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Aragón

Cuando los Reyes Magos llegaban en tractor con unas habas de regalo

Zaragoza cancela este año su cabalgata, una tradición que hunde sus raíces a mitad del siglo XIX con disfraces y desfiles para deleite, sobre todo, de los niños de los hospicios.

Los voluntariosos estudiantes de Medicina, disfrazados como Reyes en 1923.
Los voluntariosos estudiantes de Medicina, disfrazados como Reyes en 1923.
Heraldo

Aunque los Reyes llegarán mágicamente el próximo 6 de enero a orillas del Ebro, los niños zaragozanos no podrán disfrutar de la tradicional cabalgata de la víspera. Echando un vistazo a la hemeroteca de HERALDO, se comprueba que ha habido otros años en los que Sus Majestades han faltado a la cita -los de la Guerra Civil fueron especialmente complicados- o en los que su deslumbrante desfile lleno de ilusión y juguetes ha pendido de un hilo. Pero, ¿desde cuándo se celebran las cabalgatas? Aunque los llamados aguinaldos (que están detrás de los actuales regalos) hunden sus raíces en la Edad Media, no es hasta la mitad del siglo XIX cuando empiezan a popularizarse los desfiles para llevar al Niño Jesús oro, incienso y mirra. Dicen que la clave para que Melchor y compañía se dejen caer por casa es tener mucha ilusión y mucha fe en que vayan a hacerlo, si bien en el Pirineo tienen otras tretas de lo más persuasivas. En los pueblos del Valle del Aragón, especialmente en Salvatierra de Esca, hay que salir a recibir a Sus Majestades haciendo sonar las esquilas más grandes que se puedan conseguir. En La Fresneda también es tradición arrastrar calderos atados a las piernas para hacer un buen estruendo. Dicen en el pueblo que, como la carretera pasa lejos, hay que armar un guirigay para que los Reyes les oigan.

De vuelta a Zaragoza, es cierto que a comienzos del siglo XX no había continuidad ni tampoco una organización seria, pero empezaron a popularizarse los disfraces, las luengas barbas y, claro, el betún para recrear a Baltasar. En las décadas de 1910 y 1920 son las asociaciones de estudiantes universitarios las que se prestan a capitanear una serie de visitas por los hospicios y los colegios de la ciudad. Hasta allí llevan regalos poco sofisticados, que comúnmente no suelen ser sino dulces, habas del roscón o monedas sin mucho valor. Cuentan las crónicas de hace justo cien años que los niños tenían que dejar las alpargatas o al abarcas al sereno, al lado de un puñado de cebada para los camellos de Sus Majestades. “Don Melchor y sus compadres”, titula la crónica de HERALDO del 7 de enero de 1923, en la que se lee cómo “los chiquitines saltaron del lecho una hora antes para ver lo que habían dejado los Reyes: cornetas, tambores y otros juguetes igualmente ruidosos para armar una buena zambra”. Entonces, había “gran homenaje al canto de la tierra en el Casino Mercantil”, acompañado de su buena ración de turrones.

Las cabalgatas en el corazón de Zaragoza fueron intermitentes en siguientes años. Siempre hubo una celebración de Reyes, pero generalmente se hacía sin grandes alharacas y se centraban en las instituciones benéficas. En las portadas de este diario se podían ver imágenes de los niños de La Caridad, con las hermanas de Santa Ana, disfrutando de los juguetes que donaban las grandes fortunas de la ciudad. Los Reyes también pasaban por las escuelas de párvulos y por el Hospital Provincial “con magníficos caballos, precedidos de heraldos, rodeados de pajes, y con una carreta atestada de juguetes”, se lee en 1926. Al no depender estas celebraciones del Consistorio ni tener una organización estable, cada año se ponía al frente de la cabalgata quien más interés tuviera en hacerlo, por ejemplo, el Sindicato de Iniciativa y Propaganda de Aragón o, incluso, la Falange en los años más próximos a la contienda fraticida. 

De forma “muy lúcida y simpática” se fueron llevando a cabo los repartos de presentes en los años posteriores, incluso cuando nevaba o caía un buen aguacero: “Los Magos a todos nos han traído algo: al que no un enfriamiento, media pulmonía”, escribían con sorna los periodistas de hace casi un siglo. La fiesta de Reyes fue consolidándose con recepciones y festivales infantiles que, en los años, 40 se hacían en el palacio de Capitanía. 

Las discusiones políticas casi arruinan la cabalgata de 1993.
Las discusiones políticas casi arruinan la cabalgata de 1993.
Heraldo

No sería hasta entrados los años 60 cuando los Reyes adquiriría un poso más popular y volvería a las calles con sus tractores haciendo las veces de carrozas. Mucho más recientemente, en 1993, se vivieron momentos de crisis y Sus Majestades estuvieron a punto de no aparecer para susto y disgusto de la infancia zaragozana. 

“La política pone en peligro la cabalgata”, decía HERALDO, a raíz de un plantón de los actores que iban a tomar parte en ella porque dos concejales se habían empeñado en representar ellos a Melchor y Gaspar. A 4 de enero aún no había acuerdo entre las compañías teatrales que apostaban por Reyes “profesionales” y la entonces concejal de Festejos, Carmen Solano, que aseguraba que no había compromiso para que los actores encarnaran a los Reyes. Este debate, por cierto, se reabrió durante el reciente mandato en el que gobernó ZEC, que también apostó por que los Reyes no tuvieran un extraño parecido a los de los concejales del Consistorio… 

Sea como fuere, incluso in extremis, en los últimos 40 años siempre ha habido cabalgata: con o sin caramelos, con o sin trajes opulentos y con o sin visita al Belén, tema que también ha generado más de una controversia.

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