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aragón, de puertas adentro en pandemia

Víctor Barón: ¿cómo pasar el confinamiento solo, con 70 años y 8 bicis?

Este zaragozano reside en La Puebla de Alfindén hace una década. En los peores momentos de la pandemia se sirvió de sus dos grandes pasiones: el deporte y el coleccionismo.

El balcón de la cocina fue un buen lugar para tomar el sol y jugar al bingo con los vecinos.
El balcón de la cocina fue un buen lugar para tomar el sol y jugar al bingo con los vecinos.
FRANCISCO JIMENEZ PHOTOGRAPHY

Vivir solo en tiempos de pandemia no ha sido una labor sencilla. Nadie estaba preparado para encerrarse en su casa y cortar, de golpe y sin previo aviso, el contacto con el resto del mundo. Una realidad que se ha cebado con las personas más mayores. Sin embargo, hay quienes, como el zaragozano Víctor Barón (70), han sabido aprovechar muy bien el tiempo y se han adaptado con facilidad al cambio.

Vecino “de toda la vida” del zaragozano barrio de San José, Víctor llegó a La Puebla de Alfindén hace una década. “Cuando nos divorciamos me trasladé a vivir a esta casa, que es de mi hija, y ya me quedé. Vivir en un entorno tan tranquilo y cerca de la naturaleza me vino muy bien”, admite. Algo que, con la llegada de la crisis sanitaria, se convirtió en “un auténtico regalo”. Gran amante del coleccionismo y de la historia de Aragón, este investigador infatigable pronto empezó a hacer árboles genealógicos de la gente del pueblo: “Nunca he tenido problemas para relacionarme”.

“No he sido una persona de rutinas ni de hacer demasiados planes, siempre he ido mucho a mi aire y por eso ha sido más sencillo para mí de lo que pensaba”, reivindica. Sin embargo, la cosa cambia cuando te prohíben salir de casa. “El cambio fue brusco, más para una persona deportista como yo. Por eso decidí adaptar mi casa a lo que yo necesitaba”, explica. Hoy, en cada rincón del domicilio del zaragozano, aún queda algún elemento deportivo que, finalmente, se ha quedado.

Nada más entrar, en el hall del domicilio, una bicicleta. También en el pasillo, de lado a lado, hay una barra de ejercicio. Ya en el salón, que más bien parece un gimnasio, otra bicicleta -en este caso electrónica- conectada a un ordenador que hace las veces de televisión. También asoma un banco de ejercicio y una cinta de correr, además de pesas, gomas, un step, mancuernas y hasta un ‘Botsu’. “Nada que envidiar a un gimnasio, vaya”, bromea.

Es precisamente aquí, en este espacio, en el que ha pasado más tiempo durante el último año y medio. No en vano, este amante de las pruebas Iron Man con las que solía recorrer el mundo, ostenta el título de ser uno de los triatletas más veteranos de Aragón.

“Actualmente no entreno todo lo que me gustaría, pero reconozco que durante el último año y pico; el deporte ha sido una buena válvula de escape que me ha servido para no pensar más de lo necesario”, sostiene.

Eso sí, sus 14 horas de entrenamiento semanales no se las quita nadie. Víctor se subió a su primera bicicleta con tan solo 14 años y jamás dejó de practicar ese deporte. De hecho, hoy cuenta con ocho bicicletas en casa, apiladas en otra habitación que hace las veces de almacén deportivo, en la que aglutina maillots, bañadores, gorros de natación y gafas, entre otras cosas. “La pandemia me ha permitido parar, por primera vez en mucho tiempo, y darme cuenta de lo que realmente he estado haciendo todo este tiempo. Es como si le restara importancia, pero, si lo piensas, una prueba como una Iron Man es una barbaridad y la edad no deja de ser un riesgo…”, reflexiona.

El segundo espacio favorito de su hogar es su despacho. Ahí, los trofeos, medallas y fotografías descansan en varias estanterías repletas de enciclopedias, libros y cajas de zapatos. En su interior hay pequeñas partes de algunas de las colecciones que empezó en su día. No le gusta prolongarlas por mucho tiempo -explica- aunque algunas, como la de azucarillos del mundo, llegó a convertirse en casi una obsesión para él que llegó a tener más de 100.000 unidades.

“No lo hago por moda ni por hobby, más bien es una forma de satisfacer la gran curiosidad que siento por casi todo. Desde sellos y monedas hasta fotos antiguas… son elementos que me permiten conocer una parte oculta de la historia de lugares como Zaragoza, y eso me encanta”, afirma. Además, destaca un hecho importante: “Cuando yo empecé no había internet. El coleccionismo -y el mundo en general- funcionaban de otra forma”.

En la cocina también pasó largas horas, pero no entre fogones pues, admite, no sabe “ni freír un huevo”. “Mi pareja y mi hija me han ido trayendo tuppers, aunque me apaño bastante bien con casi cualquier cosa. Un poco de jamón o embutido, pan, una tortilla de patata. Necesito poca cosa”, señala. Fue en la pequeña terraza del fondo de la cocina, con su hamaca, donde aprovechó para tomar el sol y conectarse con el vecindario cuando no se podía salir de casa.

Capacidad de adaptación

Si hay dos cosas que caracterizan a este zaragozano son la naturalidad y el positivismo con los que se toma la vida, así como una gran capacidad de adaptación: “No me asusto por casi nada. Todo es un aprendizaje y la vida es una experiencia constante”. Por eso, cuando supo de la declaración del estado de alarma, sencillamente se sentó frente a su ordenador, compró una cinta de correr por internet y comenzó a preparar una rutina deportiva para entrenar en casa.

“También organizamos sesiones de bingo a través de la ventana. Sé que lo dice mucha gente, pero es que es la realidad. He conocido a vecinos con los que no había mediado palabra”, recuerda. Uno de los motivos que le llevan a pensar que la pandemia también ha tenido su lado positivo: “Ha logrado sacar lo mejor y lo peor de mucha gente, pero me quedo con lo primero. La solidaridad, ese cuidado mutuo. En la vida puede ocurrir casi de todo, la mayoría de las veces ni te lo esperas, y esto no ha hecho más que venir a recordárnoslo”.

Otro reto de la pandemia para él han sido las nuevas tecnologías, y eso que, a sus 70 años, se mueve con facilidad en la red. Incluso cuenta con su propio blog: ‘El mundo de Víctor Barón’. “Un día hicimos una celebración con los amigos a través de videoconferencia y recuerdo que me puse hasta pajarita. Cosas que nunca me habría imaginado en la vida y que, sin embargo, ahí están”, rememora. Por eso, asegura que la pandemia ha sido una gran lección de vida para cualquier persona: “Me ha fortalecido y me ha servido para recordar que la vida es una lucha diaria, independientemente de tu edad”.

Y, de paso, entre videollamada y videollamada con sus hijas -Carolina y Diana- y nietas -Julia y Selene-, hasta le ha dado tiempo a reeditar un libro que publicó hace 15 años: ‘La bal de Chistau con nombres y apellidos’. Una obra que reúne una serie de datos históricos del valle pirenaico y sus gentes. La estrategia de este zaragozano ha sido no parar. “Soñar es una constante en mi vida. Siempre siento que tengo lugares nuevos a los que llegar y no me da miedo lo que pueda pasar”, admite.

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