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SAN JORGE 2021

Manuel Méndez: "Salimos huyendo del país ante la extorsión y la amenaza de las maras"

En Aragón Manuel y su familia han encontrado un nuevo hogar. Las oenegés fueron un apoyo para ellos y hoy es voluntario en un comedor social de Zaragoza, donde ayuda a personas que pasan por situaciones similares.

Manuel Alejandro Méndez, de la fila a ser voluntario de un comedor social en Zaragoza.
Manuel Alejandro Méndez, de la fila a ser voluntario de un comedor social en Zaragoza.
Oliver Duch

Dicen que preguntando a Roma se llega, pero ese refrán también puede terminar con Zaragoza, por ejemplo. Manuel Alejandro Méndez Pineda y su esposa nunca habían oído hablar de la capital aragonesa, ni mucho menos la situaban en el mapa. Sin embargo, la vida les trajo a orillas del Ebro desde El Salvador, su país natal, huyendo de las maras.

Si se compara con San Jorge, tiene claro quién esas fueron su dragón: "Las pandillas. Pero ahí no termina la historia, sino que tienes que luchar con la tristeza de haber dejado la familia". Sus oscuros ojos no parpadean cuando recuerda el itinerario hasta establecerse en Aragón, donde ahora regalan su tiempo a protagonistas de historias similares a la suya. "Se sufre la incertidumbre de no saber qué camino seguir o qué rumbo tomar a estar más establecidos. Aunque sea desde hace poco tiempo, sientes que perteneces a un lugar, que no vas a la deriva".

"Salimos básicamente huyendo"

En Sonsonate -su ciudad- tenía una vida familiar, era un técnico de ingeniería mecánica de 34 años –ahora tiene 36- con 14 años de experiencia. Se dedicaba a supervisar proyectos y como tenía lapsos de tiempo, decidieron fundar una empresa. Ahí comienza su relato: "Habíamos puesto un negocio en mi país y las maras comenzaron a extorsionarnos, a amenazarnos… El problema es que las amenazas de las maras son sentencias de muerte". Cuenta que les pedían un dinero mensual, que tenían registro de sus vidas… Cerraron el local, pero los perjuicios continuaron. Manuel y su esposa tuvieron que tomar una dura decisión: salir del país. Primero lo intentaron con Canadá, donde reside gran parte de la su pareja, pero la tardanza del visado y la necesidad de abandonar su cuna les llevó a buscar un plan B que fue España por la facilidad del idioma. "Salimos básicamente huyendo ante la extorsión y la amenaza de las maras", recuerda.

"Vinimos a probar suerte, porque era eso o quedarte allí y perecer"

24 de enero de 2019. El país estaba sobrecogido con la desaparición de Julen en el pozo de Totalán cuando este matrimonio de salvadoreños y su hija –en ese momento de dos años y medio- aterrizaron en suelo español. No tenían referencias directas de nadie que residiera en su lugar de destino, solo lo que habían leído por internet. A pesar de ese desconocimiento, la decisión era casi obligada: "Vinimos a probar suerte, porque era eso o quedarte allí y perecer".

Echa la vista a atrás, regresa a esos primeros momentos en España y recuerda la primera noche en las calles de Madrid, esperando para solicitar protección. "Enfrente había un polideportivo y le pregunté al guardia de seguridad si mi esposa e hija podían estar bajo cobijo mientras yo esperaba a que abrieran". Tras horas de espera no era allí. Como un viacrucis recorrieron varias ciudades del norte del país. Bilbao, Burgos, Miranda de Ebro…

"En la Casa de las Culturas sentimos el primer respiro, cuando nos dijeron que nos podían acoger"

"En ese momento mi mamá, preocupada, me dijo que tenía un conocido en Italia. ¿Por qué no te vas para Italia? 'No, mamá', le dije. Era volver a empezar cuando ya estábamos en España. Pero ese contacto de mi madre tenía una amiga de infancia en Zaragoza que nos dijo que nos podía guiar a entidades donde daban ayuda". Finalmente, acudieron a la Casa de las Culturas: "Ahí sentimos el primer respiro, cuando nos dijeron que nos podían acoger en el programa de las oenegés".

Manuel Alejandro Méndez, de la fila a ser voluntario de un comedor social en Zaragoza.
Manuel Alejandro Méndez preparando paquetes de comida en el Comedor Social del Carmen, en Zaragoza.
Oliver Duch
"No podíamos ayudar de manera monetaria pero sí con lo que teníamos en ese momento, que era tiempo"

En la Casa de las Culturas les brindaron solidaridad y comían gracias a la Casa Amparo. Tras casi un año en la capital aragonesa se trasladaron unos meses a Móstoles por motivos de asilo, pero su vida allí no cuajó. En su corazón se quedó Zaragoza, donde regresaron gracias a unas entrevistas de trabajo que Manuel había hecho antes de irse. Encontró trabajo como delineante en una empresa aragonesa y firmó un contrato indefinido. A través de conocidos y de un movimiento católico mundial al que pertenecen llegaron al Comedor Social del Carmen. "No podíamos ayudar de manera monetaria pero sí con lo que teníamos en ese momento, que era tiempo. Entiendes más lo que están pasando las personas al otro lado porque tú lo has vivido. Quieras que no, te sientes más condescendiente porque sabes qué es eso".

"Estuvimos haciendo fila en otra entidad, pero recibimos ayuda de la misma manera que aquí. Entonces, por eso mismo queríamos devolver", agrega. Ahora comprueba en la puerta quién acude a estas instalaciones de la parroquia del Carmen cada lunes, miércoles y viernes.

-¿De dónde se sacan las fuerzas ante historias como la suya?

-De mi familia, que estén bien. Y también pidiéndole a Dios que todo salga bien. Por ejemplo, teníamos el vuelo de vuelta un domingo y al martes siguiente teníamos la entrevista con la Casa de las Culturas, no sabíamos qué iba a pasar. Nos sentamos para decidir si regresábamos a ver qué pasaba o nos quedábamos aquí. Al final, nos quedamos por fe, sabiendo que Dios nos podía poner otra cosa en nuestro camino.

No se quita de la mente que su hija no haya crecido junto a sus abuelos, siendo la única nieta tanto para sus padres como para sus suegros cuando partieron de El Salvador. Será la primera, pero ya no la única. La mascarilla le cubre la sonrisa, pero sus ojos se rasgan al decir: "Mi esposa está embarazada".

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