Aragón
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ARAGÓN, EN PROGRESO

Cuatro décadas poniendo color a la vida: ¿qué fue de las cabinas y los videoclubs?

A veces es más fácil percibir los cambios sociales en el costumbrismo que en los grandes acontecimientos. Hasta la llegada de la televisión a color, pocos sospechaban que Espinete fuera rosa. Lo habitual era viajar a Andorra para comprar tecnología y recibir una caja de compases como regalo de la Primera Comunión. 

Que la nostalgia es un arma es algo que saben bien los publicistas. Cada vez son más los anuncios que hacen referencia al costumbrismo en la España de 1982, a las referencias de la EGB, a los pañitos de ganchillo que tejía la abuela y a los viajes a Andorra para conseguir la que era entonces última tecnología, por mucho que se tratara de un cortapelos eléctrico de nariz.

Las nuevas generaciones no saldrán de su asombro cuando escuchen que hace 40 en España tan solo había una marca de patatas fritas y dos tipos distintos de chicle. ¿Recuerdan el Cheiw y el Bang bang? Para el Boomer o el Bubbaloo habría que esperar... Tampoco era mucho más generosa la oferta de galletas, algo de lo que se daban cuenta muchos aragoneses cuando se escapaban al país vecino para ver –no tanto el cine de Perpignan– unos supermercados con alimentos exóticos como los After Eight o los licores de café, que no llegarían a España hasta 1989. Con los ‘tupperware’ de plástico pasaba tres cuartos de lo mismo y las diferencias en el campo de la tecnología y los electrodomésticos parecían insalvables. «Cuando llegaban a las pantallas películas como ‘E. T.’ o ‘Encuentros en la tercera fase’ era imposible no envidiar aquella forma de vida norteamericana en la que se veían televisores en todas las habitaciones y germinales videoconsolas», explica la socióloga Beatriz Puyadas, al tiempo que recuerda que fue el Mundial 82 lo que incentivó la venta de televisores de color en España. Hasta entonces muchos niños solo habían visto a Espinete en blanco y negro y –claro– fue un auténtico ‘shock’ descubrir que el erizo gigante era de color rosa.

«Rebobine, por favor». Esta frase, además de dar título a una película de Michael Gondry, era habitual que se escuchara en los videoclubes de los 80. Entonces, claro, se conectaban vídeos Beta a televisores de tubos catódicos y un ‘culo’ gigante. El desembarco de la pantalla plana arrambló, incluso, con una decoración clásica como era la muñequita flamenca, el torito, los paños de ganchillo o las fotos de la comunión. En 40 años se ha pasado de las primeras teles en color (las que llegaron con el Mundial de Naranjito) a la ultra máxima definición en 3D.
«Rebobine, por favor». Esta frase, además de dar título a una película de Michael Gondry, era habitual que se escuchara en los videoclubes de los 80. Entonces, claro, se conectaban vídeos Beta a televisores de tubos catódicos y un ‘culo’ gigante. El desembarco de la pantalla plana arrambló, incluso, con una decoración clásica como era la muñequita flamenca, el torito, los paños de ganchillo o las fotos de la comunión. En 40 años se ha pasado de las primeras teles en color (las que llegaron con el Mundial de Naranjito) a la ultra máxima definición en 3D.
Heraldo

En el año 1970 apenas un 60% de las familias tenía un aparato receptor en sus viviendas, mientras que en 1980 ya eran más de 90% quienes seguían con atención las andanzas de ‘Mazinger Z’ o el ‘Un, dos, tres’, que presentó Kiko Ledgard hasta 1978 cuando tomó el relevo Mayra Gómez Kemp.

La televisión influyó sobremanera en el día a día de los españoles y, cuando en octubre de 1990 las privadas desembarcaron en Aragón, las nuevas emisiones se percibieron como un torrente de frescura. Eso sí, había que acostumbrarse al mareo del ‘zoom’ enloquecido de Valerio Lazarov y a las simpáticas Mamma Chicho, que acaparaban tanta audiencia como los especiales de Nochevieja de Martes y 13.

