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Aragón

Tercer Milenio

Arquitectura

Aragón-Nápoles: aires de familia

Formas constructivas, espaciales y ornamentales hermanan la arquitectura religiosa, civil y militar de los antiguos territorios de la Corona de Aragón.

Castel del Monte, en Andria, localidad de la región italiana de Apulia, en el antiguo reino de Nápoles, que un día fue parte de la Corona de Aragón.
Castel del Monte, en Andria, localidad de la región italiana de Apulia, en el antiguo reino de Nápoles, que un día fue parte de la Corona de Aragón.
Cristiano Palazzini / stock.adobe.com

"Lo primero que llama la atención a alguien con un cierto conocimiento del italiano es la cercanía de la variedad napolitana con el español. Una vez superada la barrera inicial de su particular acento, vas detectando multitud de vocablos más próximos al español que al italiano ‘académico’ o toscano". Así le ocurrió a Ignacio Cabodevilla Artieda cuando se aproximó a la zona de Italia que acabaría convirtiéndose en el campo de estudio de este arquitecto, que ha rastreado los rasgos que comparten edificaciones aragonesas y napolitanas entre los siglos XIII y XVI.

"Hay que tener en cuenta la gran cantidad de tiempo que el reino de Nápoles perteneció a la Corona de Aragón, con la incorporación de partes del mismo ya en el siglo XIV y la conquista de la ciudad en 1442, –explica–, y se mantuvo posteriormente en la órbita de la Corona española hasta la unificación italiana en el siglo XIX; así pues, podríamos decir que Nápoles ha sido más tiempo ‘aragonesa’ o ‘española’ que ‘italiana’".

Lógicamente, esta estrecha relación durante siglos "se deja notar en la manera de hablar y vivir, así como en el urbanismo e imagen de las ciudades". Así, destaca que, en este aspecto, Nápoles es "una ciudad única y particular, con huellas de su pasado griego y romano, la personalidad de una capital fundamental en el Mediterráneo durante siglos y su carácter portuario; pero, dejando a un lado la excepcionalidad de Nápoles, urbes como Bari o Salerno están muy próximas en muchos aspectos a Zaragoza, o a Valencia por disponer de puerto y un clima atemperado por el mar, a diferencia de Milán o Turín, ciudades del norte de Italia con un pasado y una orientación histórica más volcada hacia Centroeuropa".

Su tesis doctoral llevó hasta allí a este profesor de la Universidad de Zaragoza y "en esos viajes tomé conciencia de la importancia del paisaje para determinar los modos de vida y el carácter de la gente, así como de las similitudes de muchas zonas del interior de Campania o Basilicata con partes de la provincia de Teruel". En un viaje por Basilicata, recuerda, "me descubrí en una carretera que era exactamente igual, con el mismo entorno quebrado, vegetación, etcétera, que la carretera que une Linares de Mora y Puertomingalvo en Teruel, pero a 2.000 kilómetros de distancia".

Sin embargo, "todos estos lazos comunes son prácticamente desconocidos" tanto en Italia como aquí. Para Cabodevilla, la explicación es que "en Italia se fomentó, a partir de la unificación, el estudio e identificación con el pasado romano y el Renacimiento como momentos estelares de la nación, obviando la gran importancia que durante siglos tuvieron los aragoneses, posteriormente españoles, y los franceses, llegando a rechazar el gótico como un arte extranjero, bárbaro y de menor calidad".

Así mismo, "esta relación tan estrecha, histórica, política, cultural y religiosa, no se reconoce como propia en Aragón ni en el conjunto de España; el descubrimiento de América determinó que el enfoque español virase hacia el Atlántico –considera–, con lo que comenzó el deterioro y la pérdida de posesiones en el Mediterráneo".

