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Aragón

125 historias de heraldo de aragón

Ladrones de alto copete

Las "aficiones policiacas", como dice la crónica, de un inspector dieron al traste con el hurto que dos expertos carteristas cometieron en la sede del Banco de España de Zaragoza

Una deliciosa crónica de sucesos elevaba a categoría de gran suceso el hurto cometido por dos "elegantes" y "finos" ladrones
Una deliciosa crónica de sucesos elevaba a categoría de gran suceso el hurto cometido por dos "elegantes" y "finos" ladrones
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Diciembre de 1910. Acababa la primera década del siglo XX y las crónicas de sucesos aunaban información y dramaturgia. Tal como si fuera un sainete, el autor relata las andanzas de dos ‘señores’ ladrones en Zaragoza y cómo la perspicacia de un despierto policía arruinó sus planes. Fueron nada menos que 6.000 pesetas de la época las que sustrajeron de la manera más tradicional: el descuido y utilizando disfraz, pero el inspector Andeyro frustró sus planes.

Comienza la crónica relatando la llegada de dos viajeros en el expreso de madrugada "llevando a la mano excelentes maletas y mantas de tren y vestidos con elegancia". "Antes de llegar a la puerta de salida juntáronse ambos viajeros, como por casualidad, y entre ellos se cambiaron estas palabras: "Mañana a las diez; ya sabes". Luego se fueron cada uno por su lado como si no se conocieran. 

La escena fue presenciada por el inspector don Emilio Andeyro, de servicio en la estación, al cual le sorprendió que, siendo amigos como aparentaban, se separaran enseguida y hospedáranse en hoteles distintos. Sospechando de sus intenciones, Andeyro envió a una pareja de policías a vigilar toda la noche el hotel Continental y otra el de La Paz. "Ya tenemos a nuestros dos huéspedes fuera de sus respectivos hoteles disfrutando de la vida y olfateando para dar con la víctima de sus hazañas. Pero, ¡ay! que no cuentan con su compañera, es decir, con la huéspeda, en forma de policía, que les persigue y les acecha. Dan par de vueltecitas por la plaza de San Francisco, llegan hasta cerca del final de la calle de Alfonso y a su regreso entran en el Banco de Aragón. En una de las ventanillas un señor cobraba respetable cantidad en billetes del banco. ¡Eureka! -debieron decirse los dos forasteros- ¡éste es nuestro hombre! !Alah, nos los manda! ¡Alah... a seguirle!", ilustraba el periodista. 

Continúa contando cómo en unas típicas maniobras de despiste uno de los descuideros distrae al cajero y otro, a la víctima y en un abrir y cerrar de ojos le birlan "finamente" las 6.000 pesetas. Cuando la víctima se dio cuenta, los cacos se habían esfumado, pero Andeyro lo tenía todo controlado y había dado cuenta de sus sospechas al jefe de Policía, señor Fernández, que se presentó en aquel momento en el Banco de España. Como conocían su paradero, mientras el inspector detenía a uno de los cacos en su hotel, el jefe conducía al otro a presencia del señor que había sido robado. "¿Es éste el caballero en quien usted sospecha? Me parece que no -contestó el interrogado- el que estaba junto a mí en la ventanilla de la caja vestía de negro, peinaba el bigote a la borgoñona y, en vez de gorra, cubría su cabeza con sombrero Frégoli.

Perfectamente -replicó el jefe- y dirigiéndose al detenido le dijo: Sígame usted". Lo condujo entonces al hotel y ordenó al arrestado que se peinara los bigotes y cambiase de ropa. Cuando se lo presentó de nuevo a la víctima exclamó: "Este es el ladrón; este mismo". Al otro caco lo arrestó Andeyro y recuperaron parte del botín, porque al salir del banco a los ladrones les dio tiempo de girar 2.500 pesetas a Madrid. El jefe de Policía felicitó ante el cuerpo de Vigilancia al inspector Sr. Andeyro por el excelente servicio que había prestado.

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