de Kiev en la que trabajaba de cajera y en la que vivía con su novio. “Nos dijeron que iba a empezar la guerra, pero yo no me lo creí hasta que vi a los rusos dar los primeros disparos”, admite. “Dije ‘¡Oh, Dios mío!, ¡esto es una guerra de verdad!’… No entendía nada, tenía muchas preguntas sin respuesta”, añade. Ella decidió venir a España con su familia de acogida, y su novio -que no puede salir del país por si es reclutado- se quedó con sus padres. 

Por lo que habla con ellos y con sus amigos, detecta que “todo el mundo tiene miedo a morir, es un ‘por favor, que no me maten’”. Katia ya había pensado venir a España en un futuro cercano, y ahora quiere cumplir su sueño de ser enfermera “para ayudar a la gente”. De momento, ayuda a los compatriotas que van llegando a las clases en la Fundación Federico Ozanam, a los que ve “tristes pero animados a aprender cosas nuevas”. “Aquí se sienten aliviados, seguros”, observa.

Konstantin llegó a su primera clase aún en estado de 'shock'. Tanto que sus profesores dudaron de que supiera leer y escribir

Konstantin apenas da detalles de cómo salió de Ucrania. A sus 17 años, cruzó él solo la frontera con Polonia. Aún menor de edad, emprendió una huida hacia lo desconocido. “De España solo conocía algún equipo de fútbol, el Real Madrid, el Barcelona, el Valencia...”, señala. De cómo debió ser ese viaje habla el estado en el que llegó a las clases de castellano. Aún en ‘shock’, sus profesores llegaron a dudar de que supiera leer y escribir. “Estaba paralizado”, recuerdan.

Él solo dice que en este trayecto tuvo “una mezcla de emociones”. Poco a poco se fue soltando y ahora hasta sonríe. Vive feliz con una familia de acogida en el centro de Zaragoza y aspira a “aprender el idioma y trabajar para tener una vida completa aquí”. De la capital aragonesa le gusta “la iglesia tan grande y bonita que hay en el centro -en referencia a la basílica del Pilar- y el calor”, aunque esta última semana lo haya dejado atrás. Estos días, tras las lecciones de castellano, trata de engancharse a sus clases en el instituto que dejó en Ucrania. Eso sí, sin perder el contacto con sus amigos y con su madre. “Las cosas están más tranquilas estos días en Kiev, hay gente que hasta ha vuelto a trabajar”, señala.

Rosa Jiménez es muy cercana con todos ellos. Consigue alegrar el ambiente, algo que en ocasiones resulta complicado. “Cuando llegan, se les nota el miedo en las miradas. Trato de transmitir cercanía y tranquilidad. Luego tienen tanta necesidad de estar bien que son muy agradecidos”, afirma. La jefa de estudios de Ozanam llama la atención de que si los refugiados siguen llegando y no se ponen más medios, “será difícil cubrir las necesidades de todos ellos”.

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