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Costa, Aragón y la Universidad

Desde hace aproximadamente medio siglo, están en auge los estudios científicos sobre Costa, que fue a su vez gran estudioso de un sinfín de temas.

El fotógrafo zaragozano Luis Gandú Mercadal retrataba el traslado de los restos mortales de Joaquín Costa al cementerio de Torrero
El fotógrafo zaragozano Luis Gandú Mercadal retrataba el traslado de los restos mortales de Joaquín Costa al cementerio de Torrero
Fondos fotográficos DPZ a través de Anteayer Fotográfico Zaragozano. Retoque fotográfico realizado por Fran Ríos

En esta fecha del 175 aniversario de su nacimiento, es buen momento para reflexionar sobre lo que Costa ha representado y podría aún representar para los aragoneses. Ya ostentan su nombre institutos y escuelas, calles y plazas, y le rinden homenaje monumentos y cuadros. Todo ello, casi siempre, auspiciado por la sociedad civil, o a lo sumo diputaciones y alcaldías. Es el recuerdo que mantienen en su ciudad natal, Monzón, y en la villa que acompañó su infancia y su retiro, Graus.

Es, también, la gran labor del Instituto de Estudios Altoaragoneses (IEA), a partir de una pequeña Fundación creada por sus nietos –en especial Antonio, Alfonso, Milagros, todos ya fallecidos–, luego integrada en el IEA, que acaba de publicar el número 32 de sus ‘Anales’. Además de reconocer el apoyo de sus directivos políticos, es bueno recordar a Pilar Alcalde, ha poco jubilada como secretaria eficientísima de ese Instituto. Porque este tipo de asuntos sólo funcionan bien con personas concretas, y venturosamente suele haberlas. Su nuevo director, el catedrático Alberto Sabio, y el que fuera vicerrector de ese campus, José Domingo Dueñas, amén del pulcro estudioso Juan Carlos Ara, andan ultimando cambios importantes en lo relativo al costismo, en línea con lo ya realizado sobre Sender.

No debemos olvidar que Costa fue el líder claro del movimiento regeneracionista español, y que el regeneracionismo tuvo un importante impulso en Aragón, enmarcado el movimiento en su lucha contra la bien conocida corruptela que sustenta el sistema (el turno de partidos y el viejo caciquismo) y destacan los movimientos culturales, sociales, y económicos, que suponen en una época de crisis la respuesta a esta con propuestas de progreso, renacimiento, regeneración.

Hubo en nuestro regeneracionismo un claro componente de resurgir aragonesista, crítico, nada autocomplaciente y con proyección de futuro; un deseo de recuperar una tradición más o menos mítica, como base para la reafirmación de los aragoneses en el presente y su proyección hacia el futuro. Debemos recordarlo así, en el entramado de asambleas, mítines, congresos, en que la magnífica oratoria de Costa se abrió paso. Y subrayar, como hizo María Rivas, que "sin estar necesariamente de acuerdo con las propuestas políticas de Costa para salir de la crisis que en su época padecía España, hay que reconocer, sin embargo, que Costa se anticipó a algunos de los problemas que actualmente centran el debate político, económico, social y cultural de nuestras sociedades: la relación entre el Estado y la sociedad, el tema de la soberanía popular en una sociedad de masas, los límites de la participación política en una democracia formal, el respeto al desarrollo de los pueblos conforme a sus tradiciones y modos de vida en equilibrio con la naturaleza...".

Rigor y mito

Los ecos de Joaquín Costa tras su muerte tuvieron muy diversos sentidos. Desde los amigos y discípulos de Graus a la plana mayor del regeneracionismo en sentido amplio: Giner, Cajal, Unamuno, Galdós, Azorín, Ortega… y, en el mundo político, desde Azaña a Lerroux y Menéndez y Pelayo. Se siguen publicando sus obras, sometidas inicialmente al desastre acrítico y atropellado del hermano, Tomás Costa. Y comienza el mito, en ediciones devotas, de sus mejores amigos y estudiosos. Pero predomina el afecto sobre el rigor, y se sellan algunas medias verdades, errores, tendencias. Sobre todo cuando la dictadura de Primo de Rivera manipula y se atribuye sus ideas y cuando, en el franquismo, se evita citarle o se le rebajan honras. Al fin y al cabo, aunque fue un respetadísimo jurista, profesor, notario, Costa no simpatizaba con el clero y la Iglesia católica, se manifestó republicano y adicto a Pablo Iglesias, y había tenido gestos populistas y antimonárquicos.

Por eso nos felicitamos del giro y auge de los estudios científicos sobre Costa desde hace aproximadamente medio siglo, a partir de George Cheyne, Alfonso Ortí, Alberto Gil Novales, Cristóbal Gómez Benito, y dos docenas más, nacionales (los Auset de Graus, Tuñón de Lara, Josep Fontana, Juan Carlos Ara, Jesús Delgado, Agustín Sánchez Vidal, Carmelo Lisón, José-Carlos Mainer, Sebastián y Lorenzo Martín-Retortillo, Carlos Forcadell, Alejandro Díez Torre, Óscar Mateos, Ignacio Peiró, Eugenio Nadal, Rafael Bardají) y extranjeros (Andrés Saborit, Gabriel Jackson, Jacques Maurice, Carlos Serrano o Simon Sarlin, que ha traducido al francés ‘Oligarquía y caciquismo’). Con rigor investigador y actitud difusora. Ayudaron a una visión diferente obras teatrales y novelas, de Alfonso Zapater y Pilar Delgado a Alfredo Castellón; recuperaciones de los escritos literarios por Sánchez Vidal, del ‘Himno a Costa’ hoy interpretado por la banda municipal de Monzón y algunos vídeos como el de Gaizka Urresti.

