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¿Qué patrimonio sensorial debería proteger Aragón?

El Parlamento francés ha aprobado defender los sonidos y olores de su mundo rural: desde el canto del gallo hasta los efluvios de los establos.

El campanario de Alloza, donde aún existen grupos de bandeadores.
El campanario de Alloza, donde aún existen grupos de bandeadores.
Laura Uranga

La noticia casi ha pasado desapercibida pero tiene mucha miga. A raíz de un mediático juicio por las molestias que causaba el canto de un gallo -cosa que también se ha visto en Zuera, sin ir más lejos-, el Parlamento francés ha acordado preparar una ley destinada a definir y proteger “el patrimonio sensorial” de sus campos. Los ruidos y olores que forman parte del entorno tradicional de un territorio se juzgan en el país vecino como “indispensables para el equilibrio social y económico” y se hará una corrección en las leyes de patrimonio para protegerlos. “Habrá que ver las especificidades de cada zona, pero el canto del gallo al alba, los efluvios que se desprenden de los establos o el sonido de las cigarras estarán en el inventario”, explican los diputados. Aunque no se dice abiertamente, detrás de esta resolución está la lucha contra las denuncias en los tribunales de los ‘urbanitas’ que tienen segundas residencias en el campo y que se quejan de que no pueden descansar en ellas. Los jueces ahora establecerán que “los demandantes no podían ignorar de antemano las características de cada territorio”.

¿Podría aplicarse una normativa parecida en Aragón? Y, en tal caso, ¿qué patrimonio sensorial debería protegerse? En lo relativo al sonido, ha habido muchos estudios, registros y proyectos que se han ocupado del asunto. De hecho, ahora está en pleno apogeo el proyecto europeo Sonotomía, que acaba de registrar los sonidos del Alentejo portugués o de los rincones singulares de Budapest. El proyecto pretende también recoger en abril en una grabación de última generación (tecnología 4DSound) el patrimonio histórico de Albarracín: se incluirán las voces de los vecinos, el ruido de un bisturí sobre un sillar de piedra en proceso de restauración o el tañido de las campanas. Desde la Fundación Santa María de Albarracín explican que también se documentará el sonido de los pasos de un viandante o el archivo sonoro del órgano de la catedral.

En este sentido, ya hizo un gran papel la colección de libro-discos sobre los ‘Órganos históricos de Aragón’ que desde el año 2000 publica la Institución Fernando El Católico, dependiente de la Diputación de Zaragoza. Ya tiene 17 entregas y ha salido incluso de la provincia para plasmar el sonido del de la catedral de Roda de Isábena, en Huesca, o el de Torrijo del Campo, en Teruel.

Organos. Organista en la Iglesia Santa Maria de Albarracin.  Foto Antonio Garcia. 28-10-04[[[HA ARCHIVO]]]
El órgano de la iglesia de Santa María de Albarracín.
Antonio García

Otros sonidos clásicos de Aragón que están bajo la amenaza de extinguirse son los de las campanas. En Zaragoza, de hecho, el reloj del Coso 42 (donde Savoy) dejó de sonar hace una década por las quejas de los vecinos, al igual que sucedió con el reloj del Mercado Central. Zaragoza ha perdido a pasos agigantados buena parte de su patrimonio sonoro y son pocas las campanas de iglesias o instituciones que marcan las horas. El carillonista Nacho Navarro recuerda que antaño por la calle Alfonso y el Coso se escuchaban decenas de “sonidos simbólicos” que poco a poco se van perdiendo. “Las campanas son uno de los medios de comunicación más antiguos que ha tenido el hombre, servían para llamar a entierro, a boda, a guerra o fuego”, explica. Afortunadamente también hay campanas que se están recuperando como las de Santa Engracia que han vuelto a tañer tras renovar su maquinaria o las de la iglesia de San Gil, que siguen contra viento y marea, y eso que una de sus campanas de los cuartos se remontan al año 1482. Uno de los mayores expertos sobre este asunto es el antropólogo y campanero Francesc Llop i Bayo, que en 1988 publicó su tesis doctoral ‘Los toques de campanas en Aragón: un medio de comunicación tradicional'.