Por eso cree que, "tanto aragoneses, y españoles en general, como italianos, y napolitanos en particular, debemos estudiar y valorar este periodo, fundamental en la formación de nuestra manera de vivir y relacionarnos, que produjo una arquitectura con unas características estéticas, tipológicas y constructivas con una esencia común a todas ellas que trasciende las diferencias y particularidades locales". Esa esencia común es la que ha intentado atrapar en su tesis doctoral, que hace un ‘Análisis comparativo de la arquitectura gótica en los reinos de Aragón y Nápoles (siglos XIII-XV)’ y ha conseguido el V Premio Ibérico de Investigación en Arquitectura Tradicional que otorgan bienalmente la Fundação Convento da Orada, la Ordem dos Arquitectos de Portugal, la Fundación del Colegio de Arquitectos de León y la Fundación Antonio Font de Bedoya.

Con este trabajo quiere aportar la mirada del arquitecto, con las vertientes espacial y constructiva propias de este punto de vista, al comparar la arquitectura aragonesa con la producida contemporáneamente en el reino de Nápoles, tratando de complementar los abundantes estudios ya realizados desde la visión del historiador del arte.

Como resultado, se ha generado una extensa base de datos de edificios religiosos, civiles y militares, que da lugar a una colección de fichas resumen de cada obra estudiada. A lo largo del mismo momento de la historia: los siglos XIII a comienzos del XVI, pero en dos lugares distintos: los antiguos reinos de Aragón y Nápoles, que corresponden casi exactamente con la actual Comunidad Autónoma de Aragón en España y las regiones de Campania, Calabria, Basilicata y Apulia en Italia. Así, se han detectado los principales ‘invariantes’ o elementos y características, tanto constructivas como ornamentales, comunes en edificios de la arquitectura aragonesa tardomedieval y del reino de Nápoles, "construidas con unos condicionantes climáticos, culturales y políticos similares a partir de una tradición común romana y el contacto con el mundo musulmán".

De tres en tres
De izquierda a derecha, acceso al palacio Antignano de Capua, acceso a las salas superiores del palacio de Pedro IV en la Aljafería de Zaragoza y portada de la iglesia de la Asunción de Sádaba (Zaragoza).
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Varias cúspides, tres en estos casos, coronan los arcos conopiales de estas puertas separadas miles de kilómetros. De izquierda a derecha, dos ejemplos palaciegos: el acceso al palacio Antignano de Capua y acceso a las salas superiores del palacio de Pedro IV en la Aljafería de Zaragoza; y a la derecha, mismo esquema en un templo: la iglesia de la Asunción de Sádaba (Zaragoza). (Imágenes de Ignacio Cabodevilla y Luis Agustín)

Pilares y torres al ocho
Pilares octogonales en el claustro del convento de San Bernardino en Morano Calabro y en el castillo de Rubielos de Mora (Teruel).
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Pilares octogonales en el claustro del convento de San Bernardino en Morano Calabro (a la izquierda) y en el castillo de Rubielos de Mora (Teruel). La geometría es elemento decorativo y de control formal. También son octogonales las plantas de torres campanario como la del monasterio de Rueda, la iglesia de San Pablo de Zaragoza o la catedral de Santa Maria Assunta en Altamura (Apulia). (Imágenes de Ignacio Cabodevilla)

Resistentes cubos a prueba de temblores
Concatedral de Sant’Andrea de Venosa (Basilicata) e iglesia de la Asunción de Ráfales (Teruel)
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El volumen cúbico cerrado de edificios como la concatedral de Sant’Andrea de Venosa (Basilicata) y la iglesia de la Asunción de Ráfales (Teruel) les dan apariencia de pequeña fortaleza más que de edificio religioso. Obedecen a la necesidad constructiva de soportar los movimientos sísmicos frecuentes tanto en el Levante español como, especialmente, en la península itálica. (Imágenes: Ignacio Cabodevilla)

La iglesia, el castillo y el palacio urbano

Los tres modelos más representativos de estas arquitecturas –aragonesa y napolitana– con tantos puntos de conexión son la iglesia, el castillo y el palacio urbano.

