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Aragón

Tercer Milenio

la vida de las piedras

Los secretos de Monte Perdido

Pocas montañas pirenaicas han atraído tantas miradas, tanta tinta y tantos anhelos de hollar su cima como Monte Perdido. Pero, ¿qué sabemos de su historia? ¿Y solo su altitud justifica tanta fama? ¿De verdad es para tanto? Espero que estas líneas te convenzan de que sí.

Últimas rampas hacia la cima de Monte Perdido.
Últimas rampas hacia la cima de Monte Perdido.
Ánchel Belmonte Ribas

Alcanzar la cima del Puntón de Tres Serols, o Monte Perdido, tiene algo de mágico. Mientras recuperas el aliento tras el esfuerzo de remontar el infame corredor final tus ojos no dan abasto para asimilar tanta grandeza. Un mar de cumbres en la distancia y profundos cañones a tus pies, como arañazos geológicos al paisaje, tratarán de seducirte si la prisa –ese vicio urbano que está conquistando las cumbres– no te domina.

Durante años se pensó que era el pico más alto del Pirineo y durante años sembró el desconcierto entre los científicos del siglo XVIII que esperaban, como en los Alpes, que las máximas alturas de la cordillera estuviesen formadas de granito. Esa intriga geológica fue la que enamoró y condujo a Ramond de Carbonnières hasta su cima. La descripción de sus calizas ya fue hecha por el altoaragonés Lucas Mallada y sus pliegues están dibujados en los cuadernos de Charles Lyell, uno de los artífices del nacimiento de la geología como ciencia moderna.

La base de esta montaña está entregada a la vida. Bosques de un verde lujurioso poblando sus faldas y, sobre ellos, inmensos puertos para el ganado donde –cada vez menos– se obra el milagro de la conversión de la hierba en carne. Pero por encima de todo esto, el reino de las cumbres es básicamente mineral. Un universo calcáreo parido bajo mares tropicales de entre hace unos 70 y 50 millones de años. No en la misma cima, pero casi, los fósiles de pequeños organismos evidencian el origen marino de estas rocas, para mayor gloria de la tectónica de placas que explica cómo un fondo de mar puede pasar a ser montaña. Diminutos nummulites o alveolinas, bien visibles para un ojo mínimamente entrenado y para piernas que caminen con calma, pueblan distintas capas de roca. Capas que aparecen espectacularmente plegadas y que se apilan hasta en cinco ocasiones dando sentido gráfico al término cabalgamiento. Ese apilamiento es el responsable de la formidable altitud de esta montaña en el contexto pirenaico. La erosión, muy posterior, de los glaciares ha dejado a la vista la anatomía del pico y separado el volumen de roca en tres montañas hermanas, como así reconoce su topónimo original de Tres Serols o Serors.

Monte Perdido capitanea un paisaje que cuenta con las tres figuras con las que la Unesco reconoce los valores de un territorio: Geoparque, Patrimonio Mundial y Reserva de la Biosfera. Solo un puñado de lugares en el mundo se unen a Sobrarbe en esta enorme singularidad. Es además epicentro del pirineismo y emblema de un parque nacional centenario. Mucha medalla en la pechera para subirlo al trote sin reparar en la inmensa riqueza natural y cultural que atesora. Y es que subir montañas sabiendo a qué nos subimos incrementa el placer y da más sentido al esfuerzo. Sus paisajes no son solo los que ven la luz del sol. También bajo la superficie el agua disuelve las entrañas de la montaña, que alberga un sinfín de maravillas de roca, agua y hielo. Pero eso ya es otra historia…

Ánchel Belmonte RibasGeoparque Mundial de la Unesco Sobrarbe-Pirineos

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