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De Kiev a Maella: "Cada vez que tenía que coger a los tres niños y bajar al sótano me daba miedo no llegar a tiempo"

Marina y Yarosláv vinieron a Aragón con su hija Cristina, de 3 años, y los mellizos Misha y Zajar, de 4 meses, hace una semana, en una furgoneta de un convoy solidario de zaragozanos.

Cristina, con su madre Marina, familia ucraniana en Maella.
Cristina, de tres años, con su madre Marina, llegadas hace una semana de Polonia e Inna Polvian, vecina de origen ucraniano que hace de traductora.
Javier Belver

Cristina mira con sus enormes ojos azules todo lo que le rodea, con curiosidad, y una sonrisa tras la que cuesta imaginar que hace solo una semana huía de las bombas que caían cada vez más cerca de su casa, en una pequeña población junto a Kiev, la capital de Ucrania asediada tras la invasión de Rusia. Sus padres, Marina, enfermera, y Yaroslav, empleado del sector logístico, se marcharon dejando atrás su casa y al resto de sus familiares para protegerla y a los pequeños Misha y Zajar, de solo cuatro meses. El padre pudo acompañarles porque pese a ser joven, no tenía obligación de quedarse en el país al tener familia numerosa.

En el albergue de la localidad zaragozana de Maella han encontrado un segundo hogar junto a otras dos compatriotas que, como ellos, llegaron hace una semana en furgonetas desde la ciudad polaca de Cracovia, en un viaje humanitario organizado por un grupo de zaragozanos. Un largo trayecto por carretera que hicieron tras pasar un tiempo acogidos por un ciudadano polaco, que fue quien contactó con los voluntarios españoles, diez conductores solidarios, encabezados por el empresario Egoitz Aguirre, que sufragó el viaje para llevar ayuda humanitaria y encabezó la caravana que trajo a una treintena de refugiados ucranianos.

El matrimonio ucraniano tomó la decisión de salir del país "cuando empezaron a bombardear" su pueblo, explica Marina a través de Inna Polvian, vecina de Maella de origen ucraniano, que lleva más de una década en el municipio y que ahora se ha convertido en la traductora de las familias. "Por la noche, cuando los niños estaban durmiendo, cayó un misil en el pueblo y empezaron a temblar los cristales de las ventanas", recuerda Marina, con el miedo todavía en sus ojos. Sobre todo, cuando rememora las veces que tenían que ponerse a salvo ante la amenaza de ataques rusos, porque dice que "cada vez que tenía que coger a los tres niños y bajar al sótano me daba miedo no llegar a tiempo". Confiesa que ese temor fue el empujón que les llevó a iniciar un interminable viaje en tren de 19 horas hasta Polonia, que recuerda como el más duro, y luego otro más largo en furgoneta hasta España.

En España no tienen familia, pero decidieron venir porque ella tiene una amiga que vive desde 2016 y le comentó que los españoles "son gente muy amable". Cuando comenzó la invasión el pasado 23 de febrero ni se imaginaba que unas semanas después estaría buscando un país donde refugiarse.

Un hijo de 18 años en Ucrania

Victoria Matsevitska, divorciada, y su hija Anna Shulga son las otras dos personas llegadas de Ucrania a Maella. Viven pegadas a las noticias de su país porque allí se tuvo que quedar su hijo de 18 años, de quien su madre lleva puesta su 'vyshyvanka', la camisa tradicional ucraniana símbolo de apoyo al país invadido y que ha lucido en estas semanas hasta la reina Letizia. El joven está con su padre y no le han dado un arma por su edad, pero no puede abandonar el país, cuentan, con la ayuda de su vecina y traductora. "Están en un refugio", explican. Residían en Kiev, cerca de la fábrica de aviones de carga Antonov, una de las zonas más bombardeadas en la ofensiva del presidente ruso Vladimir Putin. Agradecen contar con tarjetas para los móviles y poder seguir en contacto con él a través de internet. La compañía Inger ofreció al Ayuntamiento la posibilidad de firmar un contrato gratuito para los refugiados, comentan desde el consistorio.

Victoria Matsevitska y su hija Anna Shulga, refugiadas ucranianas en Maella (Zaragoza).
Victoria Matsevitska y su hija Anna Shulga preparan 'borsh', un guiso típico ucraniano, en la cocina del albergue de Maella (Zaragoza).
Javier Belver
"Hasta el último día no pensamos que iba a atacar. Incluso cuando empezó la guerra no pensábamos irnos"

No dejan de repetir su agradecimiento al grupo de voluntarios que accedió a traerlas a España desde el pabellón deportivo polaco en el que vivían. No sabían a dónde ir. "Hasta el último día no pensamos que iba a atacar. Incluso cuando empezó la guerra no pensábamos irnos", reconoce Anna. Sin embargo, después de una semana de ataques, tras el bombardeo a la torre de la televisión ucraniana en Kiev, a principios de marzo, decidieron dar el paso.

