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coronavirus

"Mejor mantener el 'teatrillo pandémico' que bajar la guardia contra la covid"

Muchas de las rutinas adoptadas en el inicio de la pandemia se han demostrado superfluas. Medir la temperatura no detecta asintomáticos y desinfectar superficies tampoco es efectivo contra los contagios.

Tareas de desinfección en el Mercado Central el pasado mes de abril.
Tareas de desinfección en el Mercado Central el pasado mes de abril.
Dani Marcos

Aunque se está poniendo de moda, no es una expresión nueva. El término ‘teatro pandémico’ se viene utilizando desde mayo de 2020, cuando la investigadora Zeynep Tufekci puso en duda muchas de las “acciones inútiles” que se llevaban a cabo en la lucha contra el coronavirus. Algunas, decía la experta, eran incluso “contraproducentes” y citaba el ejemplo de cerrar los parques durante la desescalada.

Un año después de que estallara la crisis sanitaria hemos interiorizado tanto algunas costumbres y pautas de comportamiento que las secundamos sin siquiera planteárnoslas. “Es cierto que comenzamos dando palos de ciego porque no sabíamos casi nada del virus. Ahora ya se le ha radiografiado y podemos combatirlo mejor”, explican en el centro de salud de Sagasta (Ruiseñores-Miraflores).

Entre las rutinas adoptadas hace un año que seguimos poniendo en práctica la más habitual es la de someterse a una toma de temperatura al entrar a un espacio público. Aunque sería útil para detectar la fiebre, los asintomáticos pueden acceder al recinto sin problema alguno y con su capacidad de contagio intacta. Tampoco se ha demostrado, por ejemplo, que rociar con desinfectantes espacios interiores sea efectivo para prevenir contagios y hemos pasado meses y meses con fumigadores en los colegios o en el transporte público.

Aunque se haya improvisado y haya habido sobreactuación, el virus sigue contagiando

La pasada primavera también proliferaron voluntariosos tractoristas en los pueblos que desinfectaban las calles con sus vehículos y se pudo ver al personal de la UME desinfectando hospitales y residencias. Aquellas estampas fueron casi épicas y lo siguen siendo si se tiene en cuenta que entonces se luchaba contra un enemigo misterioso. Hoy en día, sin embargo, se sabe que aquellas acciones fueron inútiles e, incluso, el Centro Europeo para el Control de Enfermedades desaconseja esta práctica porque no es efectiva contra el virus y “la pulverización puede causar daños al medio ambiente y los seres humanos”. En los mercados de Zaragoza, sin ir más lejos, la pasada primavera se pulverizaron hasta 4.000 litros de amonio cuaternario disuelto en agua para luchar contra el SARS-CoV-2, pero este esfuerzo -humano y económico- sirvió para limpiar las instalaciones pero no para eliminar el virus.

La limpieza de superficies se ha convertido en el gesto más cotidiano.
La limpieza de superficies se ha convertido en el gesto más cotidiano.
Oliver Duch

¿Por qué estos pasos hacia adelante y poco después hacia atrás? Hay un antes y un después de que se constatara que el virus se transmite por aerosoles. Cabe preguntarse entonces por qué hubo tanta resistencia, incluso por parte de la OMS, en admitir que la covid no se transmitía por gotículas o por contacto con objetos y sí por el aire.

“Las únicas enfermedades que están aceptadas como de transmisión por aerosoles -como el sarampión, la varicela o la tuberculosis- son extremadamente contagiosas”, explica el profesor zaragozano José Luis Jiménez, de la Universidad de Colorado (Estados Unidos). En su opinión, hubo miedo a la hora de reconocer el contagio por el aire porque podía alarmar en exceso a la sociedad a pesar de que, según sus estudios, “la covid 19 es unas veinte veces menos contagiosa que el sarampión”. La OMS llegó a pedir, incluso, colaboración para hacer protocolos y directivas sobre cómo ventilar bien cuando aún no admitía la transmisión aérea, recuerda Jiménez, que firmó el pasado verano una carta junto a otros 238 expertos en la materia para llamar la atención sobre el aire como transmisor de la covid en espacios cerrados.

