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Dos años sin agua potable en Gallocanta: "¡Pero si casi estamos como en África!"

El municipio comienza a recibir a las grullas y a los turistas, mientras los vecinos se acostumbran a la rutina de cargar con garrafas de agua.

Las primeras grullas ya han llegado a Gallocanta. Y, con ellas, los primeros turistas. Este mismo martes, un grupo de ingleses estrenaron la temporada en el Albergue Allucant, el mismo que frecuentan desde hace varios lustros. A su llegada, se han encontrado con la fuente exterior clausurada, con botellas de vidrio en sus habitaciones para beber agua y con un bando de la alcaldesa en el que se recomienda no consumir la que sale del grifo. Es la situación que se vive en el pueblo desde hace dos años, cuando se recomendó tirar del agua embotellada tanto para beber como para cocinar.

Una situación que se ha enquistado y que, según defienden desde el Consistorio, se va a resolver próximamente. Apuntan que se ha comprado una máquina que va a permitir bajar el nivel de nitratos y que la calidad del agua vuelva a los niveles permitidos. El aparato está pendiente de montaje, pero de momento no se pone fecha a su puesta en funcionamiento. La DGA, por su parte, apunta que “la gestión de las aguas es municipal” y ofrece “ayuda técnica” al Ayuntamiento.

Para los vecinos, esta espera es todo un engorro. Cuando alguien baja a Calamocha o a Daroca, ya es costumbre que el maletero de su coche vuelva lleno de garrafas de agua. “Entre la que bebes y la que usas para cocinar, al final son 5 o 10 litros de agua al día. En verano, según la familia que venga, son 15 o 20 garrafas a la semana. Llevamos mucho tiempo así, esto se tiene que solucionar ya”, reclamaba María Ángeles de la Iglesia, que comentaba la situación con Mercedes Hernández y María Pilar Vicente.

Los vecinos de Gallocanta llevan dos años sin agua potable en los grifos.
María Ángeles de la Iglesia, Mercedes Hernández y María Pilar Vicente, en Gallocanta.
Francisco Jiménez

Estas tres vecinas de Gallocanta bajaban este martes a las 11.00 a la tienda multiservicio del pueblo, que abre media hora al día. Allí apenas quedaba una garrafa de cinco litros y media docena de botellas de agua. “Ahora hay poca gente en el pueblo, pero en verano, cuando vienen de la capital, igual vendemos 40 o 50 garrafas a la semana”, contaba José Luis Prieto, su encargado.

A las puertas de un espacio natural protegido como las lagunas, con un importante tirón turístico, nadie se explica que no haya agua potable en el pueblo. Javier Mañas, el responsable del Albergue Allucant dice que tener que depender del agua embotellada es “un rollo tremendo”. Cuando viene un cliente, rellenan botellas de agua y las dejan en las habitaciones, tras advertir a los visitantes de la situación. “La gente se sorprende mucho. ‘¿Y eso?’, preguntan cuando se lo dices. Yo les contesto que es el coste del desarrollo, de la agricultura y la ganadería y de los productos que se usan”, señala Mañas.

El responsable del albergue cree que es “una barbaridad” la cantidad de botellas de plástico extra que se están generando como residuos en el pueblo. Solo en su establecimiento, unas 40 garrafas de 5 litros a la semana en época alta, la mitad si no hay mucha gente alojada. “Cuando ves los reportajes de pueblos de África donde no tienen agua… ¡Pero si casi estamos como allí!”, lamenta.

Los vecinos de Gallocanta llevan dos años sin agua potable en los grifos.
Miguel Ángel Lidón carga con dos garrafas en una de sus casas rurales.
Francisco Jiménez

Miguel Ángel Lidón tiene dos casas rurales en el pueblo, La Laguna y La Buhardilla. También ha puesto carteles que avisan a los visitantes de la situación. “Antes lo decía por teléfono, pero había gente que entonces se alarmaba y se echaba para atrás. Ahora avisamos cuando vienen”, cuenta. Solo para él y para su mujer, ya gastan tres o cuatro garrafas a la semana. “Hay que buscar una solución, porque así no se puede seguir. No se puede entender que, si está la maquinaria necesaria, aún no se haya puesto en marcha”, señala.

En Gallocanta están empadronadas unas 150 personas, aunque realmente viven medio centenar. En verano el censo aumenta por las familias que viven fuera y por las segundas residencias. Ahora, con la temporada de grullas, los fines de semana aterrizan los turistas. Marisa Pardos es una de las que pasa por allí solo de vez en cuando, y cuenta que ella siempre bebe agua embotellada. “La traemos directamente de Zaragoza y la usamos para beber y para cocinar. Nos hemos acostumbrado”.

Otros en el pueblo siguen bebiendo el agua del grifo, a pesar de las recomendaciones. “Mi mujer bebe de botella, pero yo todos los días bebo del grifo y no ha habido problema, ni tiene sabor ni nada”, comenta Bautista Prieto en el almuerzo del bar La Plaza.

La alcaldesa no ha querido hacer declaraciones. Sin embargo, desde el Consistorio insisten en que el proceso está a punto de solucionarse, después de invertir unos 40.000 euros en comprar una máquina para filtrar el agua en la toma del pueblo, junto a las piscinas. “Estamos esperando que la monten, nosotros somos los primeros interesados en que lo hagan lo antes posible”, señalan desde el equipo de gobierno municipal. Las citadas fuentes aclaran que los niveles del agua están “en el límite de lo permitido”, y que por eso publicaron el bando en noviembre de 2019. En cuanto al origen del problema, apuntan a “las sustancias que se echan en las granjas y en los campos de otros lugares, que se acaban filtrando en la tierra y llegan aquí”.

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