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vidas escondidas

Ser ermitaño en el siglo XXI: "Soy una persona confinada perpetuamente"

En Aragón hay anacoretas, personas que han encontrado en la soledad una forma de vida. Recogen el agua de la lluvia y tienen energía gracias a placas solares.

Soledad. Con ella vive Arturo Ripol en Alcañiz y también con dos canes. "No discuto con nadie. Siempre tengo la razón", asegura. "Mi vida es bastante tranquila, es muy placentera. Tanto es así que me cuesta estar en sitios donde hay mucha gente. Si hay más de seis o siete personas en un espacio ya me agobio porque me he acostumbrado a la soledad. Estoy cómodo con dos o tres personas", confiesa Arturo, el ermitaño de Santa Bárbara.

"Cuando vivo la soledad me siento muy bien. Me sobra gente. Por ejemplo, veo que sube mucha gente, que se llena el banco, y me meto para dentro. Y esto es a raíz de vivir aquí".

En lo alto de este cerro, uno de los puntos más altos de la población turolense, no hay ruidos -solo el silbido del viento-, la contaminación lumínica es un espejismo por las noches y la Estanca como un oasis en el paisaje. "Esto es espectacular, las vistas son fabulosas", añade este técnico de hidroponía barcelonés de la quinta de 1958. Le gusta observar el cielo y las nubes no tienen secretos para él, la única que le despista es la Luna. "No la he pillado todavía, va por libre", bromea.

Arturo Ripol, ermitaño de Santa Bárbara.
Arturo Ripol, ermitaño de Santa Bárbara.
Antonio García / Bykofoto

Dice que no tiene horario, pero intenta mantener una rutina y su día lo ocupa a la leña, desbrozar o poner a punto su huerto. Con las listas de una persiana vieja ha apañado una valla y dentro del pedazo de tierra cuida los aloes vera. "Este es chino, este es nano…", explica mientras acaricia a unos y a otros. Su propósito es utilizarlos para elaborar ungüentos o cremas.

Las plantas son una de sus aficiones. Cultiva lirios lilas y blancos, recoge romero y tomillo, cuenta que los pétalos de amapola ayudan a dormir o para qué sirve la corteza de un par de árboles que dan sus primeros brotes. También ortigas, que las cuece y las usa para sulfatar. "Había pensado poner una plantación de cáñamo pero ya veremos, es meterme en demasiados berenjenales", reflexiona. Todo crece abonado por el compost que él mismo elabora gracias a tres pozos que va cambiando cada año. La luz la obtiene de las placas solares y el agua es de lluvia. "Se acumulan en unos bidones y gastaré en torno a los 1.000 litros al mes", calcula. En su humilde salón, un par de sofás y una mesita ocupan la mayor parte del espacio, que se calienta con una estufa de leña, aunque estos días ha optado por la de gas.

Arturo Ripol, ermitaño de Santa Bárbara.
Arturo Ripol, ermitaño de Santa Bárbara.
Antonio García / Bykofoto

"Lo máximo que he estado sin bajar a Alcañiz han sido 10 o 15 días. Aprovecho a ir el día que tengo que cobrar la pensión y ya compro. Intento bajar poco porque el camino no es el mejor. Evito los desplazamientos". Merece la pena subir esas cuestas para disfrutar de las vistas. Arturo es el vecino de Alcañiz que reside en el punto más alto de la localidad. "El primer día que llegué, iluso de mí, puse una mesita para desayunar en la puerta. A lo que me di cuenta se me la había llevado el viento", ríe Arturo. Aquí llegó con "ilusión": "Me pareció todo precioso".

El anterior ermitaño falleció a la par que él se quedó sin hogar. Había iniciado un proyecto de pueblo de autogestión que no resultó. Tras haber vivido en Venezuela, Ecuador y otros países del otro lado del charco, al norte de África y en varias ciudades de Europa, recayó en esta ermita. "Nunca me lo hubiese imaginado", admite, y más sin ser creyente. Está agradecido a la Cofradía de Santa Bárbara y al padre Pablo, "siempre pendientes" de este barcelonés que llegó a Alcañiz en 2015.

Arturo no tiene acento de Alcañiz, como Francisco de Paula Barrionuevo tampoco lo tiene de Purujosa. Él nació en Málaga hace 58 años y ahora es un sacerdote de la Diócesis de Tarazona que habita en la ermita de Ermita Nuestra Señora de Constantín desde hace casi 14 años.

"La vida ermitaña, en estricta soledad, no la había descartado, pero no era mi primera opción"

"La vida ermitaña, en estricta soledad, no la había descartado, pero no era mi primera opción. Mi llamada en principio era la vida contemplativa, ese era mi deseo e inquietud". Tras una etapa de discernimiento, "sentí que había una música de fondo, una vocación más plena. Dios tenía unos planes para mí". Tiempos largos de oración, horas de estudio y eucaristías son parte de sus jornadas. "Me hago homilías de dos horas y como estoy solo nadie me dice 'padre que se pasa", ríe. Sus carcajadas asaltan en cualquier momento de la conversación y desvelan un hombre "feliz", como él mismo se declara con su "vida escondida". También encuentra momentos para cultivar la literatura, hace algún trabajillo con madera y las tareas de casa –o de la ermita-.