Esta hipótesis, que poco a poco se fue descubriendo como cierta, desbarataba también algunos de los gestos cotidianos que se habían ido adquiriendo como desinfectar las suelas de los zapatos, pulsar el botón del ascensor con un palillo o evitar tocar picaportes si no se llevaban guantes. Ni qué decir tiene que lavar las frutas con lejía, como se llegó a proponer, era un disparate desde el primer día. Durante la primera ola se pensaba que el coronavirus podía comportarse como otros patógenos vulnerables a la lejía o los geles hidroalcohólicos. Se decía que el virus sobrevivía en superficies hasta seis días, pero después se ha demostrado que, en el poco probable caso de que las superficies retuvieran gotículas, su carga viral tendría escasa capacidad de infectar. La OMS hoy ya solo recomienda continuar con el frecuente lavado de manos (una higiene normalizada) y considera más útil ventilar los espacios antes que fregarlo todo con denuedo hasta casi el trastorno obsesivo.

"Las ‘fake news’ en ámbitos de virología
siguen patrones parecidos a la superstición"

“El ser humano intenta ganar seguridad y eso se lo proporciona el tener control de las cosas, lo que en ocasiones se consigue a cambio de nuestra libertad y toma de decisiones”, explica Sandra Sánchez. La psicóloga sanitaria diferencia entre las pautas dictadas por Sanidad y el Estado en pro de “una seguridad individual y colectiva” y los consejos de quienes no pertenecen al sector y piensan en conductas banales y alejadas de la ciencia. “Las ‘fake news’ en ámbitos de virología y sanidad son muy peligrosas y en ocasiones siguen patrones parecidos a la superstición y los principios de los amuletos de la suerte”, comenta. Estas conductas vendrían a tener una suerte de efecto placebo liberador pero irreal (Sánchez cita los estudios de Skinner de 1948), y no deberían desprestigiar los esfuerzos reales para doblegar al virus.

A la vista de los nuevos descubrimientos, ¿qué es entonces lo útil e imprescindible para frenar la propagación de la covid? La mascarilla es fundamental porque el “el virus sale en aerosoles en la respiración del infectado, y el sano respira parte de ese aire que está muy concentrado en el espacio entre los dos”, dice Jiménez. Es efectivo también, por tanto, mantener la distancia de seguridad y evitar los espacios cerrados. Está en discusión si, como en España, la mascarilla debe ser obligatoria en todo momento o si, como en Reino Unido, puede retirarse en los parques y los espacios al aire libre cuando no haya nadie a más de dos metros. El virus “no es como un fantasma que va a venir por la calle de alguien que ha respirado a 300 metros a contagiarte”, comenta el experto en aerosoles, que recomienda también evitar espacios con poca ventilación y gente hablando fuerte o gritando.

Europa Press[[[HA ARCHIVO]]]
La toma de temperatura se ha convertido en una rutina a pesar de su escasa eficacia.
E. Press

Otros ítems en entredicho son las cuarentenas de los viajeros (ahora pendientes del pasaporte de vacunación) o la discutible limitación de aforos en el transporte público: continúa habiendo asientos con una ‘X’ y el veto a este espacio hace que los usuarios vayan más apiñados en las zonas que sí pueden ocupar.

En los centros de salud explican que ha podido haber algo de teatro pandémico, por desconocimiento en los primeros meses, pero aseguran que “lo importante es no bajar la guardia” para tampoco dar alas a los negacionistas. “Entonces se actuó de forma más intuitiva que por conocimiento, siempre con la premisa de proteger cuanto más mejor”, afirman.

Comentan, además, que también ha tenido su parte de ‘teatro pandémico’ muchas de las puestas en escena de las autoridades sanitarias a la hora de dar datos o relatar los avances contra la pandemia. Sirva el botón de muestra de la presentación de la aplicación de móvil para detectar contagios, que parecía que iba a ser la solución definitiva para acabar con el virus y que apenas ha calado entre la población. Como insisten en las residencias, “el único antídoto infalible es la vacuna”.

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