Al margen de la caja tonta y de los más de 4.000 teleclubes que llegó a haber en las comarcas rurales, otras tecnologías de muy diversa índole también alborotaron la vida en el siglo XXI. Los móviles han hecho desaparecer de un plumazo las cabinas de teléfono de las calles y una suerte de obsolescencia programada ha acabado también con los vídeos Beta, los VHS y el láserdisc, que ya nació prácticamente sentenciado.

Echando un ojo a la hemeroteca de HERALDO, allá por 1960 se imaginaba un futuro con sirvientes robots y unos avances médicos capaces de eliminar por completo bacterias y virus. Qué poco podía pensarse entonces que una pandemia desconocida se desataría sin freno y que, lejos de contar con coches voladores, iríamos en patinete «con un filtro de café en las orejas», como dice el escritor Juan Luis Saldaña. En aquellos augurios de hace medio siglo sí se acierta con un par de predicciones como son que no dejarían de lanzarse satélites (que le pregunten a Elon Musk) y que la energía nuclear podría constituirse en una amenaza.

Las celebraciones

De vuelta a lo cotidiano, otro ámbito en el que se puede comprobar cómo y cuánto ha cambiado el paisanaje en cuatro décadas son las celebraciones sociales, ya sean bodas, bautizos o fiestas de nuevo cuño. En estas décadas llegaron las presentaciones en sociedad al cumplir los 16 años –tienen su origen en América latina– y los pasos del Ecuador para alborozo de los estudiantes. Sin embargo, el mayor contraste se da con las comuniones, tan enraizadas en la tradición católica y... en el consumismo.

Para los padres, las comuniones se han convertido en una celebración incómoda en plena ‘cuesta de mayo’ porque su «sencillez y comedimiento» se ha ido desdibujando con el paso de los años. La prueba está en los regalos que se hacen a los chavales: de la enciclopedia y la caja de compases se ha pasado a la consola Playstation o a un viaje a Eurodisney o Port Aventura.

Veinte años sin reclutas forzosos ni cortes de pelo al cero. A los ‘millennials’ les resultará exótico pero, hasta hace veinte años, los jóvenes españoles estaban acostumbrados a comer rancho, a sufrir novatadas y a llevar un corte de pelo al cero. Lo hacían, además, de forma obligada y bajo la creencia de que esas imposiciones y convivencias les harían «hombres de provecho» en un futuro. Fue hace ahora dos décadas, en diciembre de 2001, cuando los últimos reclutas forzosos se licenciaron, abandonaron los cuarteles y el Ejército en España, algo más tarde que el de los países de su entorno, se profesionalizó.
Veinte años sin reclutas forzosos ni cortes de pelo al cero. A los ‘millennials’ les resultará exótico pero, hasta hace veinte años, los jóvenes españoles estaban acostumbrados a comer rancho, a sufrir novatadas y a llevar un corte de pelo al cero. Lo hacían, además, de forma obligada y bajo la creencia de que esas imposiciones y convivencias les harían «hombres de provecho» en un futuro. Fue hace ahora dos décadas, en diciembre de 2001, cuando los últimos reclutas forzosos se licenciaron, abandonaron los cuarteles y el Ejército en España, algo más tarde que el de los países de su entorno, se profesionalizó.
Guillermo Mestre

Los juguetes también constituyen un campo en el que se dispara la nostalgia, como sabe Jorge Díaz, creador del grupo de Facebook ‘Yo fui a EGB’, cuya fama dio el acrobático salto de un blog a un libro. Sus páginas se ilustran con ‘clicks’ de Playmobil, caramelos de gajos de naranja Mauri, el diccionario Iter Sopena o el cubo de Rubik. «La gente nos comenta que está muy harta de encontrarse diariamente un montón de noticias negativas, de ese pesimismo que nos invade. Pasar un rato recordando cosas de su infancia les ayuda a sacar una sonrisa muy necesaria. Somos una generación nostálgica, y ayuda el comprobar que en aquella época todos jugábamos, vestíamos, escuchábamos o veíamos las mismas cosas», explica Díaz.

