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Tercer Milenio

El Pirineo sin Briet: cien años de cambios en el paisaje

Un siglo en geología parece poco tiempo. Pero si ese siglo coincide con un calentamiento del clima con escasos precedentes en la historia de la Tierra, quizás sea suficiente para apreciar cambios en el paisaje geológico del Pirineo. Gracias a la mirada aguda de Lucien Briet y a su valioso legado cultural, vamos a comprobarlo. Cuidado: puede haber sorpresas.

Los glaciares de la cara norte de las Tres Serols, vistos por Lucien Briet y en la actualidad.
Los glaciares de la cara norte de las Tres Serols, vistos por Lucien Briet y en la actualidad.
Lucien Briet. Musée Pyrénéen de Lourdes / Ánchel Belmonte Ribas

Paisaje y cambio son dos palabras que siempre van unidas. Pero cuando hablamos de geología, esa unión indisoluble no es tan evidente. ¿Será posible que en tan solo cien años podamos apreciar cambios evidentes en ese universo de roca y hielo que es el Pirineo? Para comprobarlo basta con poner frente a frente dos miradas separadas por un siglo. Y, a través de un formidable legado, Lucien Briet nos presta sus ojos.

Briet (París, 1860-Charly Sur Marne, 1921) fue un viajero, explorador, escritor y fotógrafo que quedó prendado por el Pirineo desde su primera visita en 1889. Y cuando cruzó la frontera y se asomó al Alto Aragón, el flechazo fue definitivo. Uno de los nombres ilustres del pirineísmo, esa corriente cultural que alumbró nuestra cordillera, recorrió picos y valles, pueblos y barrancos con la mirada del que no tiene prisa. E hizo fotos. No para coleccionar ‘experiencias’ ni para cebar redes sociales. Capturó imágenes llenas de sentido que nos ayudan hoy a entender el Pirineo de su cambio de siglo y del nuestro. Autor de textos pirineístas clásicos como ‘Bellezas del Alto Aragón’ y ‘Soberbios Pirineos’, es bien conocido por ser una figura clave en la creación del Parque Nacional de Ordesa. No obstante, su obra abarca mucho más terreno a ambos lados de la divisoria de aguas pirenaica. Desde el piedemonte surpirenaico hasta los valles de Gèdre y Aure, adquirió un sólido conocimiento de esta parte del Pirineo central.

Lucien Briet, viajero, explorador, escritor y fotógrafo
Lucien Briet, viajero, explorador, escritor y fotógrafo
Lucien Briet. Musée Pyrénéen de Lourdes

El centenario de su fallecimiento ha sido la excusa para que el Geoparque Mundial de la Unesco Sobrarbe-Pirineos le rinda homenaje a través de una exposición (desde hoy, 19 de abril, al 3 de julio en la sala de Geovisión del castillo de Aínsa) y un libro escrito por Ánchel Belmonte y Lise Laporte, con prólogo de Eduardo Martínez de Pisón. Una colección de imágenes de Briet enfrentadas a sus iguales actuales que hablan de profundos cambios en el clima, en los procesos geológicos activos y de cómo eso se traduce en un paisaje nuevo, en el que la vegetación engulle inmisericorde el reino de las rocas.

El Pirineo que conocieron los pirineístas tenía notables diferencias con el actual. En lo humano, con todos sus pueblos habitados, una gran ganadería extensiva y la sociedad tradicional sin indicios de quiebra. En lo natural, saliendo de la Pequeña Edad del Hielo con temperaturas más frías y más y mayores nevadas. Más escorrentía superficial y ríos con más caudal eran también propios del momento.

Al comparar las imágenes, por encima de todo, una cosa llama la atención: ahora hay mucha más vegetación. Pero no nos detengamos en lo evidente y preguntémonos cuáles son las razones que han hecho eso posible. Tradicionalmente se han invocado dos: que ya no se necesita leña en las casas y que la ganadería extensiva, una de las grandes vocaciones de la montaña pirenaica, está venida a menos. Sin embargo, siendo dos razones de peso, por sí solas son insuficientes y la variación en la intensidad de diversos procesos geológicos tiene también algo que decir.

Con las gafas de geólogo en los ojos, hay tres lugares a los que mirar: laderas, ríos y glaciares. Veamos qué nos depara la mirada geológica.

El río Ara en la foz de Jánovas y el juego de estratos en sus laderas (117 años de diferencia).
El río Ara en la foz de Jánovas y el juego de estratos en sus laderas (117 años de diferencia).
Lucien Briet. Musée Pyrénéen de Lourdes / Ánchel Belmonte Ribas

Laderas: espacios de transición

La foz de Jánovas es el fascinante lugar donde el río Ara corta a cuchillo el gran pliegue anticlinal de Boltaña. Sus estratos quedan expuestos mostrando una alternancia de capas duras y blandas, con una forma que recuerda al costillar de una gigantesca ballena. En tiempos de Lucien Briet, el agua en las grietas de las capas duras se helaba muchas noches al año ejerciendo presión sobre la roca. Repetidos ciclos de hielo y deshielo terminaban por provocar la rotura de la roca. Las capas blandas, más fácilmente erosionables, dieron lugar a canales que recibían esos fragmentos rocosos. Acumulados temporalmente a modo de canchales, diversos procesos los movilizaban ladera abajo generando conos de derrubios. Mientras las heladas cebaban de rocas las canales, el terreno –inestable y móvil– impedía el crecimiento de la vegetación. El transporte era efectivo y, una vez en el fondo del valle, el río y sus crecidas se encargaban de evacuar los sedimentos a lo largo de una llanura de inundación desprovista de vegetación.

