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Clases 'online' desde Ucrania: "Mi hijo se conecta con sus maestros, pero al oír las sirenas cortan para ponerse a salvo"

Tatiana Ivanova ha llegado a Zaragoza con sus dos hijos, de 9 y 4 años, y su suegra. Están alojados por Cruz Roja en un establecimiento hotelero.

Tatiana y sus hijos Artem y Mark, el pasado viernes, hablan con la maestra ucraniana que ha dado clase a Artem durante la mañana.
Tatiana y sus hijos Artem y Mark, el pasado viernes, hablan con la maestra ucraniana que ha dado clase a Artem durante la mañana.
Toni Galán

Tatiana Ivanova huyó de Izmaíl, una ciudad situada junto al Danubio, junto a sus hijos, Artem de 9 años y Mark de 4, y su suegra el pasado 8 de marzo. Llegó a la frontera con Rumanía en autobús y desde allí emprendieron un peregrinaje en tren de seis días que les llevó a Bucarest, Budapest y París, para llegar a Barcelona con destino final en Zaragoza. Esta profesora de 37 años, que cantaba y se disfrazaba para contar cuentos y animar fiestas infantiles, cuenta su historia en un hotel en el que está alojada por Cruz Roja.

Su esposo es pescador. Cuando "esta locura" comenzó se encontraba faenando "cerca de Estados Unidos". Aunque su contrato estaba a punto de concluir, la empresa ha optado por ampliárselo. "En cuanto se termine quiere venir a reunirse con nosotros", cruza los dedos Tatiana. De traductor hace un compatriota, Lucas Lyubomyr, que lleva 22 años en España y colabora con Cruz Roja.

Estos días Artem se conecta por las mañanas, entre las 9.00 y las 13.00, con sus maestros ucranianos que están en sus hogares para seguir un poco el ritmo de las clases. Tuvieron tiempo para meter en las mochilas los libros escolares. "Las clases se interrumpen cuando se oyen las sirenas porque ellos tienen que dejarlo todo para ponerse a salvo. Nos ha ocurrido los dos últimos días", describe Tatiana. Espera que ambos puedan ir a un colegio español. Con la pandemia y el estallido de la guerra el pequeño apenas ha podido ir a una guardería.

Tatiana teme por lo que les pueda ocurrir a su madre y a su abuela que continúan en su país. En Izmaíl no vivió bombardeos, pero sí los escuchó sobre una base militar cercana. Ya es capaz de contar su historia, una vez superado "el miedo" de escapar sin saber lo que les esperaba. "Me habían contado que todo estaba bloqueado y era imposible salir". Las conversaciones de paz no le inspiran ninguna confianza y está convencida de que la guerra "va a ser larga". "Mejor que Putin no nos hubiera invadido nunca", afirma. Cuando "todo termine" quiere volver a Ucrania, que espera no quede "totalmente devastada".

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