Francisco, el ermitaño de Purujosa
Francisco, el ermitaño de Purujosa
Laura Uranga
"Llevo 14 años aquí y no he tenido que comprar nada todavía"

Siente el respaldo de sus vecinos y visitantes, aunque sean pocos. No olvida cómo fue su recibimiento, "entrañable y cariñoso". De hecho, le suministran los alimentos suficientes para subsistir. "Llevo 14 años aquí y no he tenido que comprar nada todavía", asegura. Esta forma de vivir ya la había experimentado cuando hizo una peregrinación a Jerusalén a pie: "Estuve un año caminando".

Dice que el Sagrario es su televisión"es como darle al botón, Jesús me cuenta lo que pasa"-, aunque también escucha la radio. Las noticias que acontecen le guían para rezar por unos y por otros. La pandemia no le ha afectado mucho: "Por vocación soy una persona confinada perpetuamente, pero sí que he cargado en el corazón con la situación tan dolorosa que vivimos. Pero es un estímulo más para entregarte".

Por unos días

San Caprasio fue obispo de Agen, al sur de Francia. Era el siglo IV cuando el emperador Diocleciano persiguió a los cristianos, por lo que el santo encontró refugio junto con otros cristianos en las montañas. Durante este escondite, Caprasio se enteró de que habían martirizado a Santa Fe por no renunciar a su religión. Esa fue la chispa que desencadenó que Caprasio promulgara su fe y también fuera víctima del martirio. La historia la cuentan en el portal del Ayuntamiento de Farlete, donde se encuentran una de las advocaciones al santo en Aragón. Una larga carretera, que es linde entre verdes campos y seca estepa, lleva hasta este pueblo de los Monegros. Gavilanes y buitres vuelan por el escampado cielo.

Cueva de San Caprasio, en Farlete.
Cueva de San Caprasio, en Farlete.
Francisco Jiménez

En 1956 los Hermanitos de Jesús llegaron a la localidad, procedentes de la guerra de Argelia. "Incluso uno de ellos llegó con metralla en la pierna", relata Jaime Sánchez, el antiguo panadero farletino. Hace menos de dos décadas, la comunidad estaba formada por una veintena de hermanos, pero en la actualidad solo son dos. Viven en el pueblo, pero gestionan unas cuevas que están en la falda de la montaña de la ermita de San Caprasio, que se encuentra a 9 kilómetros del núcleo rural.

Jaime conduce por los caminos de la sierra de Alcubierre, entre aliagas y a la sombra de los pinos, como si deslizara el dedo por la palma de su mano. Curva a la derecha, el camino a la Torraza –una construcción del siglo XIII-, curva a la izquierda, dos baches y la contienda, un punto donde se juntan las tierras de La Almolda, Monegrillo, Farlete y Alcubierre. "El santo es primo mío", dice entre risas casi en el repecho de la última cuesta. No es que compartan sangre, sino que la talla fue realizada por un familiar. Ese es el camino que los hijos de Farlete realizan hacia el 25 abril –pandemia mediante- para rendir honores al santo. El cierzo despeina cualquier cabellera por corta que sea. Tras bajar un par de badenes, saltar otras tantas piedras y caminar por el pasillo que queda la ladera, se llega a las antiguas cuevas de San Caprasio.

Puerta de la cueva de Elías, de los Hermanitos de Jesús.
Puerta de la cueva de Elías, de los Hermanitos de Jesús.
Francisco Jiménez

Allí encontraron retiro los hermanitos a partir de 1958. Unas cuevas existentes las convirtieron en pequeños oratorios y eremitorios. Un rudimentario banco –un tablón que se sostiene en dos salientes de la pared- brinda unas infinitas vistas y al lado los restos de hollín revelan que ha sido hogar. Al cruzar la puerta de madera de la primera se descubre una gran mesa rodeada de huecos. "Ahí es donde dormían los hermanitos cuando venían", recuerda Sánchez. Junto a este gran espacio, está la cocina, donde es fácil identificar cada una de sus partes, ahora vacía. Un libro de visitas revela los últimos visitantes: la UME, vecinos de la capital aragonesa o turistas que dejaron una dedicatoria en francés. La siguiente covacha es la capilla, la que llaman la Cueva de la Salud.

Estas cuevas son menos habitables que la de Elías. A unos kilómetros, tras bajar una cuestecilla –más frecuentada por culebras que por personas- se llega a este cado lejos del mundanal ruido. En el interior, suelo de piedra y paredes lucidas. Una mesa, silla y banqueta son los pocos muebles que se ven. "Antes de la pandemia vino una chica de Madrid y estuvo una semana o diez días", recuerda Jaime Sánchez. A unos pasos está la capilla, que además de lugar de oración sirve para recoger el agua de la lluvia, que va de sus canaleras hasta el depósito que la almacena. También como un goteo, llegaban hasta este lugar personas de todo el mundo en busca de un momento de retiro. 

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