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Costa y el obispo Gandásegui

Don Joaquín tenía malas pulgas, además de un temperamento férvido y de un carácter a prueba de infortunios, que los pasó, y mayúsculos.

Retrato de Joaquín Costa
Retrato de Joaquín Costa
Archivo Heraldo

Don Joaquín tenía malas pulgas, además de un temperamento férvido y de un carácter a prueba de infortunios, que los pasó, y mayúsculos: económicos, amorosos, familiares, laborales, políticos, académicos, médicos... Parece que la vida no quiso ahorrarle padecimientos. Pero pudo con (casi) todo. Costa era orgulloso, más que soberbio, y no consentía sospechas sobre su honor, esto es, sobre su probidad personal. Tenía a flor de piel el pundonor.

Su amigo Pedro Martínez Baselga contó, en un librito publicado en 1918 (Costa murió en 1911), cómo llegó en una ocasión a enfadarse tanto que, de madrugada, se echó a la calle navaja en mano, dispuesto a ajustarle las cuentas a quien había mentido sobre su conducta profesional.

Un periodista contrario a sus posturas políticas afirmó en el ‘Diario de Zaragoza’ que el montisonense había cobrado sus buenos dineros por actuar en un por entonces famoso y largo pleito a propósito de cierta extensa propiedad agrícola sita en La Solana, lugar de Ciudad Real. Costa había defendido el derecho de tres curas a heredarla, en contra de quien se había hecho con ellas, que era un acomodado propietario. Había dos testamentos del difunto a quien se pretendía heredar, un potentado de apellido Bustillo. Alguien tan notorio como Silvela había advertido a los clérigos que el caso era indefendible, pero Costa no se amilanó y ganó el litigio para sus clientes, en primera instancia y, luego, en apelación al Tribunal Supremo, que tardó dos años en fallar el asunto (1898). El rival pidió luego una fortuna por haber administrado aquellas posesiones desde 1892. Costa aconsejó a sus clientes que no accedieran y volvió a ganar el caso en los juzgados. De este pleito múltiple surgió su obra técnica sobre ‘Los fideicomisos de confianza’.

Don Joaquín se metió en este berenjenal porque así se lo pidió su tío (no recuerdo si segundo o tercero) José Salamero, cura influyente en Madrid, que ayudó bastante a su joven pariente y con quien mantuvo (como no era raro) una relación tormentosa y desigual.

Volvamos al hilo. Es 20 de febrero de 1906. Costa da un mitin en Zaragoza y el ‘Diario’ sale con aquella falacia, que tomó, con razón, como infamante. Coincidió que estaba en la capital aragonesa el obispo de Ciudad Real, Remigio Gandásegui y Gorrochategui. Había pasado más de un lustro desde el último capítulo del litigio, pero este había hecho ruido en todo el país y no estaba olvidado. Costa, enfurecido al enterarse por la noche de lo que se había dicho sobre él –que cobraba a quienes les había hecho el trabajo sin condiciones y gastando de su peculio– moviliza a sus fieles Baselga y Feliciano Carrera y a las dos de la mañana, con niebla cerrada, "como dos canelos", van a exigir al obispo explicaciones en su alojamiento zaragozano. Ni timbre ni aldaba sirvieron para que les abriesen la puerta. Costa, al saberlo, fuera de sí, asegura que está dispuesto a echarla abajo con un garrote.

Para evitarlo, retornan los dos al domicilio obispal y comienzan a asestar sonoras puñadas en la puerta. Insólitamente, Su Ilustrísima se aviene a visitar a Costa. Este quiere una nota que reponga la verdad y que a la mañana siguiente esté en toda la prensa de la ciudad, para desmentir eficazmente al ‘Diario’. Por eso su temperamento le urge a actuar: no quiere que transcurra ni un día más sin negar la imputación.

El obispo le da la razón y pone manos a la obra. Llevó él mismo el original al católico ‘El Noticiero’, mientras de las copias se hacían cargo los leales acólitos del jurista. Dijo Gandásegui: "Considero un deber protestar contra esas arbitrarias aseveraciones. La honra del señor D. Joaquín Costa en este asunto es mi propia honra y al vindicar la una queda vindicada la otra". Contaba el obispo que la propia gente del pueblo no quería que "de cuantos han intervenido en el asunto, Estado (papel sellado, impuesto de derechos reales, etc.), notarios, escribanos, procuradores, peritos, tasadores, registradores, etc., sólo el Sr. Costa que ha trabajado como letrado más que todos juntos, y con su estudio ha salvado el fideicomiso, quede impagado de su ímproba labor de muchos años; y el Sr. Costa, renunciando a pedir cosa alguna y dando de mano al contrato celebrado con dichos señores fiduciarios, se confía a lo que el pueblo interesado y yo queramos asignarle por aquel concepto". Y no lo hacía por evadir impuestos, añadía y razonaba el mitrado. Con decisión, explicaba que, se creyese o no, "sólo en gastos de viaje, fonda, correos, papel sellado, impresos, etc., el Sr. Costa ha puesto en el asunto algunos miles de duros de su bolsillo, sin llegar todavía a los honorarios y se ha conducido con una delicadeza, una caballerosidad, un desprendimiento y un olvido de sí propio, al par que con una prudencia y una discreción para los demás, que se habría hallado difícilmente en otros letrados".

Costa alquiló un coche con el fin de visitar al director de ‘El Diario’. Por fortuna, se vio antes con su médico, Royo Villanova, quien, tras hablar con él, se dirigió a sus acompañantes, en un discreto aparte. Baselga lo escribe así: "Me entregó una navaja, diciéndome muy alarmado que no permitiera la salida de D. Joaquín, a quien le había escamoteado aquel instrumento. En aquel instante dijo Costa con esa energía que no admitía réplicas: ‘¿Dónde está la navaja?’". Y hubo que dársela. Vivía aquella persona en un tercer piso y entre Baselga y otro amigo, subieron al León de Graus en una silla. El segundo amigo era un veinteañero que luego ganaría justa fama en el gremio de la prensa: Antonio Mompeón Motos.

Quede el resto para otra ocasión.

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