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guerra en ucrania

De refugiada a acogedora de compatriotas en Arcosur: "Lo que ocurre en Ucrania es un genocidio"

Iryna Babinetska llegó a Aragón desde Ucrania hace siete años, tras el conflicto de Crimea. Ahora acoge a Svitlana Fokina y a su hija Viktoriia, de 8 años, a quienes no conocía previamente.

Iryna, Svitlana y la pequeña Viktoriia, en el balcón del piso de la primera en Arcosur.
Iryna, Svitlana y la pequeña Viktoriia, en el balcón del piso de la primera en Arcosur.
Marcos Cebrián

Iryna Babinetska llegó a España en 2015, tras la crisis de Crimea. Ella vivía en Brovary, una ciudad a las afueras de Kiev. “Lo que pasó entonces en mi país ya fue todo un genocidio, cada día moría gente y llegaban tumbas de jóvenes”, recuerda. Con ansias de libertad, decidió salir y emigró a España con apenas una maleta llena de ropa. Como los miles de ucranianos que ahora llegan a diario, ella entonces fue refugiada. Gracias a la ayuda de Accem, en Zaragoza encontró su nuevo hogar. Se apuntó “a todos los cursos de español gratuitos que existen”, se casó con el zaragozano Nacho Madorrán y desde hace seis años viven juntos en Arcosur. Desde allí sigue con el corazón en un puño las noticias que llegan de su tierra, y las que le cuentan de primera mano sus familiares y amigos.

A casi 3.000 kilómetros de su hogar, y con pocas posibilidades de ayudar desde aquí a sus allegados, Iryna sentía la necesidad de hacer algo más. Así, ofreció su casa para dar techo y comida a sus compatriotas. De refugiada, a acogedora de refugiados. Svitlana Fokina y su hija Viktoriia, de 8 años, llegaron el pasado fin de semana en autobús desde Polonia hasta la calle Rincón del Cielo, una especie de alegoría para dos personas que huyen de la guerra. Llevan cinco días con Iryna y Nacho, pero ya son “como de la familia”.

En su caso, la integración ha sido más fácil porque no existe la barrera del idioma. “Nos están dando todo lo que necesitamos, no podemos estar más agradecidas”, cuenta Svitlana sobre la familia. La pequeña Viktoriia está “contenta” en España, dentro del ‘shock’ que supuso dejar su hogar. “No quería irme, pero también tenía miedo y había que sobrevivir”, señala la niña con una tremenda madurez. Con una sonrisa, dice que lo que más le ha gustado es "el yogur griego". Quiere ir al colegio, aunque tiene miedo "de no entender a los compañeros", y pretende seguir practicando yudo, como hacía en Ucrania. Hasta ahora, lo que más le ha chocado es el tiempo, ya que "de pronto hace frío y luego hace mucho calor". Zaragoza les ha dado su particular ‘bienvenida’.

Su madre cuenta que la huida de su país fue toda una odisea. Desde la ciudad de Cherkasy, donde se refugiaron, se montaron en un tren especial para refuguados que tardó 16 horas en llegar a Leópolis, junto a la frontera con Ucrania. "Los niños lloraban en sueños, muchos estaban en 'shock'. Un niño de tres años le preguntaba a su madre dónde iban a vivir si habían destrozado su casa. Psicológicamente están destrozados todos". Tardaron seis horas en pasar la frontera, y ya en Polonia encontraron un autobús que iba a España. "Yo ya tenía pensado venir aquí porque era el país más alejado de Ucrania al que se podía ir", explica esta refugiada, quien cree que fue "el destino" quien les guardó las dos últimas dos plazas libres en este autobús que iba a cruzar Europa de punta a punta.

"Yo solo quiero buen0s estudios y un buen trabajo para mi hija", dice Svitlana

Ella solo quiere "un futuro bueno" para Viktoriia. "Yo me hubiera quedado en Ucrania, para intentar ayudar de alguna manera en ese caos. Pero tengo que proteger a mi hija. Allí hay niños andando solos por la calle, sin nada, pidiendo comida, porque han matado a sus padres. Yo solo quiero buenos estudios y un buen trabajo para mi hija, porque es muy inteligente y muy trabajadora", señala emocionada. Svitlana apunta que son "patriotas", que les gustaría volver en el futuro a su país. "¿Pero cómo vamos a volver, con el genocidio que hay allí? Y cuando esto pase, ¿qué vamos a hacer allá? Esta es una pregunta para toda Europa. Si volvemos todos los que hemos salido, ¿qué vamos a hacer?”, insiste.

Iryna también ve con una tremenda preocupación el futuro de su país y critica con dureza los intereses de Rusia. “En 1932 ya nos quitaron hasta la última cabra y la última oveja. Ahora hemos conocido la libertad, en nuestro país podemos decir cualquier cosa. En Rusia eso no pasa porque es una dictadura. Cuando acabó la URSS abrimos los ojos, y ahora solo queremos ser libres”, apunta esta vecina de Zaragoza. Ella tiene en Ucrania a su hermano, a sus primos y a su madre, que no quiere salir del país, pero que vive en una zona “que de momento está bastante tranquila”.

Sin embargo, sus primos viven en Jersón, que ya ha sido tomada por los rusos. “Desde el 24 de febrero están en un sótano. Uno de mis primos es anestesista, y ya ha salvado la vida de varios soldados, incluidos varios rusos, y eso que dice que son niños de 20 años que no saben ni dónde están, y que se están produciendo robos y violaciones”, relata.

Su hermano, por su parte, tuvo que huir de Brovary, su cuidad natal, para esconderse en las montañas de los Cárpatos, con la familia de su mujer. “Se habían comprado un piso hace año y medio y lo han destruido en los bombardeos”, cuenta Iryna, quien insiste en que lo que ocurre en su país “es una masacre”. Aún así, quiere mirar a Ucrania “con esperanza”. “Creo que mi país ganará esta guerra, y este señor que está haciendo estas cosas -en referencia al presidente de Rusia, Vladimir Putin- no llegará más allá -en referencia a las armas nucleares-. No se puede cargar el planeta”, señala.

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