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SAN JORGE 2021

Lydia Onaran: "La superación personal es un cuento. Yo encuentro mucha fuerza en la vulnerabilidad"

La bailarina zaragozana enfrenta con rasmia su enfermedad y no duda en mover sus pies con las manos. Sus movimientos a ras de suelo combinan la experimentación artística con una emocionante expresividad.

Lydia Onaran, durante uno de sus ensayos en el Centro de Danza de Zaragoza.
Lydia Onaran, durante uno de sus ensayos en el Centro de Danza de Zaragoza.
José Miguel Marco

Lydia Onaran no está convencida con que se le busquen paralelismos con San Jorge. “Creo que soy más el dragón, bueno, la dragona. Una bestia que escupe fuego y tiene escamas, pero también corazón, se esconde en la cueva y puede deprimirse y frustrarse”. Hace diez años que Lydia dejó de ser bípeda -como dice ella- pero su enfermedad degenerativa no le ha impedido bailar y participar en espectáculos en los que quizá no haga un ‘demi-plié’ pero cualquiera de sus gestos y movimientos desde el suelo son de una expresividad y una emoción desbordante.

“Son muy cansinos los discursos acerca de la superación personal. Para mí es algo que no existe. Primero el sistema te invalida, te incapacita y luego tienes que superarte y ser un superhéroe para demostrar lo capaz que eres… Eso ya no va conmigo, hay días que estoy mal, destrozada, deprimida, y entiendo que tengo que estar así”, comenta la joven tras uno de sus ensayos en el Centro de Danza de Zaragoza. “Encuentro mucha fuerza en la vulnerabilidad, no me gusta tener que ponerme fuerte por obligación. Si un día estás hecho polvo, hay que regalar esa honestidad y es allí donde está la fortaleza para mí”, insiste.

Lydia baja de la silla, se abalanza sobre el suelo e improvisa unos movimientos con una tema de Ben Harper. ‘Welcome to the cruel world’ es el título de la canción pero -asegura- es casual. No todo lo lee en esos términos de bondad o crueldad e, incluso, dice haber superado y asimilado el hecho de que todos estén dispuestos a cuidarla o ayudarla porque “lo que hay que hacer, lo bonito de verdad, es acompañar”. “No existe la victoria individual -insiste-. Yo he conseguido mis objetivos porque tengo apoyo. Gracias a mi madre, mi hermano, la gente que me quiere… Lo que llamamos logros los consigues porque estás en una comunidad, uno solo no hace nada”, se reafirma.

“Si en la vida estás siempre escondida, tu margen de acción es mucho más limitado"

Onaran es un apellido poco usual y, de hecho, Lydia cuenta que nació en Suiza, pero que su padre es turco y su madre maña. Su pasión por la danza y el baile lo siente desde chiquitita. “Mi madre cuenta que, estando embarazada de mí, fue a ver un ballet al teatro, no sé si ‘El Cascanueces’ o ‘El lago de los cisnes’, y en cuanto salió la primera bailarina yo empecé a darle patadas”, relata. Desde entonces, “nunca me estaba parada. Quería apuntarme a ballet y a gimnasia rítmica, pero ya tenía la columna un poco tocada y decían que no podía”. Así fue como empezó a bailar “a escondidas, en casa, por mí, por mi placer” y, también, de noche cuando salía de marcha con sus amigos. “Yo iba a aguas, pero la gente se pensaba que me drogada o algo por lo mucho que me gustaba bailar”, bromea.

Poco a poco la enfermedad fue avanzando y “sentí que mi movilidad se iba reduciendo, que mis dolores iban aumentando”. Pasó temporadas de “loba solitaria” y con tentaciones de esconderse, pero “si en la vida estás siempre escondida, tu margen de acción es mucho más limitado. Es muy cómodo estar en el rol de la eterna observadora, pero poco útil”.

Lydia Onaran, durante uno de sus ensayos en la sala 7 del Centro de Danza.
La bailarina de 35 años ejercitando alguno de sus movimientos.
José Miguel Marco

Pero, ¿qué siente Lydia Onaran bailando? Es “un consuelo y, a la vez, un acto de rebeldía y de liberación. Yo bailando muchas veces me hago daño, pero ese dolor lo elijo yo: tengo control sobre ese dolor, no es el que tiene mi cuerpo”, explica la artista. Bailar para ella es “una forma de ser y estar, de pensar, de ver las cosas: veo todo desde lo que siente mi piel, mis órganos, mis músculos… Me doy cuenta de que ya no sólo es el cerebro mi único punto de apoyo, he descubierto que tengo miles de puntos de apoyo desde los que moverme”.

