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Opinión

El político de las 300.000 pesetas

Contenido exclusivoOPINIÓNACTUALIZADA 24/03/2022 A LAS 16:48
Luis Roldán en el atentado de la casa-cuartel de la Guardia Civil el 11 de diciembre de 1987
Luis Roldán en el atentado de la casa-cuartel de la Guardia Civil el 11 de diciembre de 1987
Archivo Heraldo

Eran los años del plomo. En la Delegación del Gobierno en Navarra llegaban aires de cambio en medio de una situación tan insostenible como dramática. Madrid apostó en primer lugar por un profesor universitario de Zaragoza. Aquel aspirante pasó una tarde reunido con el entonces delegado, Javier Ansuátegui, en el despacho. Debió de ser suficiente. Mientras le aconsejaba sobre la situación que sufría la Comunidad Foral, presa de ETA, de su violencia y la de su entorno, Ansuátegui se agachaba al pasar por cada ventana del habitáculo al mismo tiempo que le dictaba las últimas directrices del Ministerio del Interior. 

-¿Por qué se agacha?, le preguntó asustado.

-Es habitual en mi trabajo. Para que no me den una pedrada, le contestó sereno Ansuátegui. Fue suficiente. El Ministerio aplicó el plan B y llegó a Navarra en 1982 un tal Luis Roldán, concejal del Ayuntamiento de Zaragoza. Roldán se mostró desde el comienzo como un hombre de supuestas firmes convicciones y personificó la lucha contra la barbarie etarra. En sus cuatro años al frente de la Delegación ETA mató a una decena de personas, entre ellas a un menor. Una situación crítica en medio de un país azotado por la violencia con más de doscientos asesinatos entre 1982 y 1986.

El perfil del político comprometido con la paz, el servidor público que adoptaba los supuestos valores democráticos como mandatos cuasidivinos, el hombre recto creció políticamente al mismo tiempo que inició un camino marcado por el enriquecimiento ilícito, el cohecho, la prevaricación y la desfachatez, virtudes que solo se descubrirían públicamente tiempo después. Fueron años en los que mantuvo una relación estrecha con el entonces secretario general de los socialistas navarros, Gabriel Urralburu, condenado en los noventa por cohecho y fraude fiscal a 11 años de cárcel en lo que se conoció como trama navarra del caso Roldán. Aquel modus operandi tan vomitivo como el doctorado en el cobro de comisiones ilegales por la adjudicación de obras públicas fue una acción sistemática que ocultó Roldán desde su flamante cargo como director general de la Guardia Civil. Una gran fortuna amasada, que por cierto nadie ha encontrado, el botín ansiado por un tipo sin escrúpulos que vociferaba a los cuatro vientos ante los micrófonos. "Soy feliz con las 300.000 pesetas que cobro al mes del erario público".

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