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Aragón

125 historias de heraldo de aragón

El arte de los carteristas no se pierde, se transmite de generación en generación

La distracción, el descuido y el engaño son sus armas. La violencia no les interesa, no es buena para sus negocios. Es mejor un timo.

Sin que la víctima se dé cuenta, así actúan los carteristas
Sin que la víctima se dé cuenta, así actúan los carteristas
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El arte del hurto es tan antiguo como la humanidad. Desde el llamado famélico al puramente crematístico se ha practicado en todos los siglos. Cervantes, Dickens y otros grandes literatos los han llevado a sus obras. Y, con más o menos variaciones, los carteristas continúan en la brecha y no defraudan.

El hurto, el timo, el engaño, la estafa rápida callejera no se han perdido. Y mientras haya desaprensivos sin escrúpulos para captar y desplumar a incautos y descuidados no desaparecerán.

En Aragón y en España existen clanes familiares que llevan generaciones dedicados a distintas especialidades de hurto. El tocomocho, la estampita, la mancha, el pariente... son algunas modalidades. De padres a hijos, generación tras generación, se transmiten los saberes del engaño, practican y se distribuyen los papeles en función de las habilidades de cada uno.

Zaragoza ha contado con clanes como los Lateros o Sánchez Piquero, en el que las mujeres eran las carteristas y los hombres atracadores, pero también atrae familias de otras ciudades, como los San Segundo. Hace un tiempo la Policía detuvo en la capital aragonesa a dos mujeres de esta estirpe experta en el timo del tocomocho. Como es habitual, salieron absueltas ya que sus víctimas, perfectamente elegidas entre octogenarios, no suelen acordarse de sus caras. Este clan, por poner un ejemplo, empezó a actuar en los años 70 y tiene un gran patrimonio inmobiliario en Madrid y Toledo.

Pero el carterista más habitual es el que hurta al descuido carteras en lugares concurridos. Los hay que actúan en solitario, como un chileno de avanzada edad que solía arrasar en las fiestas del Pilar, pero lo normal es que vayan en grupos de tres a cinco personas. Uno distrae a la víctima, otro le sustrae la cartera ayudándose de lo que en el argot se llama ‘muleta’, (un periódico o una chaqueta doblada que arriman a la víctima para tapar su campo visual) y ‘pasa la burra’ a un tercero que huye del lugar. 

El modo de actuar vale para los autobuses, los conciertos, los bares o los bancos, aunque en estos casos eligen y siguen a la víctima bien por ser mayor o por haber sacado una atractiva cantidad de dinero que le sustraerán sin que se entere distrayéndole con cualquier excusa. La violencia no les gusta. Se castiga con más rigor y el hurto les permite estar en la calle muchos años hasta que van a prisión, si van.

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