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"Los saharauis son muy hospitalarios, solo quieren que estés cómodo, se desviven por ti"

Rita Cacho viaja estos días por segunda vez a los campamentos para llevar de vuelta a Amal, una niña que vino hace año y medio para tratarse de un problema de salud y ha vivido con su familia todo este tiempo.

“Pasé llorando toda nuestra estancia en el campamento”. Rita Cacho recuerda con una media sonrisa su primera vez en el Sahara, donde vive la familia biológica de Mohamed Mustafá Said, su hijo de acogida desde hace trece años. En su cabeza, todo era espantoso, triste. “Me imaginaba allí a Francisco, mi hijo de entonces 14 años, y me moría de pena. Pero el caso es que los niños eran muy felices, se pasaban el día jugando. Y todos se mostraron tan amables, tan hospitalarios...”.

Rita, la presidenta de la Asociación Estudios en Paz en Aragón, no olvida el día en que Paco Vallejo, su marido, le enseñó una noticia publicada en HERALDO en la que Vacaciones en Paz hacía un llamamiento a las familias para que se unieran al proyecto y acogieran a menores saharauis para pasar el verano en España. Y se lanzaron. Así llegó Mohamed a sus vidas, un niño de entonces 6 años, menudito y callado, que enseguida se hizo con el botín del corazón de toda la familia. De Paco y Rita, sí, pero también de sus hijos Yanira y Francisco, y del de Paola, hija de Paco de una relación anterior. Tan fuertes fueron los vínculos entre ellos desde el principio que Mohamed tiene hace ya mucho tiempo en su móvil el número de Francisco bajo el epígrafe ‘hermano’.

Mohamed y Amal, pisando ruinas romanas
Mohamed, Amal, Rita, Paco y familia.
Estudios en Paz

Rememora Rita el primer verano, en el que fueron con el pequeño a Tarazona, a la playa, a la piscina, siempre con unas fotos de alimentos y artículos básicos para que entre ellos se entendieran. “Al principio, Mohamed no hablaba nada, solo señalaba las cosas. Luego ya se lanzó”. Y claro, llegó el final de agosto y con él, el momento de la despedida. “Aquello fue horroroso”, asegura Rita. Mohamed volvió al siguiente verano, y al siguiente, y al siguiente… hasta que alcanzó la fatídica edad de 12 años, el máximo permitido para que estos menores participen en el programa de vacaciones. Y hablando con otros padres de la asociación, Rita y Paco se enteraron de la existencia del Proyecto Madrasa y de que cabía la posibilidad de que Mohamed estudiara en Aragón. Porque Mohamed tenía claro que quería seguir estudiando. Así que Rita viajó a los campamentos acompañada de su hija Yanira. “Hablamos con la familia, dijeron que sí y de inmediato comenzamos con los trámites”.

Amal, en un viaje a Madrid.
Amal, en un viaje a Madrid.
Cortesía: Rita Cacho

Pero Mohamed no es el único saharaui en el corazón de la familia Vallejo-Cacho. Amal Embarek Hachmi también tiene un hueco bien grande en ella. Es una niña de 11 años que llevaba desde agosto de 2019 viviendo con ellos, desde que la trajeron debido a sus problemas de salud para ser tratada en Aragón. Tenía el paladar hundido y una vez aquí descubrieron que no veía por el ojo izquierdo. La idea era que se quedara no más de cinco meses, hasta que se restableciera, pero la pandemia se cruzó en los planes iniciales y ya no pudo marcharse. Y la gran pena de la familia es que la pequeña ha tenido que volver ya al Sahara. “Yo no sé qué va a ser cuando se vaya, un horror”, se lamentaba Rita días antes del viaje, aunque con la esperanza de que la niña venga también a estudiar cuando llegue el momento, “ojalá ya el curso que viene”.

Dice Mohamed que Amal es un ejemplo claro de cómo los pequeños pierden el idioma si dejan de practicarlo. “Ya no sabía casi nada, y eso que le he dado clases de árabe para practicar”. No recordaba gran cosa de la vida en los campamentos, Rita dice que le preguntaba siempre si todo allí era como en Zaragoza.

Porque la vida entre jaimas y casas de barro no es fácil, aunque sus habitantes se deshacen en atenciones para con los visitantes, solo quieren que estén cómodos, se desviven. Consiguen colchones de primos, amigos, vecinos o conocidos para que duerman cómodos y no en el suelo, como ellos; les colocan mesas y sillas para la hora de la comida, les instan a que se duchen para sobrellevar el calor… Y eso que cada familia tiene un cupo de 1.500 litros cada quince días: “Sabes que les estás quitando un bien muy valioso, así que te aseas sin ducharte y ya está. Nosotras nos duchamos una vez en toda una semana, pero como hace tanto calor el sudor se evapora. Te acostumbras”, explica Rita. Son muy generosos, hacia los visitantes y entre ellos mismos. Cuando viajan a los campamentos, llevan mucha ropa y enseres para los padres biológicos, y ellos los reparten entre sus vecinos, sus familiares, todo sirve para todos.

Rita y Yanira viajaron este pasado viernes al Sahara para llevar a Amal a su casa, y se quedarán una semana en los campamentos. Mohamed ha pasado allí unos días de vacaciones, y les envió fotos de unas cuantas farolas nuevas que iluminan una parte de su barrio. Hace mucho calor de día, mucho frío de noche, les indicó que llevaran ropa cómoda y también de abrigo. Rita llevó unos sacos de dormir y pretendían acomodarse en el suelo, como los demás. Antes de partir, Amal se abrazaba a Rita, dormía con ella, lloraban de pena todo el tiempo. Paco también estaba triste. Le dijo a Rita que, por favor no se traiga a otro niño, que no podría soportar separarse de él. Ahora solo esperan el momento en que la niña regrese a Zaragoza para estudiar, “ojalá ya el curso que viene”, se repite su madre de acogida...

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