Las grandes transformaciones económicas y sociales producidas entre el final de la Baja Edad Media y la plena introducción del Renacimiento en estos territorios, según se explica en esta investigación, "se traducen en cambios en los sistemas constructivos y métodos de trabajo, en las relaciones entre los actores del proceso constructivo con la aparición del arquitecto a partir de la figura medieval del maestro de obras, e incluso en las tipologías de los edificios". Las ciudades crecen gracias al desarrollo de la industria y el comercio, asistimos al nacimiento de los palacios urbanos levantados por la burguesía y avanza la construcción de fortalezas, "debido a la introducción a gran escala de armas de fuego como las bombardas y los cañones".

Las iglesias aragonesas y napolitanas se diferencian en sus materiales, técnicas y medios de construcción, sin embargo, en la investigación realizada, se han constatado "atributos característicos comunes a la gran mayoría de ellas", muy ligados a una realidad mediterránea compartida de sol y riesgos sísmicos.

"Ya estén formados por una, tres o cinco naves, los templos del entorno mediterráneo desarrollan una unidad espacial en su interior, ausente en los del centro y norte de Europa, a través de la profusa utilización de la planta de salón, en la que las naves laterales se desarrollan con una altura igual o muy similar a la de la nave central, al igual que ocurre en muchos casos con la anchura de las mismas", explica Cabodevilla en su tesis. La luz no entra aquí a raudales, sino controlada, por menos huecos y a menudo tamizada por celosías de alabastro o yeso tallado. Todo ello contribuye a reforzar esa unidad espacial. De este modo, adaptados a su muy diferente entorno, mientras "el gótico mediterráneo se protege de la luz, el septentrional la intenta capturar". Esta necesidad "de protección y unidad del espacio interior se ve reflejada en una apariencia exterior cúbica, con potentes paños continuos, ya sean de piedra o ladrillo", que esconden otra razón de ser: la necesidad constructiva de soportar los movimientos sísmicos habituales en el levante español y, muy especialmente, en la península italiana. Y es que, "de haberse desarrollado el gótico septentrional, con su característica esbeltez sostenida por un frágil esqueleto de pilares, en el sur de Italia, muy probablemente no hubiera llegado ningún ejemplo en pie hasta nuestros días".

Sin necesidad de terremotos, pocos edificios civiles de esta época quedan en Aragón en las grandes ciudades. La presión urbanística, las desamortizaciones y los estragos de la Guerra de la Independencia tienen la culpa. Pero en los siglos XIV y XV se realizan interesantes reformas en fortalezas ya existentes, que transforman su función defensiva en residencial, como vemos en el palacio del papa Luna en Illueca y el de Pedro IV dentro de la Aljafería de Zaragoza. En su decoración, con finas yeserías y con alfarjes cubriendo las salas principales, pervive la tradición musulmana "que no desapareció en Aragón hasta entrado el siglo XVI, y que enlaza con motivos geométricos y vegetales similares a los que podemos encontrar en el sur de Italia".

Policromía en alfarjes y armaduras de par y nudillo
Palacio Steri Chiaramonte en Palermo (izquierda) y catedral de Teruel
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Soluciones constructivas de cubierta que distribuyen las cargas refuerzan el carácter ‘antisismo’ de los edificios. Las encontramos cerca de Nápoles, en el palacio Steri Chiaramonte en Palermo (a la izquierda) y en algunos palacios napolitanos como el Avati, así como en la catedral de Teruel (a la derecha). (Imágenes de Luis Agustín)

Fortalezas abaluartadas
Castillo de Bari (Apulia) (izquierda) y ciudadela de Jaca
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Las nuevas fortalezas ‘de traza italiana’, con baluartes triangulares, muros de menor altura y baterías de cañones, se desarrollaron en Italia durante la segunda mitad del siglo XV con ejemplos como el castillo de Bari (Apulia) (izquierda), llegando rápidamente a España, como vemos en la ciudadela de Jaca, de la mano de Spannocchi. (Imágenes de Ignacio Cabodevilla)