Se obtuvieron y catalogaron cientos de documentos suyos en el Archivo Histórico Provincial de Huesca, empeño decisivo de su directora María Rivas. La Fundación Giménez Abad escaneó un centenar de libros de y sobre Costa, hoy disponibles gratuitamente desde el ordenador o el móvil, también desde la red de Bibliotecas Estatales, la Biblioteca Virtual de Aragón, etc. Y hace diez años, el centenario de la muerte de Costa impulsó actos, ediciones, vídeos, y una gran exposición en el Paraninfo de nuestra Universidad. Un modelo, por desgracia no muy frecuente, de cómo realizar homenajes a obras y personas.

Acabo de escribir para la Junta de Andalucía, que me lo pidió, un estudio introductorio a los escritos de Blas Infante sobre Joaquín Costa. Es estimulante la importancia que dan a esa influencia, porque Infante es un personaje mítico, asesinado como Lorca en los primeros días del golpe de Estado de 1936, reconocido como padre de la patria andaluza en su Estatuto de Autonomía, y celebrado por todos, con mayor o menor entusiasmo. Es ejemplar la organización de museos que le recuerdan (aquí no hubo manera de conseguir el de Costa en Graus), congresos, efemérides, actos, en su memoria. Y, además de leer al jurista, historiador, sociólogo, político, con provecho, se evocan allí su paso por Granada, su estancia como notario en Jaén, sus investigaciones arqueológicas en esa provincia.

Apasionado por todos los temas. He escrito y dicho muchas veces que la tan importante obra de Costa es tan diversa que si toda su energía, sabiduría, entusiasmo, los hubiera dedicado a una sola de esas disciplinas, esa labor hubiera supuesto sin duda una cumbre mundial, merecedor de premios y honores, pionero y patriarca.

Azorín lo describió con gran cariño: "Ha muerto abrumado por el trabajo intelectual". Ejerció de abogado, más tarde de notario, aunque su sentido de la austeridad y la justicia le impedía, no ya hacerse rico, sino ni siquiera a menudo ganar lo suficiente para vivir. Llevó siempre una vida desorganizada, en la que los convencionalismos sociales nada le decían. Trabajó incansablemente y se apasionó prácticamente por todos los temas, aunque los jurídicos eran los centrales.

En efecto, entre los muchos temas científicos que Costa investigó, destaca el Derecho, como ha estudiado Jesús Delgado al jubilarse; la Filología y la Historia; la Economía; la Sociología, la Antropología y la Etnografía; la Agricultura y Ganadería; ciertos aspectos técnicos, científicos y médicos… Y, desde luego, muchas reflexiones y propuestas sobre la educación. Es decir, que por una y otra causa podrían dedicarle estudios, tesis, encuentros, todas nuestras facultades y escuelas.

Como di a conocer en 1978, en ‘Costa y Aragón’ (Rolde), dedicó muchos de sus mejores esfuerzos a su patria chica, sin por ello caer jamás en separatismos ni exclusivismos. Por ejemplo, su impulso al estudio de la lengua aragonesa en sus artículos en la ‘Revista de Aragón’ de comienzos del siglo pasado.

Y me pregunto si, además de las querencias allá donde resuenan su vozarrón y sus ajadas botas; de los despachos universitarios hoy bien provistos de medios, y los de los políticos y líderes culturales, quedan asuntos por atender desde el Gobierno de Aragón, su Departamento de Educación, Cultura y Deporte, hoy más sensible y preparado; o desde nuestra Universidad.

Pensé y propuse, sin osar hacerlo oficialmente, que nuestra Universidad, junto al nombre que asume una historia prestigiosa, podría añadirle ‘Joaquín Costa’. No necesitan sobrenombre pero las identifica y valora, las Jaime I o Carlos III, aunque sí las de Sevilla/Pablo de Olavide, Tarragona/Rovira i Virgili, Barcelona/Pompeu Fabra, y unas cuantas más. Aquí, sería utilizar ese nombre mucho mejor que cualquier otro homenaje, y honra para sus profesores, alumnos y todo el personal, ya va dicho en cuántas disciplinas podrían tenerle de cabecera. También en los otros campus y en el Ayuntamiento de Zaragoza, copatrono del ‘alma mater’: que, por cierto, acaba de decidir unánime añadir a la Gran Vía el nombre de Santiago Ramón y Cajal, tan devoto de Costa, y anda buscando formas de enfatizar y engrandecer la obra de Goya. Súmense, querido rector, respetado alcalde, a este empeño. Quien a los suyos enriquece, honra merece.

* Eloy Fernández Clemente/Universidad de Zaragoza

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