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cultura

Nuevo brillo para los tesoros patrimoniales del cementerio de Torrero

El Ayuntamiento de Zaragoza interviene en algunas de las capillas proyectadas por Ricardo Magdalena a finales del siglo XIX. 

Antonio Navarro, hijo y padre, con una de las vidrieras de Torrero que están restaurando.
Antonio Navarro, hijo y padre, con una de las vidrieras de Torrero que están restaurando.
Toni Galán

El cementerio de Torrero se engalana de cara al venidero puente de Todos los Santos. Tras las puertas de forja del camposanto -que, por cierto, el arquitecto Ricardo Magdalena proyectó en piedra en 1896 pero se desechó la idea por su elevado coste- se esconden auténticos tesoros patrimoniales que suelen pasar desapercibidos a los visitantes. Panteones, estatuas, capillas, verjas y vidrieras también acusan el paso del tiempo y su deterioro, sobre todo por estar a la intemperie, es inexorable. El Ayuntamiento de Zaragoza ha comenzado a restaurar las vidrieras y la cerrajería de algunas de las capillas más antiguas, las levantadas a finales del siglo XIX, y ha empezado por las adosadas a las tapias del cementerio, precisamente por aquellas que han pasado a ser de propiedad municipal por la caducidad y extinción de unas antiguas concesiones.

Lo que más preocupa en la Unidad Técnica de Difusión Sociocultural de Cementerios de Zaragoza, que depende de la consejería de Urbanismo y Equipamientos, son los valiosos ventanales y la forja de panteones y capillas. Las brigadas también prevén acometer mejoras en algunas puertas de acceso de chapa, pero el grueso de los trabajos han comenzado por lo más delicado: las vidrieras de las criptas familiares.

Algunos de los desperfectos más evidentes en las capillas de Torrero.
Algunos de los desperfectos más evidentes en las capillas de Torrero.
Heraldo

Están en muy mal estado, deformadas y con las soldaduras rotas. Ha habido que desmontarlas pieza a pieza y en el taller estamos sustituyendo algunos vidrios y, sobre todo, el emplomado que está hecho trizas”, explica Antonio Navarro (hijo), que pertenece a la tercera generación de trabajadores del único taller de vidriería artística que aún persiste a orillas del Ebro. Sobre las mesas de su local de la zaragozana calle de Toledo, en Las Delicias, se ven decenas de cristales de inspiración modernista que forman un complejo puzzle. “Intentamos salvar el máximo número de elementos originales posible, pero hay que sustituir muchas piezas porque la restauración es integral. Tenemos planos y croquis para volver a montar todo con la filigrana original, lo que requiere un trabajo muy minucioso”.

En Cristacolor, que así se llama la empresa, tienen experiencia en estas labores, pues llevan desde los años 30 del siglo pasado dedicados a la restauración. Leopoldo y Manuel Navarro fundaron una empresa de restauración de arte religioso, que después se centró en la vidriera artística y, de hecho, absorbió a otras firmas recordadas como Talleres Quintana, Vidrieras Aragonesas o La Veneciana.

Algunas de las vidrieras que en los últimos años ha restaurado Cristacolor.
Algunas de las vidrieras que en los últimos años ha restaurado Cristacolor.
Heraldo

“Hemos hecho trabajos para un montón de palacios, monasterios, catedrales, sedes de instituciones…”, recuerda Antonio Navarro (padre), que explica que -incluso- han renovado las vidrieras del Colegio Español de Roma o de la catedral de Agoo en Filipinas. En Zaragoza han intervenido en el palacio de Sástago, en la Casa Consistorial y, también, en la emblemática vidriera modernista de la jota y las tres provincias del recibidor del edificio central de HERALDO DE ARAGÓN, en el paseo de la Independencia. “También nos hizo especial ilusión el encargo de restaurar la carroza de la basílica del Pilar que sale en el Rosario de Cristal", rememoran.

Respecto a las vidrieras de las capillas de Torrero, los dos restauradores explican que llevar más de cien años a la intemperie ha destrozado los emplomados y las masillas que en ocasiones se usaban para asegurar los cristales. “Son de una gran belleza y están quedando muy limpias. Para que los visitantes puedan apreciarlas, habría que iluminarlas desde dentro, lo que imagino que el Ayuntamiento tendrá previsto”, comentan. Las capillas con un estado de conservación más precario y que conservan los ventanales originales son las numeradas como 16, correspondiente a Ramona Boada, viuda de Castellví, y la 20, que era de la familia de Juan Casanave Serrano. Las vidrieras de esta última son las que ahora se están reconstruyendo “de forma artesanal”. “Este trabajo no ha cambiado mucho con el paso de los años. Lo único, las herramientas, que sí son más cómodas”, explican.

Es probable que en poco tiempo se afronte también el arreglo de algunos cristales interiores del altar de la número 10 (la de Dionisio Lasuén) y que las brigadas de Arquitectura acometan la limpieza (chorreo con polvo de sílice) de muchos de los cerramientos de estas capillas que tienen una suerte de andén cercado. En varios casos, las edificaciones funerarias cuentan con chapas que cierran las criptas y estas se han oxidado e, incluso, han perdido parte de su espesor pues están pensadas para poder pisar encima. Se buscará en lo venidero una fórmula para evitar la entrada de escorrentías en las zonas de sepultura, pero -a la vez- permitir un sistema de ventilación que reste las eflorescencias en el interior debidas a la humedad.

Aunque no vayan a estar listas para Todos los Santos -aún les queda, al menos, un mes de trabajo- los dos Antonio Navarro, padre e hijo, serán los encargados de volver a montar la vidriera en Torrero cuando tengan todas las piezas listas. Hasta entonces, y sobre todo estos días de intensa actividad y numerosas visitas, se puede seguir disfrutando de las rutas por lo más granado del arte funerario dentro de un recinto catalogado de interés arquitectónico.

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