A medida que las temperaturas han ido ascendiendo, los ciclos de hielo y deshielo han menguado notablemente. La roca se rompe menos, las laderas se estabilizan y la vegetación comienza a conquistar el espacio, ayudada también por un clima más benigno. A las hierbas les siguen los arbustos y a estos, los árboles. En la imagen actual las laderas antes descarnadas aparecen cubiertas de bosques de pinos. Los aportes de sedimentos al río se han reducido visiblemente, como también su capacidad de removilizarlos. Finalmente, la vegetación se va apoderando igualmente del espacio fluvial.

Confluencia del río Nata con el Cinca desde Gerbe (110 años de diferencia).
Confluencia del río Nata con el Cinca desde Gerbe (110 años de diferencia).
Lucien Briet. Musée Pyrénéen de Lourdes / Ánchel Belmonte Ribas

Ríos: los grandes conectores

En pleno corazón de Sobrarbe, Gerbe es un precioso pueblo que nos regala dilatados panoramas. Si hacia el norte la Peña Montañesa y el macizo de las Tres Serols son un colosal telón de fondo, al sur el horizonte se dilata por Mediano hasta cerrarse en el congosto del Entremón. Briet tuvo la fortuna de contemplar lo que ha sido uno de los más grandes espectáculos fluviales de nuestra cordillera: el río trenzado en el que se convirtió el Cinca desde Labuerda hasta Mediano. Imaginen una enorme llanura de inundación llena de grava blanquecina, sobre la que una miríada de brazos de agua se entrelaza separándose y volviéndose a unir aguas abajo. Cada riada modificaba ese paisaje efímero de barras fluviales (islas de vida corta, sin vegetación que las estabilice) que se extendía también por ríos afluentes como el Ara, la Nata y el Usía.

Nada de eso existe ya. La construcción del embalse de Mediano hizo que ese paisaje fluvial se anegara. El cambio en el régimen fluvial, del predomino del transporte al de la sedimentación calmada, ha ido rellenando de fango el terreno. En los momentos nada infrecuentes de aguas bajas en Mediano, un lodazal en el que se encaja el Cinca es el nuevo paisaje que convive con el de las aguas mansas del embalse en periodos de aguas altas.

El Pic Long con y sin el glaciar de Pays Baché (125 años de diferencia).
El Pic Long con y sin el glaciar de Pays Baché (125 años de diferencia).
Lucien Briet. Musée Pyrénéen de Lourdes / Ánchel Belmonte Ribas

Glaciares: el gran cambio

Si para advertir los cambios anteriores es preciso disponer de un ojo mínimamente entrenado, el caso de los glaciares es bien distinto. Ahora me ves, ahora no me ves; así de fácil. La Pequeña Edad del Hielo, desde el siglo XIV al XIX, supuso un enfriamiento mundial de las temperaturas debido a una disminución en la actividad solar. En todo el planeta, los glaciares existentes aumentaron sus dimensiones y muchos otros se formaron y crecieron. Inviernos con abundantes nevadas y veranos frescos que no fundían toda la nieve caída lo hicieron posible.

El alto Pirineo de Briet y de todos los primeros pirineístas tenía un aire polar. Si el volumen de turismo actual se hubiese encontrado esos enormes glaciares y campos de nieve, el Greim tendría que haber cuadruplicado su plantilla. Ibones helados todo el año, neveros por doquier y glaciares extensos, gruesos y agrietados eran la norma en la alta montaña.

La realidad hoy es bien distinta. En pleno calentamiento global, solo negado por la ignorancia o la mala fe (a menudo indiferenciables), el atropellado retroceso de los glaciares es una evidencia incontestable. Algunos persisten hermosos y tozudos, con pequeñas y menguantes dimensiones, acantonados a la sombra protectora de los picos más altos. Otros, como el de Pays Baché bajo el Pic Long, son ya parte de la historia. Y si en la foto de Briet se muestra orgulloso con su perfil convexo y en contacto con la morrena frontal de la Pequeña Edad del Hielo, en la imagen actual es la roca viva quien manda en la escena. Es el nuevo paisaje de la alta montaña pirenaica, uno donde el blanco de la nieve y el hielo desaparece para dejar ver los colores de la variedad de rocas que sustentan a los picos y las crestas. Otra cara del paraíso geológico que son las montañas.

¿Qué futuro queremos?

Las montañas tienen para nosotros el aroma de lo eterno. Pero ni siquiera lo geológico se presta a mantener esa farsa. Es verdad que muchos procesos operan a escalas de tiempo que nos sobrepasan. Construir una cordillera tarda decenas de millones de años. Erosionarla hasta su total arrasamiento, otro tanto. Pero son numerosos los cambios rápidos y los apreciaremos si sabemos mirar y nos tomamos el tiempo que eso requiere.

El clima, con su cambiante naturaleza, es sin duda un gran agente modificador capaz de influir en los más variados procesos naturales, geológicos y biológicos. Pero también nuestra forma de estar en el Pirineo puede tener un potente efecto transformador de realidades. Briet quería promover un turismo cuyo parecido con el actual es pura coincidencia. Ahora, la tendencia de adaptar la montaña a los gustos –sujetos al vaivén de las modas– del visitante puede causar localmente modificaciones irreversibles que bien merecen una reflexión previa. No es que el paisaje no se pueda tocar, es que es preciso valorar las consecuencias de cualquier modificación sin vuelta atrás que queramos causar sobre él.

Quizás Briet no reconocería el Pirineo actual. Quizás nosotros tampoco el de dentro de cien años. Pero eso ya es otra historia…

Ánchel Belmonte Ribas Geoparque Mundial de la Unesco Sobrarbe-Pirineos

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