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Vivir en una cueva: "No la cambio ni por un piso en la plaza de España"

Ángeles Sebastián reside desde hace 53 años en una de las casas cueva del barrio rural de Juslibol en Zaragoza. De ella destaca sus bondades bioclimáticas, su amplio espacio y la tranquilidad de la que disfruta.

Comenta Pablo Sanz que si alguien entrara con los ojos cerrados a la casa de su madre nunca diría que se trata de una cueva. "No vivimos como los cavernícolas; esa es la idea que se tiene. Lo hacemos con las mismas comodidades de una vivienda en la ciudad", afirma de la que fue su residencia familiar hasta los 25 años en el barrio rural de Juslibol, en Zaragoza. A su lado, su progenitora Ángeles Sebastián, de 83 años, lo corrobora y añade: "De aquí no me voy si no es con los pies por delante".

Recién casada, su marido (ya fallecido) le había echado el ojo a esta cueva por su buena ubicación y su amplio espacio. "Era camionero y podía aparcar su vehículo sin molestar a nadie", recuerda. Eso fue hace 53 años y ya entonces –como indica su hijo– las cuevas de Juslibol estaban solicitadas. "No era fácil encontrar una. Ahora habrá más de cien y se paga un canon de alquiler al Ayuntamiento por una cesión del terreno", explica.

Una entrada repleta de fotografías de su esposo, sus dos hijos y cuatro nietos –y en la que no falta una réplica de la Virgen del Pilar– da la bienvenida al visitante en la casa cueva de Ángeles, que dispone de unos 120 metros cuadrados útiles distribuidos en tres dormitorios, un salón, una cocina, un baño y una despensa. A excepción de esta última, las estancias son luminosas, con ventanas que dan a una replaceta tranquila que le ha venido de perlas para darse sus paseos en estos tiempos de pandemia. Asimismo, cuenta con una cuadra anexa a la vivienda, en la que han criado animales para autoconsumo. Ahora solo quedan gallinas, pero tiempo atrás tenían cerdos y conejos. "Hasta hace 20 años hacíamos la matacía", apunta Pablo.

"Cuando vinimos a vivir las paredes solo estaban encaladas y se pasaba de una habitación a otra. La cueva había estado cerrada y no había agua corriente. Teníamos el agua en tinajas para beber y había que ir a la acequia a lavar. Era más duro, en cambio ahora tenemos todos los servicios. Y estábamos como en un pueblo, el Actur eran campos", rememora la mujer, que señala que no se trasladó ahí hasta que no estuvo todo acondicionado. "Ya tenía un hijo de corta edad. Mi marido después de trabajar ayudaba a los albañiles a picar y llevar tierra con su camión a las escombreras", dice.

A lo largo de estas cinco décadas, esta familia ha ido mejorando la morada con distintas reformas. Lo que ha permanecido inalterable son las bondades climatológicas de la cueva, cálida en invierno y fresca en verano. Estos días calurosos, Ángeles duerme con una manta fina mientras el resto de mortales tenemos que tirar de aire acondicionado. "En invierno, no baja de los 18 grados y ahora, teniendo todo abierto, hay 23 grados. Paso el año con 600 litros de gasoil para la calefacción y el agua caliente", asegura.

"Encima del techo tienes el monte"

También su hijo alude al ahorro energético y señala los gruesos tabiques que separan las estancias de la cueva. "Tienen metro y medio y encima del techo tienes el monte: habrá más de cuatro metros de tierra o piedra. Además, al vivir en llano cuando uno se hace mayor es una ventaja porque no tienes barreras arquitectónicas", apunta Pablo, miembro de la Asociación de Vecinos San Pantaleón, que se remonta al origen del conjunto de las cuevas de Juslibol.

"Vienen de un origen humilde, de gente labradora que pedían concesiones al ayuntamiento y se les autorizaba a picar una cueva. Con trabajo, esfuerzo y poco dinero hacían un agujero donde meterse. Con picos, palas, cal, algo de cemento y poco más se tenían que hacer su vivienda. Habitables, tan cerca de la ciudad y en gran número hay en pocos sitios de España", sostiene.

En Aragón, hay muchos pueblos que cuentan con cuevas que fueron o son viviendas. Salillas, Lucena, Épila, Tauste, Remolinos o Bardallur son solo algunos ejemplos. O Anento, donde Rosa Mª Fernández tiene una casa cueva de turismo rural desde hace 14 años: ‘El Capricho de Rosa’. "Cuando la hice fue la primera de la región dedicada a este tipo de turismo. Este es un pueblo minado de cuevas, como tantos otros que hay en la Comunidad. Algunas son de grandes dimensiones, incluso con arcos apuntalados con sillares, sobre todo las que rodean a la iglesia lo que indican que tienen siglos. La gente tenía que buscar espacios extra y lo hacían picando en el monte o en terrenos. Las utilizaban para recocinas, guardar las patatas... Ahora hay tres cuevas habitables y en una vive gente", explica Rosa, que destaca que su establecimiento tiene buena acogida entre los clientes. "Tiene mucha luz natural y en verano es muy cómoda y fresca".

Ángeles Sebastián nunca se ha planteado trasladarse a otra morada. "Vivir aquí es el paraíso. Estoy muy tranquila y tengo mucho espacio. No la cambio ni por un piso de la plaza de España", afirma. ¿Y desventajas? "No tiene ninguna", añade rotunda. "Hasta poner un cuadro es más sencillo, no vas a traspasar ningún tabique", comenta, por su parte, su hijo, que siempre vio normal crecer en una cueva. "Lo cuentas más de mayor. Mis amigos han venido de propio para verla y se han quedado sorprendidos de la realidad", subraya Pablo Sanz, que tiene claro que hay que mantenerla habitada de cara al futuro. "Alguno de la familia vivirá aquí. Sitio hay para todos".

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