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“En otra época, tener fiesta un sábado en peluquería hubiera sido impensable”

Elena Zardoya es, desde hace doce años, la dueña de Por los Pelos, en la localidad zaragozana de Borja.

Elena Zardoya tiene la peluquería Por los Pelos, en Borja, desde hace 12 años.
Elena Zardoya tiene la peluquería Por los Pelos, en Borja, desde hace 12 años.
Heraldo

Natural de la localidad zaragozana de Borja, Elena Zardoya dejó temprano el pueblo para estudiar y trabajar en Zaragoza. Pero, años después, el amor la llevó de vuelta a sus raíces. Empezó a salir con un chico de Borja, se casaron y, con 28 años, empezó una nueva vida lejos de la ciudad.

Atrás dejaba su puesto de encargada en un salón de peluquería y estética, donde trabajaba con otras cuatro chicas. Compartía piso con dos amigas y todos los días había un plan u otro. De nuevo en Borja, entró como ayudante en una peluquería que al año terminó siendo suya porque la anterior dueña se la traspasó. Un cambio de vida total.

Desde entonces, Elena ha ido creciendo profesionalmente y ganando clientes. El trabajo fue en aumento y contrató a una compañera, que está a media jornada y algunas horas más en épocas de más clientela. Entre sus servicios más prestados están el corte de chico, los tintes y los lavados y peinados semanales de las señoras más mayores.

Dada la tendencia al alza de su negocio y ya que Elena también tiene formación en estética, a principios del año pasado se planteó la posibilidad de buscar un local más grande donde poder ofrecer otros servicios, como depilaciones. Esto también le permitiría tener más espacio, poder coger a más clientes e incluso contratar a una tercera persona.

Pero todos los planes se fueron por tierra en el mes de marzo. Con la pandemia, cualquier previsión de futuro era inútil. Además, en el caso de Elena, retomar su trabajo tenía un inconveniente extra, el de poner en riesgo su propia salud. “Soy asmática y tengo neumonía con facilidad por lo que volver a abrir la peluquería después del confinamiento me daba mucho miedo”, reconoce. No solo por ella, también porque una de sus hijas tiene problemas respiratorios.

Ante esta situación, cuando se permitió volver a abrir las peluquerías, Elena se lo pensó dos veces y se informó previamente de todas las medidas necesarias para sentirse lo más segura posible en su puesto de trabajo.

Esto le ha supuesto una fuerte inversión económica pero, en estos casos, la salud es lo primero. Desde el comienzo, trabajan con un extractor que, abriendo la puerta del local, purifica y renueva el aire del interior en cinco minutos. Para cada tipo de material utiliza un desinfectante diferente, procurando que los útiles sufran los menos daños posibles y no se oxiden, en el caso de los metálicos.

“Uno de los servicios más complicados es, por ejemplo, la depilación de cejas, porque tienes que estar muy cerca de la otra persona. En esos casos, además de la mascarilla FFP2, llevamos también una pantalla protectora”, detalla Elena. Entre los lavacabezas hay una mampara y tanto ella como su compañera llevan en todo momento la mascarilla puesta, con clientes o sin ellos.

La salud es lo primero pero el bolsillo se resiente

Aunque la prioridad para Elena era poder trabajar en un entorno seguro, tanto para ella como para sus clientes, la sombra de los números la acecha. La crisis sanitaria ha afectado económicamente a su sector, especialmente cuando muchas de sus usuarias son señoras mayores que, casi como una actividad social, acudían todas las semanas a peinarse y, de paso, juntarse con las amigas.

“Estos servicios han desaparecido, prácticamente, porque son población de riesgo y prefieren arreglarse en casa como pueden antes que venir todas las semanas a la peluquería”, asegura. Lo mismo con los tintes, que han descendido considerablemente. Eso por no hablar de que desde la covid, los eventos se han reducido al máximo. “Hemos notado mucho que no hay bodas ni comuniones, ni tampoco cenas de empresa o cualquier reunión social para las que la gente se quiere arreglar”, lamenta Elena.

La consecuencia directa de esto es que muchos sábados de los últimos meses Elena le ha dado fiesta a su compañera por falta de clientes. “Esto hubiera sido impensable en una época normal, cuando estábamos las dos trabajando sin parar desde las ocho de la mañana hasta por la tarde”, asegura.

En números, estos cambios de tendencia en el usuario han supuesto para el negocio de Elena unos 10.000 euros menos de ingresos en 2020 respecto al año anterior. Es lo que sucede cuando en lugar de diez clientas un sábado, solo tienen dos.

Por suerte, el volumen de trabajo entre semana se ha mantenido bastante alto, gracias, especialmente, a los cortes de pelo de chico. El problema es que este es uno de los servicios más baratos de la peluquería. “Invierto casi el mismo tiempo pero gano menos dinero”, dice.

Además, las reducciones de aforo afectan directamente al número de clientes a los que pueden citar al mismo tiempo en la peluquería. “Ahora podemos estar cuatro personas en todo el local, por lo que mi compañera y yo nos turnamos para no coincidir y poder coger a más personas a la vez”, explica.

De esta forma, Elena ha reorganizado su forma de trabajar y solo coincide con su compañera los viernes. Así, mientras le sube el tinte a una persona y otra está con el secador de la permanente, puede cortar el pelo a un tercer cliente. “Estando cuatro, la distancia está totalmente garantizada porque los sillones están colocados en círculo, alejados los unos de los otros”, asegura.

Como medida de emergencia, desde hace un tiempo, en la peluquería de Elena se aplican tintes exprés que, con el mismo resultado, hacen efecto unos 15 minutos después de ponerlos, frente a los 30 del tradicional. Y es que, en tiempos de crisis, ningún recurso es en vano.

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