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125 historias de HERALDO DE ARAGÓN

La capilla, el lugar más íntimo de la plaza de toros de la Misericordia

El oratorio de la Misericordia de Zaragoza ha tenido distintas ubicaciones a lo largo de la historia. Es el último instante de intimidad de los toreros, que se encomiendan a asu rezos antes de jugarse la vida.

Reportaje de la capilla de la plaza de toros del 12 de octubre de 1935
Reportaje de la capilla de la plaza de toros del 12 de octubre de 1935
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Ventura Bagüés contaba en el HERALDO del 12 de octubre 1935, festividad del Pilar, que los toreros de aquella época habían perdido la antigua costumbre de detenerse en la capilla de La Misericordia antes del comienzo del festejo. "Al bajar del coche, se dirigen directamente al patio de cuadrillas. No se paran ante la capilla que preside la imagen de la Virgen del Pilar", recoge el artículo firmado por este escritor y periodista especializado en la crítica taurina, que aseguraba que el único que pasaba habitualmente por este singular espacio de culto, habilitado por iniciativa de la Comisión gestora de la Diputación, era el capellán que estaba a su cargo. "El sacerdote acude allí en la mañana de cada día de corrida, enciende los candelabros y extiende cuidadosamente el paño blanco que cubre el altar, pero los toreros no acuden nunca", explicaba Bagües, convencido de que uno de los motivos -quizá el principal- estaba en la mala ubicación de la capilla. 

"Pudiera ser que este abandono fuese motivado por el difícil acceso que tiene el oratorio. Instalado entre las puertas de Enfermería y Cuadrillas, es preciso recorrer unos cuantos metros de pasillo y ascender una veintena de escalones. Los toreros dicen que si atraviesan el corredor han de molestar y ser molestados y hasta, según los espectadores que hayan acudido a la plaza, habrían de perder mucho tiempo para efectuar el recorrido", valoraba el cronista taurino, antes de citar a Vicente Barrera como la excepción que cumplía la regla, puesto que siempre llegaba con antelación para detenerse unos instantes. Otros toreros anteriores, como Joselito ‘el Gallo’ y su hermano Rafael, también tenían devoción a la Virgen pero la capilla todavía no estaba instalada. Por eso, al llegar a la ciudad, tenían la costumbre de ir a verla e incluso encargaban misas.

La capilla de la plaza de toros de Zaragoza
La capilla de la plaza de toros de Zaragoza
Juan Carlos Arcos/Heraldo

Un lugar de culto con expresión propia

La capilla es el lugar más secreto e íntimo de la plaza de toros. Allí, la realidad encuentra acomodo entre lo divino y lo místico; se transforma en un espacio de culto para quienes, tras el último rezo, deben armarse de valor y saltar al ruedo a jugarse la vida. En Zaragoza, ese instante acontece en torno a las cinco y cuarto de la tarde. A la llegada de la furgoneta con las cuadrillas, el bullicio de los aficionados contrasta con el silencio interno de los protagonistas, que completan el ritual de liarse el capote de paseo antes -o inmediatamente después- de visitar el oratorio.

Por eso en España "estar en capilla representa" la imagen de quien se prepara de ánimo y de mente, muy concentrado y aislado de cuanto le rodea, antes de afrontar un reto o una prueba pendiente del destino. Esta frase proviene de una tradición de la antigua Universidad de Salamanca, en la que los doctorandos, el día antes de defender su tesis ante el tribunal, debían encerrarse durante un día entero en la capilla de Santa Bárbara. Allí debían pedir la iluminación al Espíritu Santo y prepararse en completa soledad, al estilo de cómo los toreros buscan su último instante de intimidad y se encomiendan a sus creencias.

Esta costumbre, que se tiñe de ritual, en una plegaria para solicitar una buena faena. Seguidamente, los rezos son interrumpidos por el sonido de los clarines y timbales. Y ya solo hay espacio para toro y torero. Todas las miradas se dirigen hacia el albero. Es entonces cuando el silencio de los del traje de luces al pisar el firme choca con el griterío que dentro del recinto, en este caso de La Misericordia, se genera mientras el público se acomoda en sus asientos.

"Me gusta entrar a la capilla de todas las plazas en las que toreo. Para mí es el momento de más tensión, porque estoy a solo unos minutos de jugarme la vida. Rezo un poco, pido que no nos ocurra nada a mí ni a mis compañeros delante del toro y doy las gracias por poder vivir momentos como ese vestido de torero", explica el diestro aragonés Antonio Gaspar ‘Paulita’. Otros, como Jorge Isiegas, prefieren rezar en el hotel y reservan los instantes previos a la corrida a concentrarse en la actuación que tienen por delante. "No suelo entrar a la capilla", zanja el joven matador zaragozano.

Los 125 reportajes del libro '125 Historias de HERALDO DE ARAGÓN.

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