La recogida del azafrán en Monreal del Campo, en la comarca del Jiloca.
La recogida del azafrán en Monreal del Campo, en la comarca del Jiloca.
Laura Uranga

Sin abandonar el apartado de los sonidos, el estruendo y los toques de tambor y de bombo de la Semana Santa bajoaragonesa ya cuentan con el reconocimiento de la Unesco, la jota está en vías de conseguirlo y sería bien interesante también ahondar en un las grabaciones que presentaron hace años Fernando Gatón y Marta Javierre en la web Huescasonora.es. “Es un proyecto de investigación, archivo, creación y divulgación del patrimonio sonoro de la provincia”, explican, al tiempo que cuentan que la idea surgió cuando un buen día el sonido de un tren les evocó sus recuerdos de infancia y las aventuras de cuando eran pequeños. Ambos pusieron las grabadoras en un sinfín de lugares: desde el dolmen de Aguas Tuertas (Ansó) hasta en el Forau de Aigualluts (Benasque), junto a los caballos que bajan de pastar en Cerler o el crujido de las pasarelas férreas cuando cruza el Canfranero. También tiene registrados documentos más sociológicos como dos vecinos que hablan en patués sobre mermeladas o cómo suena una escoba barriendo las calles empedradas de la localidad de Aínsa. El naturalista y cazador de sonidos Carlos de Hita también recogió en su libro 'Viaje visual y sonoro por los bosques de España' (Guías Singulares) voces de la naturaleza, entre otros lugares, de Ordesa, Pineta y Añisclo: la perdiz nival en celo, el eco las chovas en las paredes del circo de Carriata o los buitres leonados de la Celtiberia zaragozana forman parte de su evocadora fonoteca.

Hasta aquí los sonidos, pero ¿y cómo se registran los olores o sabores que también aspiran en Francia a gozar de protección previo “apoyo de elementos factuales y científicos”? Este apartado puede ser mucho más subjetivo, aunque habría de justificarse también con especialistas en identificar y almacenar olores. Parece este, el la pituitaria, un ámbito más abandonado, pero en Europa también existen proyectos como Odeurope, mediante el que historiadores, químicos y perfumistas buscan categorizar aromas de, por ejemplo, el Palacio de Versalles allá por 1789.

ARAGON PUEBLO A PUEBLO. BRONCHALES. JAMONES BRONCHALES. PACO NACHER / 01-08-2017 / FOTO: LAURA URANGA [[[FOTOGRAFOS]]][[[HA ARCHIVO]]]
El secadero de jamones de Bronchales, el de mayor altura de España.
Laura Uranga

Los periodistas Laura Uranga y Pablo Ferrer, que han recorrido la Comunidad de punta a punta con su reconocida serie ‘Aragón, pueblo a pueblo’, hacen recuento de los aromas que se les han quedado grabados en estos viajes por todos los rincones de las tres provincias. “El jamón de Teruel, sin duda, es uno de los olores más especiales. Sobre todo, nos embriagó el del secadero más alto de España, que está en Bronchales”, explica Ferrer, que parece sentir especial predilección por todo lo que tenga que ver con el estómago. “El olor del obrador de la trenza de Almudévar es delicioso, como también los de la fábrica de Chocolates Brescó en Benabarre”, continúa. ¿Más efluvios sugerentes? Los compañeros de HERALDO citan las mermeladas de El Ababol en Foz-Calanda, la brasa de Casa Antonio en Ontinar, “y un olor raro, pero muy especial: el de los hornos de pez (la combustión muy lenta de madera con resina) de Longás en los días lluviosos”. Asimismo, Uranga destaca "el olor de las chimeneas de Plan o Puertomingalvo, las resinas en el Pinar de Tormón y la molturadora de la almazara Palacios en Alberuela de Tubo".

Aunque en el terreno de la percepción cada experiencia propia cuenta, lo cierto es que el área de Turismo del Gobierno de Aragón también ha tenido tradicionalmente en cuenta el reclamo sensorial para tratar de vender las bondades de la Comunidad. Así, en las sucesivas feria de Fitur, por ejemplo, se han promocionado los valles de "los cinco sentidos" del Pirineo -subrayando la naturaleza combinada con muestras culinarias- y, sin ir más lejos, en la edición de 2019 hubo una parte del expositor dedicada al "Mercado sensorial de la trufa negra", otro producto que embelesa a quien lo huele o lo prueba. De hecho, en la pasada campaña navideña -y aún pueden verse los carteles en Independencia-, también se recurrió a explosión sensorial del azafrán, el jamón o los vinos de denominación de origen para subrayar los 'alimentos nobles' que produce Aragón.

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