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Madres en el recuerdo

Beatriz Arnedo: "A mi madre la quería tanto la gente, era tan fuerte, tan extrovertida..."

Rosa María Gimeno Galindo nació en Cervera del Rincón (Teruel) y murió de cáncer en abril de 2020, durante el estricto confinamiento, junto a los suyos. 

Rosa María Gimeno, un día del Pilar, en una foto facilitada por la familia.
Rosa María Gimeno, un día del Pilar, en una foto facilitada por la familia.
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En la carretera que une Pancrudo y Utrillas se localiza Cervera del Rincón, un pueblo turolense donde hay censados en torno a una decena de personas. Para Rosa María Gimeno Galindo era una devoción. Allí nació el 21 de mayo de 1951. "Mi madre era muy feliz en el pueblo, siempre ha sido un referente para ella. Recibió la educación básica y a la vez, desde pequeña, hacía labores de labranza", relata su hija Beatriz.

Con 18 años hizo las maletas y emigró a Valencia junto a su hermana –eran seis- para servir en casas, probó suerte en Canadá y con 22 se mudó a Zaragoza con otro hermano. Era muy devota de la Virgen del Pilar y de San Blas, tanto que ningún 3 de febrero perdonaba la visita a San Pablo.

En 1978 se casó con Manuel Arnedo y tuvieron dos hijas Beatriz y Belén. En Pilas Secas Tudor trabajó hasta 1995, cuando cerró. "Fue entonces cuando se dedicó a las labores del hogar y a cuidar con gusto de mi abuela, que era dependiente", cuenta emocionada. Durante veinte años mimó a su madre.

En 2018 le diagnosticaron cáncer muy avanzado. La llegada del coronavirus la vivió "con mucho miedo, porque sabía que era de riesgo". Las semanas previas al confinamiento evitaba cualquier visita a urgencias por temor al contagio. "Sus últimos días coincidieron con el estricto confinamiento domiciliario y la pobre no pudo tener una muerte digna: no le prestaron cuidados paliativos ni la sedaron. La única esperanza era que la sedaran para que no sufriera y no pudo ser", lamenta Beatriz. Murió el 4 de abril de 2020 con 68 años junto a su familia: "Nosotras la cuidamos a ella como ella hizo con su madre, un principio que nos inculcó. Un valor que tenía en mente: el cuidado de la familia".

Sin embargo, las restricciones perimetrales todavía no han permitido que sus hermanos le den una despedida. "El duelo ha sido muy largo, muy difícil, porque era una persona muy querida –la define Beatriz-. Mi madre era una mujer con mucha rasmia y muy turolense. Si hubiéramos hecho un velatorio yo creo que hubiera habido trescientas personas... le quería tanto la gente, era tan fuerte, tan extrovertida...".

La Bozada era su barrio y sus comerciantes la recuerdan: "El frutero ya me dice, cómo echo de menos que Rosa entre por la puerta". Por sus calles iba con el HERALDO bajo el brazo y en los últimos momentos también acompañada de su nieta, de Julia, de la que disfrutó seis meses. 

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