Lydia en ocasiones baila junto a su silla, la deja girar e imita sus remolinos. En otras, las deja a una lado y reptando por el escenario mueve los pies con sus manos. Comenzó de forma autodidacta pero luego se fue formando con bailarines, especialistas e, incluso, practicó trapecio circense. “Empecé de observando, imitando un poco movimientos, y una amiga me recomendó ir a Pares Sueltos, donde Violeta Fatás y Leticia Solanas me dijeron que tenía mucho material”. De ahí pasó al festival Trayectos a hacer la formación, completó un intensivo con Ana Continente y se topó con un buen número de artistas a los que está agradecidísima: Mónica Marco, Teresa Magallón, Noche Diéguez, Sofía Gotor, compañeros de la asociación de malabaristas, Carlos Herrero, La Fábrica de Chocolate, los responsables del Centro de Danza, el grupo Tecad Danza…

Lo último que ha podido verse de su repertorio ha sido la pieza ‘Ding-Kara’ en el festival ‘Pies para qué os quiero’, pero ha bailado también en el Espacio Reto (que pudo verse en el Teatro del Mercado) o en el Tattoo Circus de Torrero. Improvisa continuamente, encuentra en la experimentación corporal un refugio y trata de marcarse retos. “Me encanta romperme la cabeza, los esquemas, estar unos días con movimientos de impulsos y después probar otras cosas. Ana Cotoré me enseñó no sólo a seguir la música sino también a romperla”, explica.

"Yo nunca toco el suelo. Por eso, cuando bailo, me siento enraizada, me siento calmada"

“¿Sabes? Yo nunca toco el suelo. Nada más que cuando intento dar un par de pasos con el andador malamente, pero en la silla mis pies no llegan al suelo. Por eso, cuando bailo me siento enraizada, me siento calmada”, explica Onaran, que suele sentirse más realizada cuando ensaya y baila para sí que cuando lo hace para el público. ¿Hay algo de miedo escénico? “Con público tiento a mi personaje autosaboteador. A veces tengo miedo a que me dé un brote y eso antes hacía que no lo disfrutara tanto”, comenta. “Ahora cuando bailo siempre me siento satisfecha, no me pongo más objetivo que lo que salga, investigar, sacar jugo, centrarme, centrar todo mi ser”.

Lydia Onaran, en la sala 7 del Centro de Danza, ubicado en Domingo Miral.
Lydia Onaran, en la sala 7 del Centro de Danza, ubicado en Domingo Miral.
José Miguel Marco

La respuesta del público también suele ser emocionante y Onaran se da con un canto en los dientes si consigue transmitir algún sentimiento. “La primera vez que aparecí en el teatro hubo gente que solo vio el discurso de la superación personal, pero fue el reto lo que me mantuvo en pie. Cada uno ve lo que ve. Otros me dijeron que les había removido la ansiedad, la tristeza, la alegría… Si te toco el alma, ya me voy contenta”. Aunque en ocasiones -es lo que tiene el espectáculo- aparezca bajo el foco de la atención pública, Onaran no quiere ser “ejemplo para nadie” porque “ya bastante tengo con lo mío”. “Si dicen que puedo ser espejo para otros, vale, muy bien, como quieran, pero la rasmia la tienen que llevar las otras personas dentro”.

Esa rasmia es lo que la lleva a ensayar y entrenar sin descanso tres o cuatro días a la semana siempre y cuando se encuentre bien porque, según explica, “nunca sé cómo voy a amanecer, con qué dolores, de qué manera va a ser mi día”. “La vida para mí es al minuto. Cuando llegó el confinamiento de pronto y la gente se empezó a preocupar por qué iba a ser de sus planes, yo pensé ‘bienvenidos a mi mundo’. Cuando me encuentro bien, aprovecho para hacer todo lo que puedo, sin volverme loca, porque luego lo pago y estoy aprendiendo a medir esta energía”, explica Onaran, que concluye bromeando que nadie le podrá quitar ‘lo bailao’.

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