La de finales de los 70 fue la primera generación en jugar con juguetes de plástico (antes eran de madera y hojalata) y se mantuvo una tradición más física que virtual. El paso intermedio que propició esa transición pudieran considerarse las primeras máquinas recreativas y esos salones llenos de ‘pinballs’. La escritora Espido Freire, nacida en 1974, más de una vez ha apuntado que la suya es una generación «muy homogénea, con vivencias muy similares, unificadas por la educación escolar y por la influencia de la televisión». «Mucho más sobreprotegidos que los anteriores y menos consumistas que los que nos siguieron. Contábamos con caprichos y juguetes imposibles de imaginar años antes y también con una relativa libertad: fuimos los últimos que jugaron en la calle», resume la autora, que analizó a fondo esta generación en dos libros sobre el mileurismo.

Este concepto, hoy tan asimilado, apareció por primera vez en el año 2005 para describir una triste realidad que en las últimas décadas ha afectado y condicionado a miles de jóvenes. En los años 90 irrumpieron en escena las ETT, a la vez que el precio de la vivienda enloquecía. Se pensaba que sería algo pasajero, puntual, y –sin embargo– se ha cronificado arrastrado por las mil y una crisis posteriores: la económica, la del ladrillo, la de la covid... La palabra ‘mileurismo’ se le ocurrió a la publicista Carolina Alguacil cuando se indignó al comparar sus desoladoras circunstancias personales con las que disfrutaban sus coetáneos del resto de Europa.

Pasarse la pantalla por cinco duros. Los salones con ‘pinballs’ y máquinas recreativas fueron el mayor entretenimiento de los jóvenes hasta bien entrados los años 90. Entonces comenzaron a emerger las maquinitas individuales y, poco después, las primeras consolas portátiles, aunque la mayoría funcionaban con cartucho y un ‘joystick’. La icónica Game Boy fue una de las más exitosas: llegó a España hace ahora 33 años y supuso la ruptura total con la anterior generación, que aún estaba acostumbrada a jugar con el balón en la calle. Donkey Kong, Pacman y, por supuesto, Súper Mario Bros pasaron a ser amigos íntimos.
Pasarse la pantalla por cinco duros. Los salones con ‘pinballs’ y máquinas recreativas fueron el mayor entretenimiento de los jóvenes hasta bien entrados los años 90. Entonces comenzaron a emerger las maquinitas individuales y, poco después, las primeras consolas portátiles, aunque la mayoría funcionaban con cartucho y un ‘joystick’. La icónica Game Boy fue una de las más exitosas: llegó a España hace ahora 33 años y supuso la ruptura total con la anterior generación, que aún estaba acostumbrada a jugar con el balón en la calle. Donkey Kong, Pacman y, por supuesto, Súper Mario Bros pasaron a ser amigos íntimos.
Heraldo

Aquella generación, que recorre el espectro entre la X y los ‘millennials’ y que en su día fue también denominada JASP (jóvenes, aunque sobradamente preparados), fue también la protagonista del ‘boom’ de las oenegés e impulsaron causas como el matrimonio igualitario o movimientos como el ‘No a la guerra’ o el 15-M. «Al menos, la pandemia ya nos ha pillado más mayores, ya habíamos salido todo lo que teníamos que salir, porque pobres los jóvenes que han pasado dos años sin pisar una discoteca», bromean los interesados, que ya peinan canas y no bailan sino en las verbenas de las fiestas de pueblo. Y eso, a pesar de que muchos de los artistas que configuraron su banda sonora particular siguen en activo. ¿Qué decir del ‘comeback’ de ABBA o de la continua revisión de la Movida?

El BIC y el ‘walkman’

Hoy reconvertidas en objeto de culto, las casetes de aquellos grupos se cotizan en eBay, como también los primigenios ‘walk-man’, que fueron unos aparatos casi de primera necesidad para cualquier chaval que creciera en los años 80. Estos reproductores portátiles funcionaban a pilas y, para ahorrar energía, había quien prefería rebobinar las casetes dando vueltas a la cinta con un boli BIC que, milagrosamente, encajaba en los dientecitos de la bobina. Después de que se pusieran de moda las radios de ‘doble pletina’, en 1983 se presentó el primer ‘compact disc’, aunque entonces apenas hubiera 300 cedés distintos en toda Europa. Aquella tecnología se impondría hasta la llegada del mp3 y frente a los renacimientos periódicos del sempiterno vinilo, que seguro será capaz de aguantar otros 40 años más.

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