Inspiración islámica
Muro de la parroquieta en La Seo de Zaragoza (izquierda) y catedral de Palermo
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La influencia musulmana en zonas de Aragón, Sicilia y Nápoles se refleja en la decoración de múltiples edificios, adoptando en cada caso las peculiaridades materiales del lugar. Cerámica en los motivos geométricos del muro de la parroquieta de la Seo (izquierda) e incrustaciones de lava en Palermo (derecha) y piedra en Amalfi o Ravello. (Imágenes de Luis Agustín)

Al incorporarse masivamente a las guerras el uso de la pólvora, a partir de finales del siglo XV cambian radicalmente el diseño y construcción de fortalezas. El sur de Italia fue un foco fundamental de esta revolución, "hasta el punto de que el modelo de fortaleza que se generó en aquel momento y perduró hasta el siglo XIX se denomina de ‘traza italiana’. En Aragón tenemos un ejemplo magnífico en la ciudadela de Jaca, trazada por el ingeniero italiano Tiburzio Spannocchi, que realizó un viaje por todo el Pirineo aragonés para estudiar su defensa por encargo de Felipe II".

"Como este tipo de investigación empieza y nunca sabes a dónde te puede llevar", es precisamente esta nueva arquitectura militar lo que centra ahora el interés de Ignacio Cabodevilla.

Todavía queda mucho trabajo por hacer a partir del catálogo presentado en la tesis, leída en 2019 en la Universidad Politécnica de Valencia y dirigida por Ángela García Codoñer, Luis Agustín Hernández y Aurelio Vallespín Muniesa. "Aún hay que documentar más exhaustivamente muchos edificios aragoneses del periodo de estudio y seguir buscando nexos con la arquitectura, no solo napolitana, sino también siciliana y sarda, de la época", así que a este arquitecto le gustaría "poder ampliar el enfoque a las islas de Sicilia y Cerdeña", que también formaron parte de la Corona de Aragón junto a los reinos de Valencia y Mallorca, varios condados catalanes, Bearne, Bigorra, Rosellón, Provenza, los ducados de Atenas y Neopatria y el ya estudiado reino de Nápoles.

Además del estudio inicial de las fuentes documentales y cartográficas, una investigación de este tipo conlleva la visita a los edificios para fotografiar, medir y analizar personalmente su estado de conservación, transformación, materiales y técnicas constructivas empleadas.

Palacios urbanos, residencias campestres o de caza, edificios comerciales y administrativos, pero también castillos, torres de vigilancia y murallas urbanas, y por supuesto catedrales, basílicas, iglesias parroquiales y conventuales, monasterios, ermitas... La base de datos de partida constaba de unos 400 edificios, "con un reparto bastante equilibrado entre Aragón y el antiguo Reino de Nápoles". A lo largo de dos años, Cabodevilla fue visitando los ejemplos aragoneses, "en jornadas desde Zaragoza, con una programación bastante exhaustiva, aunque me podía permitir desviaciones en la misma". Afrontar el mismo volumen de edificios en Italia fue bastante más complicado. Durante una estancia de investigación de tres meses en 2016 en la Università degli studi di Salerno, además de conectar con especialistas locales, recorrió, en viajes de una semana, Campania, Calabria y Basilicata. Tres viajes más le devolverían a Italia hasta dar por terminado el trabajo de campo. Hoy, desde la Escuela de Ingeniería y Arquitectura de Zaragoza, sabe que "esta línea de investigación es un viaje de ida y vuelta entre Aragón y el sur de Italia" con el fin último de conocer y preservar un patrimonio que es parte de la historia y al acervo cultural aragonés.

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