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El reto de sacar de Andorra 259.780 toneladas de central

Las obras de desmantelamiento entrañan una enorme complejidad por el mastodóntico volumen de escombros que se generan y por la peligrosidad de algunos residuos.

El silencio es la nueva banda sonora de la central térmica de Andorra. Su presencia resulta ensordecedora en la sala de turbinas, donde la actividad era intensa hace poco más de un año. "Aquí había mucho ruido, gente que iba y venía y mucho calor...", recuerda José Luis Neva, entonces jefe de operación de la térmica y ahora uno de los responsables de su desmontaje. Estos días el calor viene de fuera, por las altas temperaturas del verano, pero del ruido aquí dentro ya no queda nada.

La sala de turbinas está presidida por una máquina Mitsubishi que hizo las delicias de la televisión japonesa que recientemente visitó las obras de desmontaje de la térmica. Su alternador, por cierto, podría mantenerse en parte para el proyecto de energía renovable que se plantea para sustituir la potencia que evacuaba la central.

Los trabajadores que entonces sacaban energía del carbón ahora se afanan en el desmontaje de la central. La térmica de Andorra es una mole descomunal que requerirá una inversión de 60 millones de euros para desaparecer del paisaje de la zona. Los trabajos son todo lo contrario a lo que supondría el hecho de darle a un botón y que todo se destruya automáticamente.

Es un trabajo "de chinos", como dicen sus responsables, ya que se trata con residuos peligrosos, con superficies que hay que descontaminar y con megaestructuras que hay que desmontar casi pieza a pieza para garantizar su reutilización. En total se van a retirar 259.780 toneladas, de las que se quiere reutilizar el 90%. "La economía circular está presente en todo el proyecto", señala Ignacio Montanera, director general de Endesa en Aragón.

En las torres de refrigeración, tres enormes moles de más de 100 metros de altura, varios de ellos salen con unos epis integrales blancos, gafas, botas de seguridad y arneses. Hay unas 40 personas encargadas de estos trabajos. "Sus jornadas no superan las cuatro horas y tienen protección total de sus vías respiratorias", señala José Luis Villabrille, jefe del proyecto de ingeniería. Cuando terminan el trabajo, los empleados entran en una caseta por donde pasan por una ducha. Se retiran los trajes, que son desechados, y continúan hacia otra estancia donde se visten.

Cerca, en el campo de carbones, los trabajos ya casi están acabando. Un camión cisterna pasa una y otra vez para refrescar el suelo y evitar que se levante polvo en suspensión. Lo que hasta hace unos meses era una explanada con montañas de carbón y un complejo sistema de cintas transportadoras ahora es un desierto de polvo negro, pero pronto será un parque fotovoltaico de 65 hectáreas.

El silencio reaparece en la sala de control central. Cuesta imaginársela con ese silencio cuando estuvo en plena actividad. Ahora, todos sus pilotos –algunos de ellos de un encantador diseño industrial– están apagados y las agujas de todos sus controles señalan al 0. El proceso de desconexión de la central se inició antes incluso de que esta dejara de funcionar. Ha habido que ir apagando, uno a uno, todos los sistemas y circuitos, quitándoles la energía, vaciando los aceites, los gases, los restos de escorias... hasta el apagado final de marzo, casi nueve meses después de que dejara de funcionar.

"Todo tiene que estar completamente apagado y desconectado. Encender un sistema puede ser un peligro mortal, ya que puede estar en ese momento un compañero trabajando", explica José Luis Neva.

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