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Fallece a los 78 años Andrés Ortiz-Osés, el filósofo del cierzo

Se afanó en la búsqueda del sentido de la vida a través de la filosofía y las ciencias humanas. Nacido en Tardienta, era una de las mayores figuras intelectuales del Aragón contemporáneo.

Andrés Ortiz-Osés, en la presentación de dos libros suyos, en 2018, en la Biblioteca de Aragón
Andrés Ortiz-Osés, en la presentación de dos libros suyos, en 2018, en la Biblioteca de Aragón.
Oliver Duch

Andrés Ortiz-Osés (Tardienta, 1943), una de las mayores figuras intelectuales del Aragón contemporáneo, falleció ayer en el hospital San Juan de Dios, de Zaragoza, tras un largo periodo de enfermedad que sobrellevó con el ánimo y la aceptación que en él eran característicos. Su muerte es una de las grandes pérdidas de la cultura filosófica española, a la que él dio una singularidad única.

Considerado el fundador de la hermenéutica simbólica, estudió en Huesca, Comillas, Roma y Austria. Se licenció en Teología y se doctoró en Filosofía por la Universidad de Innsbruck (con premio extraordinario). Fue profesor en las universidades de Zaragoza y Salamanca y catedrático de Filosofía en la Universidad de Deusto, de la que era emérito.

Perteneció al Movimiento Europeo de la Filosofía, y colaboró con el Círculo Eranos –inspirado por Jung y del que han formado parte intelectuales como Karl Kerenyi o Mircea Eliade– del que publicó un brillante estudio, ‘Hermenéutica de Eranos’. Editó a J. J. Bachofen y C.G. Jung.

Su gran campo de estudio fue la filosofía antropológica, a la que aportó un fundamental contenido, con su interpretación simbólica de las culturas en sus mitos, símbolos y arquetipos. Particular interés tuvo su interpretación de la mitología vasca, a la que se dedicó con entusiasmo, y que tan valorada fue por el gran maestro J. M. Barandiarán. Entre estos estudios destacan ‘El matriarcalismo vasco’ o ‘Antropología simbólica vasca’.

Filosofía Simbólica

Fundador de la Filosofía Simbólica, su pensamiento filosófico-antropológico es una búsqueda de sentido a través del arte y la religión, de la filosofía y las ciencias humanas, de la experiencia y la vivencia, de la razón y el espíritu. Pero no olvidó el cotidiano vivir, de ahí sus varios libros de ‘Aforismos’ en la estela gracianesca, donde exprimió toda su fecunda capacidad para acercarse al ser y no ser del hombre y sus circunstancias. Como escribió: «Hay que transitar del exterior al interior, de la razón al corazón, de la verdad al sentido, trastocando nuestra cultura desalmada en una cultura anímica o del alma».

Andrés Ortiz-Osés era hijo del cierzo, del desierto, de la intemperie, trasterrado por la cultura y el culto a una suerte de inteligencia que no le sosegaba sino que, producto de su filiación, le mantenía en permanente vilo, en alerta constante. Frente al espejo de Gracián, se convirtió en prudente y criticón, en oráculo y en ingenio.

Don Andrés de Tardienta fue un hidalgo quijotesco que no se volvió loco por leer libros sino que, al contrario, volvió locos a los libros, cuando los leía o escribía. Su lanza era la hermenéutica, con la que diseccionaba todo lo que tocaba, y lo trasmutaba: transformaba en molinos a los gigantes, a las princesas en sirvientas, a los castillos en cabañas. Deconstruía para construir, era hombre perennemente vitalista, que encarnaba sus propios aforismos, brujuleando gracianescamente para buscar o indagar el sentido de las cosas, de la vida, del mundo.

Aunque con él había que andarse con cuidado porque siempre concluía con una solución de contrarios: el pesimismo es una degeneración del optimismo, pero el optimismo es una perversión del pesimismo. No le importaba autodefinirse para contento de sus enemigos, aunque es imposible que los tuviera: «Soy un filósofo baturro: de ahí mi batiburrillo mental». Pero no era batiburrillo. Más ajustadamente dijo: «No soy un filósofo hecho y derecho: soy un filosofante en devenir...».

Se definió como un huérfano, como al final, y tal vez no solo al final, lo somos todos. Pero le sobraba sentido del humor para sortear la soledad. Si, como diría él mismo, todo filósofo da que pensar, Andrés Ortiz-Osés da y seguirá dando mucho que pensar. Como hijo del cierzo, su pensamiento airea, oxigena y refresca.

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