Lloran cada día al ver las noticias y duermen mal por la noche, aunque sepan que están a salvo. Sus caras solo se relajan y sus ojos brillan con energía al hablar del presidente ucraniano, Volodimir Zelenski, sin el que afirman que su país no habría resistido como lo está haciendo, y al explicar la acogida en el municipio zaragozano. Cuentan cómo los vecinos las saludan y algunos se acercan a preguntar si necesitan algo mediante traducciones hechas a través del móvil. "Son muy buena gente", añaden.

En la cocina del albergue preparan un guiso de su país, 'borsh', judías pintas con remolacha, col y patatas, entre otros ingredientes, que se come con ajo crudo. Un poco de sabor de su hogar en la distancia. No dejan de dar las gracias a su 'salvadores', desde el grupo de voluntarios que fue a Cracovia al ayuntamiento. 

Estreno del albergue 

Las dos familias han sido acogidas por el Ayuntamiento de la localidad y alojadas de forma temporal en el albergue municipal, que estrenan y son sus únicas ocupantes. Se trata de un edificio público que se reformó como alojamiento turístico, pero que aún no había podido ser estrenado por la pandemia de covid. Ellos han sido los primeros ocupantes. "Ofrecí alojamiento para 20 personas", explica Noelia Peiró, la concejal que se puso en contacto con la asociación de ucranianos en Aragón, amiga de Inna, que llegó desde Cataluña tras casarse con un maellano. 

"Lo bien que va a ir para repoblar la España vacía"

El edificio tiene capacidad para más personas, pero la concejal prefería que tuvieran más espacio. De momento, han recibido a las siete. "Lo bien que va a ir para repoblar la España vacía", confía, sobre la llegada de niños y jóvenes al pequeño municipio, de unos 2.000 habitantes, conocido porque allí nació el escultor Pablo Gargallo, cuya casa museo se encuentra en el centro del pueblo. "Para vivir con niños es un paraíso", afirma la traductora, por su tranquilidad, pero reconoce que falta trabajo para los jóvenes.  La agricultura es el principal sector en la zona, donde se cultiva cereza, albaricoque y melocotón. 

Se ha empezado a buscar colocación para los nuevos habitantes y plaza en la escuela infantil para la pequeña Cristina, aunque quieren darles su tiempo para instalarse y hacer la documentación legal, para la que necesitan ir a Zaragoza capital. Los nuevos vecinos han trasladado a la traductora estos días que no quieren que los vecinos piensen que han venido solo para vivir de ayudas. Quieren trabajar cuanto antes. "Ahora empieza la campaña de la fruta y en las cooperativas nos han dicho que trabajo habrá", asegura la concejal, que quiere que el albergue sea solo un lugar de paso y a mitad de año estas familias puedan estar trabajando y viviendo ya en pisos de alquiler. 

"Gracias a la solidaridad del pueblo no les falta de nada"

De momento, los recién llegados tienen que superar la barrera del idioma, para lo que ya han empezado a recibir clases de español. En el municipio ya se vienen ofreciendo a otros vecinos de distintas nacionalidades, que llegan desde hace años para suplir la falta de mano de obra en la recogida de la fruta. En el municipio hay personas originarias de MarruecosPakistán o Rumanía, entre otros países, muchos con familias enteras instaladas en el municipio.

Incluso hay varios residente llegados de Holanda e instalados tras comprar fincas y rehabilitarlas. Chlenus Timmer, jubilado, es uno de ellos. Llegó hace siete años buscando un lugar tranquilo "fuera de mi país", explica. Toma café con Lex Van Derwagt y Annemarie Estor, escritores, también holandeses, a los que atrajo el paisaje de la zona, salpicado de masías, que piden "preservar" por ser "realmente único en Europa". Coinciden en la hospitalidad del pueblo. Ella echa en falta una "mayor integración de las distintas nacionalidades". Cree que pese a las diferencias culturales "tenemos valores comunes" como la "fraternidad", pero que en la sociedad moderna teme que "se han perdido". El idioma puede ser una barrera, reconocen.

"Los niños en el colegio a los cuatro días lo aprenden. Muchos hablan hasta maellano", afirma Yurema Vallespín, tras la barra del Bar Punxaetes, en referencia a la facilidad de los pequeños que han llegado en los últimos años de varios países para aprender otra lengua, incluso la local, una variante similar la 'chapurreao' de la franja, por su cercanía con Cataluña. Ante la llegada de familias ucranianas, los vecinos se han volcado con donaciones en varios comercios y alguno asegura que lleva desde que estalló la guerra rezando a la Virgen del Portal, patronal de la localidad, para que termine.

"Gracias a la solidaridad del pueblo no les falta de nada", afirma Inna, la traductora voluntaria. La prueba es que en pocos días han conseguido ropa y para los pequeños un carro gemelar y dos bañeras, que fueron algunas de sus primeras necesidades. Marina da las gracias y reconoce que tiene el "corazón dividido" porque le gusta mucho el pueblo, pero su madre, hermanos y demás familia siguen en Ucrania. Victoria y Anna piden "que se termine la guerra y dejen de sufrir los niños".

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